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El
Amor en los Tiempos de Castro
Capítulo
VI: Hotel de cinco estrellas
Por
Florencio E. Eiranova-Cuza
Delegación Puerto Rico - S.T.C
El Castrismo
al desnudo.
Un cubano que vivió la pesadilla, narra su odise
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La próxima semana, Héctor se dispuso a
desagraviar a su querida esposa por no haberla llevado a la fiesta de
inauguración de su hotel y la invitó a comer en el restaurante del
mismo, que por cierto había quedado muy bonito y elegante.
- Quiero que te pongas bien linda esta
tarde. Vamos a comer en un restaurante de cinco estrellas construido por
tu marido.
- Los pobres ratones se van a quedar
pasando frío. No les voy a dejar ni un trapito para acurrucarse. Me
imagino que no tendremos que ir en guagua.
- No faltaba más, mi reina; hoy tenemos
hasta chofer particular. He hablado con un Profesor de natación amigo
mío, que trabaja en una escuela en Tarará y nos viene a recoger para
llevarnos en su Lada. El fue miembro del Equipo Olímpico de Polo
Acuático y cuando estaba en buena, le dieron hasta un carro.
- Yo no sé porqué tu dices que cuando
estaba en buena, Héctor.
- Bueno mi amor; porque ahora ya no
pertenece a la claque y tiene que resolver su vida como pueda. Ya él no
brilla. Ahora es Profesor de Natación en una escuelita de deporte
acuático en Tarará y para de contar.
- Héctor, dijo Marcia mostrando verdadera
preocupación; yo no quisiera que tú me interpretaras mal; pero noto que
tu lenguaje se está volviendo algo crítico y que todos los detalles
negativos los resaltas más que los positivos. Eso puede ser peligroso.
- ¿Tú crees que por mi conducta y modo de
expresarme podríamos llegar a estar más mal de lo que estamos? Preguntó
el joven ingeniero.
- Fíjate tú mismo, mi amor; repuso la
esposa persuasiva; me vienes a invitar a salir de paseo, y todo lo estás
enfocando hacia lo negativo.
- Está bien mi reina; esta tarde todo va a
ser positivo.
Llegó Jesús del Prado, que así se
llamaba el amigo de Héctor, a eso de las tres y media de la tarde de un
precioso Sábado de Junio de 1987 a la casa donde se alojaba el joven
matrimonio. Su carrito ruso de la marca Lada, estaba limpiecito y se
notaba que su dueño lo mantenía en buen cuido. Nadie se podía imaginar,
cómo aquel hombre tan corpulento, entraba y salía de aquella miniatura
de carro con tanta facilidad. Hombre joven, blanco de piel tostada por el
sol y cabellos más bien rizos y de aspecto atlético, de unos 34 años de
edad, 6 pies y una pulgada con unas 210 libras de peso, daba la impresión
de dominar a todo el que se le acercaba. Sus brazos eran dos remos
poderosos que daban la impresión de poder derribar cualquier obstáculo.
Los hombros levantados y recogidos hacia atrás como un militar,
permitían sobresalir un pecho atlético y musculoso que daba la
impresión de un muro contra el que se podría estrellar cualquier
agresor. El cabello negro y rizo; pero bien recortado, no necesitaba
arreglo. Parecía que alguien se encargaba de mantenerlo alisado y
ordenado para su dueño. Su sonrisa confiada y la seguridad en sus
ademanes, le imprimían una cierta autoridad no impuesta, sino
espontánea.
El matrimonio, que ya se impacientaba por
la tardanza del amigo, apenas si se despidió de la familia, la cual los
miraba con ojos entre asombrados, e incrédulos. Hacía tanto tiempo que
no veían a aquellos muchachos vestirse de persona decente para ir a una
actividad festiva, que realmente no lo podían creer.
- Jesús, dijo Héctor a su amigo, mientras
tomaba de la mano a su esposa, ésta es Marcia mi esposa.
El recién llegado sintió como si un
corrientazo lo hubiera sorprendido cuando tomó la mano de aquella
encantadora muchacha que se le acercó con una sonrisa envolvente y unos
ojos dispuestos a interrogarlo hasta en su más recóndita intimidad.
- Su esposo me había dicho que usted era
muy bella, dijo Jesús contemplando con respetuosa admiración a la esposa
de su amigo, pero no me había dicho que era toda una reina de belleza.
- No me suba tanto, compañero, que
después la caída va a ser desastrosa, repuso con poco disimulado orgullo
la muchacha.
- Si se van a poner a piropearse ahí, no
salimos nunca, interrumpió Héctor en tono jocoso.
- No te pongas celoso. Ingeniero, repuso el
recién llegado. Te prometo que me mantendré a buena distancia de tu
esposa.
- Descuide, compañero, defendió de
inmediato la joven esposa; yo me sé mantener a distancia.
A la joven esposa, no se le escapó la
lujuria disimulada que brotó de los ojos del galante recién llegado. En
verdad el sujeto era un tipo algo fuera de lo común y aunque el esposo de
Marcia no tenía nada que envidiar a nadie, el amigo de Héctor causó una
magnífica impresión en la arquitecta. - Si este tarzán en guayabera se
piensa que me va a manosear porque tiene un carrito, pensó la suspicaz
profesional, lo voy a poner a distancia más pronto de lo que él se
imagina.
