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Revista DESAFIOS
Año 1482
Mayo-Junio /2008

Consejo Unitario de Trabajadores Cubanos (CUTC)

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Literatura Cubana en el Exilio

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El Amor en los Tiempos de Castro

Capítulo VI: Hotel de cinco estrellas

Por Florencio E. Eiranova-Cuza
Delegación Puerto Rico - S.T.C

  El Castrismo al desnudo. Un cubano que vivió la pesadilla, narra su odise

La próxima semana, Héctor se dispuso a desagraviar a su querida esposa por no haberla llevado a la fiesta de inauguración de su hotel y la invitó a comer en el restaurante del mismo, que por cierto había quedado muy bonito y elegante.

- Quiero que te pongas bien linda esta tarde. Vamos a comer en un restaurante de cinco estrellas construido por tu marido.

- Los pobres ratones se van a quedar pasando frío. No les voy a dejar ni un trapito para acurrucarse. Me imagino que no tendremos que ir en guagua.

- No faltaba más, mi reina; hoy tenemos hasta chofer particular. He hablado con un Profesor de natación amigo mío, que trabaja en una escuela en Tarará y nos viene a recoger para llevarnos en su Lada. El fue miembro del Equipo Olímpico de Polo Acuático y cuando estaba en buena, le dieron hasta un carro.

- Yo no sé porqué tu dices que cuando estaba en buena, Héctor.

- Bueno mi amor; porque ahora ya no pertenece a la claque y tiene que resolver su vida como pueda. Ya él no brilla. Ahora es Profesor de Natación en una escuelita de deporte acuático en Tarará y para de contar.

- Héctor, dijo Marcia mostrando verdadera preocupación; yo no quisiera que tú me interpretaras mal; pero noto que tu lenguaje se está volviendo algo crítico y que todos los detalles negativos los resaltas más que los positivos. Eso puede ser peligroso.

- ¿Tú crees que por mi conducta y modo de expresarme podríamos llegar a estar más mal de lo que estamos? Preguntó el joven ingeniero.

- Fíjate tú mismo, mi amor; repuso la esposa persuasiva; me vienes a invitar a salir de paseo, y todo lo estás enfocando hacia lo negativo.

- Está bien mi reina; esta tarde todo va a ser positivo.

Llegó Jesús del Prado, que así se llamaba el amigo de Héctor, a eso de las tres y media de la tarde de un precioso Sábado de Junio de 1987 a la casa donde se alojaba el joven matrimonio. Su carrito ruso de la marca Lada, estaba limpiecito y se notaba que su dueño lo mantenía en buen cuido. Nadie se podía imaginar, cómo aquel hombre tan corpulento, entraba y salía de aquella miniatura de carro con tanta facilidad. Hombre joven, blanco de piel tostada por el sol y cabellos más bien rizos y de aspecto atlético, de unos 34 años de edad, 6 pies y una pulgada con unas 210 libras de peso, daba la impresión de dominar a todo el que se le acercaba. Sus brazos eran dos remos poderosos que daban la impresión de poder derribar cualquier obstáculo. Los hombros levantados y recogidos hacia atrás como un militar, permitían sobresalir un pecho atlético y musculoso que daba la impresión de un muro contra el que se podría estrellar cualquier agresor. El cabello negro y rizo; pero bien recortado, no necesitaba arreglo. Parecía que alguien se encargaba de mantenerlo alisado y ordenado para su dueño. Su sonrisa confiada y la seguridad en sus ademanes, le imprimían una cierta autoridad no impuesta, sino espontánea.

El matrimonio, que ya se impacientaba por la tardanza del amigo, apenas si se despidió de la familia, la cual los miraba con ojos entre asombrados, e incrédulos. Hacía tanto tiempo que no veían a aquellos muchachos vestirse de persona decente para ir a una actividad festiva, que realmente no lo podían creer.

- Jesús, dijo Héctor a su amigo, mientras tomaba de la mano a su esposa, ésta es Marcia mi esposa.

El recién llegado sintió como si un corrientazo lo hubiera sorprendido cuando tomó la mano de aquella encantadora muchacha que se le acercó con una sonrisa envolvente y unos ojos dispuestos a interrogarlo hasta en su más recóndita intimidad.

