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En las últimas semanas se ha comentado con insistencia una decisión del Congreso de los Estados Unidos de América relativa a la construcción de tramos de muros en la frontera sur de la Nación. No menos polémicas han sido las últimas acciones tomadas con los solicitantes de refugio provenientes de Cuba, tanto a los que -usando una sorprendente creatividad- han convertido camiones en barcos y autos en lanchas para llegar a las costas de USA, como los que recientemente se han aferrado a una estructura en los cayos reclamando estatus de “pies secos”. El caso es en realidad, mucho más profundo que las críticas -por cierto más que lógicas- a la construcción de muros o a la deportación de balseros. El asunto tiene en primer término que ver con un cambio en la política de inmigración que afecta a todos los que, llenos de esperanza, tratan de empezar nueva vida en un País de grandes oportunidades. A partir del segundo atentado a las Torres de New York, -el primero por suerte superado pero no bien analizado y el segundo convertido en un hito en la Historia de la humanidad, no ya por la magnitud del desastre, sino por la vergonzosa crueldad del acto terrorista dirigido a civiles inocentes, realizado por fanáticos políticos que pretenden ser tomados por idealistas religiosos- las autoridades del vecino País del norte han incrementado las medidas de seguridad en sus fronteras e incluso al interior de la Nación. Medidas desagradables, pero sin duda necesarias, se han tomado y se tomarán. Y eso compete al derecho sacrosanto de toda Nación a preservar la vida y los bienes de sus ciudadanos y la integridad de la Nación como un todo que, histórica y culturalmente, ha sido creada por sus habitantes. Nadie ajeno a quienes viven, liderizan o gobiernan los EE.UU. debe intervenir en lo que son sus derechos y su conformación como País. Por tanto quede claro que no es nuestro propósito ni la crítica como tal, ni mucho menos intervenir en lo que no nos corresponde. Pero lo cierto es que el asunto trasciende la política interna de USA.
Con toda razón el país del Norte se promueve como el paladín de las libertades, como la tierra de las oportunidades, como la nación de la mejor calidad de vida y también sin duda es ejemplo de solidaridad y abrazo hermano a inmigrantes de todos los rincones del planeta, a quienes durante siglos ha brindado refugio, apoyo y oportunidades y quienes han contribuido con el aporte de su trabajo incesante y su inteligencia creativa, al desarrollo y la defensa del País que los recibió. Ser ejemplo de es magnitud crea envidias. Ser poderoso da satisfacciones, pero genera rencores en quienes no disfrutan de ese poder o que por diversas razones en un momento lo sufren. Ser poderosos, desarrollados y ejemplo de vida sin par, también hace que muchos sueñen con arribar a sus tierras y gozar de aquello que- con toda razón repito- los norteamericanos disfrutan. Para algunos se convierte en tierra prometida, para otros en ejemplo de la mala distribución de la riqueza y por ende objeto de sus críticas, y más aún su odio y su rencorosa envidia. La riqueza que algunos demagogos no son capaces de crear, los hace impotentes y débiles, y por tanto su reacción no es la razonable búsqueda de medios y soluciones a sus carencias o debilidades, sino el intentar destruir lo que no pueden conseguir. La historia del perro de aquel hortelano del cuento trasmutada en política internacional. Todo esto se dice sin dejar de reconocer que la potencia del Norte ha abusado de su poder en unas muchas ocasiones y en muchos variados lugares. Y que ha tratado más de una vez de imponer su sistema o sus deseos en otros países.
Pero el hecho está ahí. Los EE.UU. son el punto de comparación de Calidad de Vida para todos los demás americanos ( ¿excluimos al Canadá?). Y por evidente lógica, la promoción en la prensa internacional o en las relaciones internacionales que esta nación hace de su sistema de vida, o que otros hacen por ella, la convierte en punto de inmigración para el que puede-y no son muchos- legalmente y para los demás ha como sea. Es un problema real de USA y de sus vecinos –cercanos o más lejanos- que debe atenderse con cuidado y en medio de una concertación seriamente estudiada entre gobiernos y –porque no- con los aspirantes a llegar a su soñado destino.
Hay en el momento presente, una radicalización de la política de inmigración de los EE.UU., que afecta a todos por igual. Esta implica procedimientos extremos en el Sur tanto en la frontera terrestre como en la marítima. Nada debe hacernos pensar que los que huyen de Cuba, por razones ideológicas, económicas o familiares, estén exentos de ese rigor, que por igual afectará a haitianos, jamaiquinos o dominicanos, cubanos y centro y suramericanos. No tiene que ver con los guardacostas, que sólo cumplen con las órdenes que le llegan de los más altos niveles de la Nación. Ni con leyes del pasado. Sólo está relacionada con esquemas actuales muy imbricados con las leyes de Seguridad Nacional. La detención de dos profesores Universitarios -quienes posiblemente hace años tenían bajo observación- es un simple aviso. No hay grupo nacional que esté fuera del recrudecimiento de la vigilancia, las políticas de Seguridad Nacional y las de inmigración. Nos están señalando que los cubanos también pueden ser un peligro. Nos recuerdan que hemos sido demasiado condescendientes con quienes viajan a Cuba, con los “intercambios culturales y académicos” y con la recepción de desertores del régimen cubano. Creo que están señalando que ellos mismos han bajado la guardia con los que llegan de Cuba, que tienen que ser más selectivos. Que tenemos que ser más selectivos. No es momento de actitudes fuera de contexto. De protestas sin sentido. Es momento de dialogar. De buscar un consenso con las autoridades, de conseguir guías y procedimientos que garanticen a los perseguidos en Cuba -a los reales perseguidos- asilo. Todos tiene derecho a soñar. A buscar como encontrar más oportunidades, no solo de trabajo sino de mejorar su calidad de vida. Todos los caribeños por igual, muchos de ellos desesperados y dispuestos a jugarse la vida por llegar al paraíso anhelado o al lugar donde está su familia, tienen derecho. Los mexicanos, que perdieron Texas y otros territorios, reclaman hasta derechos perdidos. Y por igual tienen derecho a mejorar o reunirse con la familia. Los cubanos, -que tienen especial status y cerca del 17% de la población viviendo en USA- hemos creado unas inusuales relaciones familiares y políticas. Pero la amarga realidad es que hay límites y tienen que haber cupos. USA no puede abrir sin regulación seria su frontera. No hay posibilidades reales de recibir a todo el que toque la puerta. Por eso hay que negociar, al más alto nivel que se pueda. Hay que garantizar refugio a los perseguidos, a los ex presos políticos, a los disidentes que el régimen del anciano y cruel dictador caribeño lleva al límite y golpea y persigue y prácticamente obliga a exilarse. Es momento de hacer un alto y dejar a un lado el discurso sentimental o la descarga politiquera y replantearse, como comunidad, un diálogo serio con el gobierno de USA. Espero que esto de lugar a una revisión de nuestra condición de comunidad en el exilio, nuestras prioridades, nuestras esperanzas y nuestras acciones. Raúl Fernández Rivero. | ||||||||
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