Tomaron por una avenida muy transitada
llamada la 51, que comunica el Municipio de Marianao con la ciudad de la
Habana. A lo largo de su recorrido los viajeros contemplaban la hilera de
casas y edificios destartalados y corroídos por el tiempo y el descuido.
La impresión que recibía quien contemplaba aquella procesión de ruinas
inclinadas y sostenidas por apuntalamientos de madera de a última hora,
era que se trataba de una decoración de los consorcios cinematográficos
Norteamericanos, con la intención de hacer películas antiguas o que
reflejaran las ruinas de alguna ciudad abandonada por sus habitantes.
Aquellas casonas de la Calzada de Puentes Grandes y posteriormente las de
la Calzada del Cerro causaban verdadero dolor.
La fábrica de papel cerrada y abandonada.
La fábrica de toallas en peores condiciones. La mayoría de las casas
estaban deshabitadas o al menos inhabitables; pero las gentes en su
penuria por no tener ni una cueva donde meterse, arriesgaban sus vidas
todas las noches y se metían a mal vivir como pudieran en aquellos
derrumbes peligrosos y asquerosos, donde se acumulaba basura, desperdicio
y miseria como si a nadie le importara el destino de aquellos infelices.
La calle Monte; la otrora famosa calle Monte con sus comercios y
almacenes; con sus cuatro caminos, antes bullicioso, alegre y atrevido se
mostraba al viajero con una mirada lánguida y desesperanzada. Muchos de
los buenos edificios que albergaron grandes y prósperos comercios, llenos
de lumínicos y anuncios atractivos, se retorcían de vergüenza al no
poder mostrar sino sus ladrillos descubiertos por años de abandono. Las
altas paredes se derrumbaban sencillamente y alguien les había impuesto
un parche de madera vieja que ni guarecía ni protegía; pero que al menos
comunicaba que todavía habían seres vivientes en aquellas ratoneras
gigantes.
Las cunetas por donde corría una lava
espesa de lodo pestilente se detenían en ocasiones para depositar su
miasma en uno que otro bache que no se arreglaba desde la época del
tristemente célebre Fulgencio Batista. Cuando un chofer descuidado, o
aburrido de la vida, caía en uno de aquellos huecos, bañaba con el
hediondo emplasto las paredes, los altos corredores y las gentes que
tenían la desgracia de transitar por aquel lugar inhóspito y repugnante.
Cuando llegaron al Parque de la Fraternidad, rodeado de los que en sus
buenos tiempos fueron los Hoteles Isla de Cuba, New York, Saratoga y unos
cuantos más adelante como El Inglaterra, Plaza, Sevilla, Siboney etc.
etc. y que otrora formaban toda una zona de recreación y esparcimiento
que llegaba hasta el Capitolio y por el Prado Hasta el Malecón, nuestros
viajeros no se atrevían a hacer ni un comentario. Sus gargantas estaban
como atragantadas y desde su estómago les subía un amargo indescifrable
que invitaba a vomitar.
Posteriormente doblaron hacia la izquierda
para incorporarse a otra avenida muy ancha y transitada llamada el Paseo
del Prado, para de ahí seguir hasta el Malecón. Por el Malecón,
recorrieron toda la parte del litoral de la Habana, hasta llegar al Túnel
que comunica a la ciudad de la Habana con el municipio de Guanabacoa. Una
vez salidos del túnel, tomaron una vía muy ancha y espaciosa que conduce
hacia las Playas del Este. El recorrido es precioso. Se le conoce como la
Vía Blanca. El viajero disfruta contemplando toda la costa Norte de la
Provincia de la Habana, donde se extienden kilómetros y kilómetros de
playas de arenas finas y limpias. El matrimonio aprovechó para relajarse
después de tanta tensión y repugnancia y pudieron respirar aire puro.
Sus pulmones se ensanchaban mientras sus manos se apretaban en un gesto de
reconciliación por los muchos sufrimientos que estaban soportando.
Por suerte para nuestros amigos el tiempo,
la desidia y el descuido no pudieron restar en un ápice la extraordinaria
belleza de la zona del litoral habanero a partir del túnel. Aquello era
el mar. El mar profundo y enigmático. El mar poderoso e indomeñable. El
que no se doblega. El que vigila en vez de ser vigilado. El que se yergue
mientras el pueblo es sometido. El que no obedece, ni se resigna ni se
calla. Aquello no pudo ser nacionalizado, ni abandonado ni maltratado. El
mar no necesita ni pintura ni pintores. Al mar no hay que hacerle
apuntalamientos. Su color azul profundo se mantenía inalterable. No se
detenía por mucho que lloviera. Sus arenas de un color blanco de esmalte
no se ensuciaban por mucho descuido de las autoridades. Su oleaje
desafiante, intrépido y levantisco era su propio arquitecto. Su
movimiento constante era su mejor mantenimiento. Sus olas incansables y
poderosas se encargaban de su higiene. De su belleza se encargaba su
creador. El mar no entendía de Comités ni Partidos. Para el mar no
había mordaza ni Ministerio del Interior, El mar no conocía la escasez
ni el racionamiento. El mar no conocía los "planes
quinquenales" ni la libreta de racionamiento ni los ajustes. Para el
mar no había rectificación de errores ni fortalecimiento ideológico. El
mar, en definitiva, no entendía ni de Socialismo ni de Marxismo Leninismo
ni de Comunismo. Por eso se mantenía tan radiante aquella tarde preciosa
de 1987.