- Su esposo me había dicho que usted era muy bella, dijo Jesús contemplando con respetuosa admiración a la esposa de su amigo, pero no me había dicho que era toda una reina de belleza.

- No me suba tanto, compañero, que después la caída va a ser desastrosa, repuso con poco disimulado orgullo la muchacha.

- Si se van a poner a piropearse ahí, no salimos nunca, interrumpió Héctor en tono jocoso.

- No te pongas celoso. Ingeniero, repuso el recién llegado. Te prometo que me mantendré a buena distancia de tu esposa.

- Descuide, compañero, defendió de inmediato la joven esposa; yo me sé mantener a distancia.

A la joven esposa, no se le escapó la lujuria disimulada que brotó de los ojos del galante recién llegado. En verdad el sujeto era un tipo algo fuera de lo común y aunque el esposo de Marcia no tenía nada que envidiar a nadie, el amigo de Héctor causó una magnífica impresión en la arquitecta. - Si este tarzán en guayabera se piensa que me va a manosear porque tiene un carrito, pensó la suspicaz profesional, lo voy a poner a distancia más pronto de lo que él se imagina.

Tomaron por una avenida muy transitada llamada la 51, que comunica el Municipio de Marianao con la ciudad de la Habana. A lo largo de su recorrido los viajeros contemplaban la hilera de casas y edificios destartalados y corroídos por el tiempo y el descuido. La impresión que recibía quien contemplaba aquella procesión de ruinas inclinadas y sostenidas por apuntalamientos de madera de a última hora, era que se trataba de una decoración de los consorcios cinematográficos Norteamericanos, con la intención de hacer películas antiguas o que reflejaran las ruinas de alguna ciudad abandonada por sus habitantes. Aquellas casonas de la Calzada de Puentes Grandes y posteriormente las de la Calzada del Cerro causaban verdadero dolor.

La fábrica de papel cerrada y abandonada. La fábrica de toallas en peores condiciones. La mayoría de las casas estaban deshabitadas o al menos inhabitables; pero las gentes en su penuria por no tener ni una cueva donde meterse, arriesgaban sus vidas todas las noches y se metían a mal vivir como pudieran en aquellos derrumbes peligrosos y asquerosos, donde se acumulaba basura, desperdicio y miseria como si a nadie le importara el destino de aquellos infelices. La calle Monte; la otrora famosa calle Monte con sus comercios y almacenes; con sus cuatro caminos, antes bullicioso, alegre y atrevido se mostraba al viajero con una mirada lánguida y desesperanzada. Muchos de los buenos edificios que albergaron grandes y prósperos comercios, llenos de lumínicos y anuncios atractivos, se retorcían de vergüenza al no poder mostrar sino sus ladrillos descubiertos por años de abandono. Las altas paredes se derrumbaban sencillamente y alguien les había impuesto un parche de madera vieja que ni guarecía ni protegía; pero que al menos comunicaba que todavía habían seres vivientes en aquellas ratoneras gigantes.

Las cunetas por donde corría una lava espesa de lodo pestilente se detenían en ocasiones para depositar su miasma en uno que otro bache que no se arreglaba desde la época del tristemente célebre Fulgencio Batista. Cuando un chofer descuidado, o aburrido de la vida, caía en uno de aquellos huecos, bañaba con el hediondo emplasto las paredes, los altos corredores y las gentes que tenían la desgracia de transitar por aquel lugar inhóspito y repugnante. Cuando llegaron al Parque de la Fraternidad, rodeado de los que en sus buenos tiempos fueron los Hoteles Isla de Cuba, New York, Saratoga y unos cuantos más adelante como El Inglaterra, Plaza, Sevilla, Siboney etc. etc. y que otrora formaban toda una zona de recreación y esparcimiento que llegaba hasta el Capitolio y por el Prado Hasta el Malecón, nuestros viajeros no se atrevían a hacer ni un comentario. Sus gargantas estaban como atragantadas y desde su estómago les subía un amargo indescifrable que invitaba a vomitar.

