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Revista DESAFIOS
Año 1482
Mayo-Junio /2008

 

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MI AMIGO TELE.....

POR RAÚL FERNÁNDEZ RIVERO 

NOTICIAS: Enviadas por Raúl Fernández Rivero

 

El 1º de Mayo de 1959, se celebró una inmensa fiesta en la Habana, la fecha- día del trabajador- servía de motivo para reunir en la capital Cubana, a cuanto líder sindical latinoamericano -y de algunos otros sitios- sintiera la necesidad de compartir con los triunfantes combatientes de la Sierra, que acababan de derrotar a un Ejército profesional y enrumbar sus destinos en el camino a una libertad con Pan y al pan con Libertad. La CTC ( confederación de Trabajadores de Cuba) aspiraba a elegir sus dirigentes, en absoluta libertad, sin presiones de los traidores a la causa obrera, Mujalistas y demás corruptos, que al amparo del régimen desvergonzado de Batista se llenaban los bolsillos del sudor materializado de los obreros cubanos de fuertes sindicatos, y sin forzadas candidaturas de la mal llamada unidad revolucionaria.

En esos días conocí a Tele. Heriberto Telesforo Hernández. Líder de la Federación de Trabajadores de la Provincia de Camagüey. Me lo presentó Tin Tomé, a la sazón Gobernador revolucionario de esa provincia, y gran amigo de la Juventud Católica.

Recuerdo que palabras más o menos me dijo: “Este, Raúl, es un verdadero líder Sindical, sin manchas en las manos y sin compromisos en la espalda”

Creo que hicimos ese día un gran contacto. Nos sentimos cercanos en las ideas y en los propósitos, preocupados por el porvenir, pero con una fé inmensa en el pueblo cubano y su clase obrera.

Después, las cosas fueron volando, me cuesta trabajo poner orden en las semanas siguientes. Una cosa si era evidente: el dolor profundo del desengaño. El amargo sabor de la trampa que nos envolvía y la pasión revolucionaria que luchaba por encontrar una respuesta –tal ves ingenua- a la prisión de Hubert y lo que sucedía con otros compañeros de la Sierra. Los días eran una sucesión de verdades que golpeaban y no cabía mas indecisión.

La próxima vez que vi a mi amigo Tele, fue en el patio de la Cabaña, nos recordamos y de nuevo enlazamos en una convencida hermandad.

Fue Tele, el que me puso un mote que por sus características no puedo repetir aquí. Y con él recorrimos el viaje marítimo a la Isla de Pinos, y el desfile entre las Circulares.

Estuvimos juntos y separados y más tarde de nuevo viajamos juntos a la Cabaña.

En esos años compartimos, el pan y el espagueti, el huevo duro y el café aguado. Las risas y las lágrimas. Los golpes y las visitas.

Y conversamos mucho, de todo. Con mi impaciencia y arrebatos, con su paciencia y su diplomacia.

Me sentía seguro cuando compartíamos ideas, y orgulloso cuando lo escuchaba hablar del Sindicalismo limpio que edificaríamos en la Cuba nueva.

Salimos juntos de Cuba, y enseguida nos unimos en la STC, las mismas ideas, las mismas esperanzas.

Poco después el trabajo que me hacía viajar constantemente, nos separó. Ya no lo veía tanto, pero cuando nos encontrábamos echábamos las mismas parrafadas de antes, siempre en la misma línea, con la misma coincidencia.

Como si estuviéramos continuando la conversación de ayer.

Yo relinchando y agitado y él tranquilo y sonriente.

Nos veíamos poco en los últimos años, pero seguía la misma amistad, mas allá de la lucha armada contra Batista, mas allá del despertar de la traición, más allá de los años de presidio, más allá del nuevo y diferente mundo en que vivíamos, era siempre mi amigo Tele.

Calmo, sobrio, mesurado, con una respuesta precisa después que todos hablaban. Sintetizando, resumiendo y con una mano sobre el hombro aconsejando y dejando caer ideas.

Para mí fue terrible el final, no me cruzaba con él, y él quería evitar visitas. No digo que lo entendía, pero lo respetaba.

Estaba lejos cuando ingresó y lejos cuando murió.

Pero fui a la Urb. Montecristo, a la escuela donde llegamos de Cuba una noche alborotada. Y allí me senté en el muro exterior y recordé esa noche, cuando organizábamos las camas y los colchones, cuando preparábamos leche en polvo en la cocina, con El Sordo Estrada y Hernández Custodio. Pero sobre todo cuando nos ayudábamos como lo que éramos: una familia.

Y le hablé. Le dije que ya nos veremos pronto, que quisiera llevarle buenas noticias, para ver su rostro iluminarse: “Pero no me digas, morro....se cayó Fidel”. Y recé por su alma y por su vida eterna. Y le prometí que cumpliría su único pedido, aunque me cueste la muerte:

“Seguir a delante....”

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