Posteriormente doblaron hacia la izquierda para incorporarse a otra avenida muy ancha y transitada llamada el Paseo del Prado, para de ahí seguir hasta el Malecón. Por el Malecón, recorrieron toda la parte del litoral de la Habana, hasta llegar al Túnel que comunica a la ciudad de la Habana con el municipio de Guanabacoa. Una vez salidos del túnel, tomaron una vía muy ancha y espaciosa que conduce hacia las Playas del Este. El recorrido es precioso. Se le conoce como la Vía Blanca. El viajero disfruta contemplando toda la costa Norte de la Provincia de la Habana, donde se extienden kilómetros y kilómetros de playas de arenas finas y limpias. El matrimonio aprovechó para relajarse después de tanta tensión y repugnancia y pudieron respirar aire puro. Sus pulmones se ensanchaban mientras sus manos se apretaban en un gesto de reconciliación por los muchos sufrimientos que estaban soportando.

Por suerte para nuestros amigos el tiempo, la desidia y el descuido no pudieron restar en un ápice la extraordinaria belleza de la zona del litoral habanero a partir del túnel. Aquello era el mar. El mar profundo y enigmático. El mar poderoso e indomeñable. El que no se doblega. El que vigila en vez de ser vigilado. El que se yergue mientras el pueblo es sometido. El que no obedece, ni se resigna ni se calla. Aquello no pudo ser nacionalizado, ni abandonado ni maltratado. El mar no necesita ni pintura ni pintores. Al mar no hay que hacerle apuntalamientos. Su color azul profundo se mantenía inalterable. No se detenía por mucho que lloviera. Sus arenas de un color blanco de esmalte no se ensuciaban por mucho descuido de las autoridades. Su oleaje desafiante, intrépido y levantisco era su propio arquitecto. Su movimiento constante era su mejor mantenimiento. Sus olas incansables y poderosas se encargaban de su higiene. De su belleza se encargaba su creador. El mar no entendía de Comités ni Partidos. Para el mar no había mordaza ni Ministerio del Interior, El mar no conocía la escasez ni el racionamiento. El mar no conocía los "planes quinquenales" ni la libreta de racionamiento ni los ajustes. Para el mar no había rectificación de errores ni fortalecimiento ideológico. El mar, en definitiva, no entendía ni de Socialismo ni de Marxismo Leninismo ni de Comunismo. Por eso se mantenía tan radiante aquella tarde preciosa de 1987.

Al llegar a la zona de parqueo del Hotel, que por cierto estaba precioso y Marcia apenas si lo conocía, ésta se detuvo para contemplar orgullosa, la obra en la que su amoroso marido había puesto tanto empeño. Su vista iba del hotel a su esposo, como tratando de identificar al uno con el otro. Desde donde se encontraban, podía divisarse la estructura del hotel.

Una edificación moderna, limpia pintada, hermosa. Tenía piscina, restaurante, cafetería y mucho espacio a su alrededor para práctica de deportes. El joven Ingeniero comprendió la intención de la hermosa muchacha y en un gesto de modestia poco disimulado dijo:

- Vamos linda, que no es para tanto.

- Pues para mí, dijo la esposa, sí lo es. ¿Qué le parece a usted, profesor?, añadió dirigiéndose al amigo que también admiraba la obra.

- Yo conozco el lugar, señora y de veras la felicito por tener a un marido tan brillante, repuso el deportista en tono deferente.

- Señores, añadió el ingeniero, si siguen subiéndome, me van a acomplejar y se me va a quitar el hambre.

- Pues vamos rápido, repuso Marcia, que tu hijo me está haciendo señas desde su escondite.

Se dirigieron hacia la entrada principal del hotel, para continuar hacia el comedor. Héctor iba delante, ansioso de liderear el pequeño grupo. Caminaba con aplomo. Conocía el lugar por haberlo caminado cientos de veces y la confianza que le infundía su estado de ánimo y su experiencia del lugar, le impidió notar que alguien se le acercaba.

- Compañero, dijo una voz salida de un sujeto uniformado que les terció la puerta; esto está reservado para turistas extranjeros.

El primero en recibir el golpe fue Héctor. De inicio hizo como quien no comprendía; pero casi de inmediato el mensaje le llegó a lo profundo de su ser. Muchas veces se había repetido lo mismo mientras se realizaba la obra, de que aquello era para recaudar divisas convertibles de parte de los turistas extranjeros; pero el joven profesional no imaginó que aquello pudiera alcanzarlo a él que había sido el ejecutor de la obra. Seguramente este sujeto no lo conocía.

- Mire compañero, nosotros no venimos a hospedarnos ni a utilizar la piscina. Nosotros solamente vamos al comedor a....

- Yo sé, compañero; yo le comprendo; pero le estoy comunicando la orden que hay. Este lugar está reservado para turistas extranjeros que pagan con dólares. Me imagino que usted no piensa pagar con dólares.

- No compañero; yo no tengo dólares para pagar aquí; pero yo soy el Ingeniero que construyó este hotel. ¿Usted me conoce a mí?

- No tengo el gusto de conocerlo, compañero; pero no pueden pasar.

- Mira, jefe, llámame al administrador que quiero hablar con él.

- El compañero Carlos Pomares está en una reunión ahora; fue la respuesta del hombre uniformado.

- Manda a buscarlo de esa reunión y dile que el Ingeniero Héctor Sarmiento quiere verlo.

Mientras aquella discusión tenía lugar. Mareta sentía que el hijo en su vientre se le quería salir por la boca. No atinaba a intervenir. No sabía qué decir. En su interior imaginaba el vendaval que azotaba a su marido; pero no se atrevía ni siquiera a tratarlo de calmar. Se recostó de su hombro sin decir palabra. Con una mano, agarró la suya, tal vez con la intención de aprisionarlo y evitar cualquier ademán impropio. Ella prefería morirse, antes de verlo a él caer en un problema con las autoridades. ¿Quién la mandaría a ella a aceptar esta invitación?. Ella pudo haberse fingido enferma. La barriga la pudo salvar de esta situación. ¡Dios mío; Haz algo!

- ¿Qué pasa compañeros?, dijo una voz algo tropelosa, que salía de un individuo vestido con traje negro y corbata; pero que evidentemente no estaba habituado a aquel atuendo.

- ¿Usted es el administrador?

- El mismo que viste y calza.

- Mire compañero, yo soy el Ingeniero Héctor Sarmiento. Yo fui quien dirigió la ejecución y construcción de este hotel. Desde la primera piedra, hasta su inauguración la semana pasada. Yo he traído a mi esposa y a mi amigo a comer en el comedor de este hotel que yo construí. Eso es todo lo que sucede.

- Bien compañero, replicó el administrador; yo comprendo perfectamente su situación. Ustedes quieren comer en el hotel que usted construyó. Yo creo que eso está muy bien; pero como que en el comedor que está reservado para los turistas, hay que pagar con dólares y ustedes no tienen dólares; yo les voy a hacer una concesión; pasen para donde comen los empleados detrás de la cocina en un saloncito que hemos preparado allí y con mucho gusto comen de lo que comen los empleados. Lo que no les puedo prometer es que van a comer lo que se les sirve a los turistas. Ustedes comprenderán que esa comida es para recaudar divisas; dólares.

Todos se miraron. Nadie se atrevía a sugerir una decisión. Héctor respiró profundo. Miró hacia el mar. Recorrió con su vista aquel espacioso corredor. Miró al cielo como pidiendo consejo. Finalmente, tomó a su esposa de la mano y dando la espalda a aquel sujeto envuelto en un traje que no le quedaba bien, partieron hacia el carrito del amigo Jesús.

Jesús había contemplado todo el acontecer sin decir una palabra. No podría decirse que se alegraba de lo sucedido; pero en su rostro se dibujaba una expresión que parecía decir: Yo lo sabía. Cuando llegaron al pequeño automóvil/ el dueño abrió las puertas y esperó a que los pasajeros se acomodaran en su interior. Sin preguntar nada a nadie, arrancó con rumbo a la Habana.

Marcia era la más afectada en aquella situación. Su esposo le había recomendado que no comiera durante el día, para que aprovechara el delicioso menú del flamante hotel. Si a eso unimos el hecho de tener que alimentar a una criatura que ya pugnaba por salir a este mundo, la pobre muchacha sentía que su cabeza le daba vueltas alrededor del mundo, mientras su estómago le exigía a gritos un mendrugo aunque fuera para alimentar, por lo menos a su hijo, si es que no se podía alimentar ella. No diría ni media palabra. Se moriría de hambre antes de crearle una nueva preocupación a su esposo.

Héctor estaba tan tenso que parecía un cable de acero sosteniendo una locomotora colgada del otro extremo. Se sentía culpable de todo. Su ingenuidad al invitar a su compañera sin ni siquiera averiguar las condiciones para entrar a aquel lugar que ahora le parecía horrible. Su autosuficiencia lo había llevado a aquel chasco. ¿Porqué pretender que lo atendieran a él, por el hecho de haber sido el constructor del hotel?. ¿ Y ahora, qué le diría a su pobre esposa que estaba hambrienta y no tenían donde ir?. Buscar un lugar para comer, un Sábado por la noche en la Habana, era como buscar un billete premiado antes de tirar la lotería. Su impotencia lo aplastaba. Se sentía humillado, incapaz, destruido; pero en medio de todo aquel tormento; en el proceso de enfrentarse a toda una serie de realidades que contrastaban con las teorías aprendidas en las aulas y en los círculos de estudios Marxistas, el joven Ingeniero notaba que estaba aprendiendo algo que nadie le podría enseñar. Se estaba dando cuenta, que existen dos mundos muy distintos. Uno, el que le describen los libros, el que le dicen sus dirigentes, el que le dibujan sus adoctrinadores. El otro es chato, sin colorido, árido, desprovisto de compasión ni mucho menos generosidad. Es insensible, despótico, cruel. ¿Qué le importa a las instancias superiores si su esposa tiene hambre ahora?. ¿Qué les puede afectar si ellos se pudren en un cuartico con medía docena de ancianas amargadas por la miseria y la frustración?. Cuando nazca su hijo; ¿Qué diferencia va a significar eso para las instancias superiores?. Cuando vaya a la escuela, le enseñarán lo mismo que le han enseñado a él; que el Socialismo es la liberación de la humanidad; que el capitalismo es la explotación del hombre por el hombre y que todas las deficiencias y dificultades que padecen las familias, se la deben al cruel imperialismo que no cesa en su afán de aplastar a la humanidad etc. etc. Estaba tan concentrado en sus pensamientos, que no escuchó cuando su amigo Jesús le trataba de hablar. Fue Marcia la que le sacudió la mano para que saliera de sus meditaciones.

- Compañeros, dijo Jesús después de lograr la atención de la pareja: En vista de las dificultades confrontadas, quiero que me permitan invitarlos a comer en un lugar decente aquí en la Urbe.

- ¿A comer aquí en la Habana un Sábado por la noche?. Tu estás loco, fue la reacción del Ingeniero.

- Yo no me quiero meter en sus vidas ni en la manera de ustedes conseguir las cosas, reaccionó el Profesor de Natación; pero cada cual tiene sus métodos para lograr sus fines. Si me permiten invitarlos, lo único que tendrán que hacer es pagar el costo de la comida de los tres, que yo me encargo del resto.

Marcia, que estaba a punto de desmayarse, y que sentía a su hijo pidiendo alimentos a todo pulmón desde el interior de su vientre, no atinó a oponer los prejuicios y reparos que su madre le había enseñado en las reuniones del Comité y que sus profesores de Marxismo le inculcaban con tanta pasión.

Héctor, perdida la fuerza de voluntad, triturado su orgullo, sepultado su ego por la fuerza despiadada de aquel sistema inhumano que lo atenazaba, apenas si tuvo fuerzas para decir:

- Lo que tú digas. Jesús; tú eres el que sabe.

Jesús después de haber cruzado el túnel de regreso a la ciudad se dirigió por el mismo malecón hacia la zona de la ciudad conocida por "La Rampa". Era la parte de la capital donde en esa época aún existía algún bullicio, ya que la población aunque no tuviera dólares que gastar, al menos podía visitar, a base de prebendas, soborno, y hasta chantaje los pocos lugares que se habían conservado desde el régimen anterior. Miles de habaneros caminaban por la rampa de noche por el simple placer de caminar. Otros iban a hacer una interminable cola al Copelia para al cabo de dos horas, saborear uno de sus escasos helados. Otros hacían sus colas en las pizzerías y algunos se atrevían a asomarse a las puertas del "Habana Libre", el "Capri" o el "Riviera" o el "Nacional" arriesgándose a que los botaran como bolas por troneras o quizás si tenían la suerte de encontrar a algún conocido que "le hiciera una segunda" para poder "colarse" y pasar una noche viendo caras extrañas y vestuarios desconocidos. Algunos osados se lanzaban y hablaban algún Inglés y se salían con las suyas aliándose a algún turista canadiense o alemán quien le invitaba a una copa por el simple hecho de cogerle alguna lástima. La prostitución en forma del "Jineteo" no se había proliferado y en honor a la verdad, constituía un hecho aislado y conspicuo. Cuando el Profesor de Natación parqueó su carrito y les indicó que bajaran, los esposos se encontraban frente al edificio más alto de la Habana. El Foxa y se disponían a ascender al restaurante "La Torre".

No se había equivocado el novicio profesional. Tenía mucho que aprender en aquella sociedad de doble estándar, donde una cosa es lo que se dice y otra muy distinta lo que se hace. Cuando llegaron a la entrada del restaurante precioso que está en la azotea del edificio más alto de la capital. Jesús se adelantó; conversó unos segundos con el encargado de anotar a los clientes que tenían reservaciones; extrajo algo de su bolsillo; lo puso en la mano izquierda del galante encargado; éste lo guardó en el bolsillo de su saco con gran naturalidad; se despidieron y caminaron hacia el bar. El Ingeniero y su esposa seguían a su anfitrión, como los corderitos amaestrados que siguen a su instructor. En el bar, pidieron de tomar. Las pasiones se fueron calmando. Jesús no hizo por humillar a su amigo; por el contrario trató de conversar sobre cosas ajenas a lo sucedido aquella tarde. Al poco rato, se escuchó una voz autoritaria en medio de la penumbra del bar:

- Jesús del Prado. ¿Cuántos son ustedes compañeros?. Vengan por aquí.

El matrimonio no salía de su asombro. Estaban conociendo un mundo nuevo en su propia patria. No es que ellos no supieran de la existencia de aquel enclave. Lo que ellos ignoraban es la manera en que algunas personas se desenvuelven; la soltura (o el descaro) conque lo hacen y la naturalidad conque siguen viviendo su vida de "Revolucionarios" y "Comecandelas" como si nada estuviera ocurriendo a su alrededor. Allí vieron a personas conocidas del Partido y de la dirigencia. Allí comprobaron como el dinero seguía abriendo puertas mientras éstas permanecían cerradas para los ingenuos militantes que no se atrevían a salirse de "las normas establecidas".

Los jóvenes se asomaron a una de las grandes ventanas del restaurante desde donde se podía contemplar la inmensa ciudad. Ellos no eran lo suficientemente viejos para recordar a la Habana de los años 50; pero su intuición les decía que ésta tuvo que haber sido una ciudad preciosa. Ahora lo que se presentaba ante su vista era la ruina de los edificios. La falta de pintura. La falta de cuidado; el abandono total y por doquier, la suciedad, el derrumbe. Era como si aquel régimen se preparara para abandonar la nave y ya no le importaba lo que le sucediera; pero ellos sabían que no era eso. Ellos estaban seguros que el gobierno no pretendía abandonar nada. ¿Es que acaso aquel régimen que tanto se anunciaba como la solución de todos los problemas sociales no era capaz ni siquiera de mantener las casas limpias y presentables? Había que olvidarse de esas cosas.

La noche terminó apacible y sedada. La comida fue abundante y variada. Los esposos agradecieron a Jesús por su gestión y a partir de allí, la amistad entre el Ingeniero y el Profesor, se hizo más sólida, más firme y más íntima.

FIN DEL CAPITULO VI

Capítulo I: Abundancia de Amor
Capítulo II: Escasez de Medios
Capítulo III: Bodas de profesionales
Capítulo IV: Buscando un techo
Capítulo V: Ni casa, ni esperanzas

Capítulo VII: La llegada de Héctor Augusto
Capítulo VIII:¿Dónde metemos al niño?
Capítulo IX: La universidad de la calle...
Capítulo X: Proyecto de un largo viaje
Capitulo XI: Traidor, ¿A quien y por qué?
Capítulo XII:Seguridad, ¡Qué incertidumbre!
Capítulo XIII: Aprendiendo a mentir
Capítulo XIV: Más deserciones
Capítulo XV: A divorciarse del traidor
Capítulo XVI: La manzana de la discordia
Capítulo XVII: Peligrosa Reconciliación
Capítulo XVIII: Bodas de Mentira
Capítulo XIX: ¡Qué Cara es la Libertad!
Capítulo XX: Consumatum est

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