Al llegar a la zona de parqueo del Hotel,
que por cierto estaba precioso y Marcia apenas si lo conocía, ésta se
detuvo para contemplar orgullosa, la obra en la que su amoroso marido
había puesto tanto empeño. Su vista iba del hotel a su esposo, como
tratando de identificar al uno con el otro. Desde donde se encontraban,
podía divisarse la estructura del hotel.
Una edificación moderna, limpia pintada,
hermosa. Tenía piscina, restaurante, cafetería y mucho espacio a su
alrededor para práctica de deportes. El joven Ingeniero comprendió la
intención de la hermosa muchacha y en un gesto de modestia poco
disimulado dijo:
- Vamos linda, que no es para tanto.
- Pues para mí, dijo la esposa, sí lo es.
¿Qué le parece a usted, profesor?, añadió dirigiéndose al amigo que
también admiraba la obra.
- Yo conozco el lugar, señora y de veras
la felicito por tener a un marido tan brillante, repuso el deportista en
tono deferente.
- Señores, añadió el ingeniero, si
siguen subiéndome, me van a acomplejar y se me va a quitar el hambre.
- Pues vamos rápido, repuso Marcia, que tu
hijo me está haciendo señas desde su escondite.
Se dirigieron hacia la entrada principal
del hotel, para continuar hacia el comedor. Héctor iba delante, ansioso
de liderear el pequeño grupo. Caminaba con aplomo. Conocía el lugar por
haberlo caminado cientos de veces y la confianza que le infundía su
estado de ánimo y su experiencia del lugar, le impidió notar que alguien
se le acercaba.
- Compañero, dijo una voz salida de un
sujeto uniformado que les terció la puerta; esto está reservado para
turistas extranjeros.
El primero en recibir el golpe fue Héctor.
De inicio hizo como quien no comprendía; pero casi de inmediato el
mensaje le llegó a lo profundo de su ser. Muchas veces se había repetido
lo mismo mientras se realizaba la obra, de que aquello era para recaudar
divisas convertibles de parte de los turistas extranjeros; pero el joven
profesional no imaginó que aquello pudiera alcanzarlo a él que había
sido el ejecutor de la obra. Seguramente este sujeto no lo conocía.
- Mire compañero, nosotros no venimos a
hospedarnos ni a utilizar la piscina. Nosotros solamente vamos al comedor
a....
- Yo sé, compañero; yo le comprendo; pero
le estoy comunicando la orden que hay. Este lugar está reservado para
turistas extranjeros que pagan con dólares. Me imagino que usted no
piensa pagar con dólares.
- No compañero; yo no tengo dólares para
pagar aquí; pero yo soy el Ingeniero que construyó este hotel. ¿Usted
me conoce a mí?
- No tengo el gusto de conocerlo,
compañero; pero no pueden pasar.
- Mira, jefe, llámame al administrador que
quiero hablar con él.
- El compañero Carlos Pomares está en una
reunión ahora; fue la respuesta del hombre uniformado.
- Manda a buscarlo de esa reunión y dile
que el Ingeniero Héctor Sarmiento quiere verlo.
Mientras aquella discusión tenía lugar.
Mareta sentía que el hijo en su vientre se le quería salir por la boca.
No atinaba a intervenir. No sabía qué decir. En su interior imaginaba el
vendaval que azotaba a su marido; pero no se atrevía ni siquiera a
tratarlo de calmar. Se recostó de su hombro sin decir palabra. Con una
mano, agarró la suya, tal vez con la intención de aprisionarlo y evitar
cualquier ademán impropio. Ella prefería morirse, antes de verlo a él
caer en un problema con las autoridades. ¿Quién la mandaría a ella a
aceptar esta invitación?. Ella pudo haberse fingido enferma. La barriga
la pudo salvar de esta situación. ¡Dios mío; Haz algo!
- ¿Qué pasa compañeros?, dijo una voz
algo tropelosa, que salía de un individuo vestido con traje negro y
corbata; pero que evidentemente no estaba habituado a aquel atuendo.
- ¿Usted es el administrador?
- El mismo que viste y calza.
- Mire compañero, yo soy el Ingeniero
Héctor Sarmiento. Yo fui quien dirigió la ejecución y construcción de
este hotel. Desde la primera piedra, hasta su inauguración la semana
pasada. Yo he traído a mi esposa y a mi amigo a comer en el comedor de
este hotel que yo construí. Eso es todo lo que sucede.
- Bien compañero, replicó el
administrador; yo comprendo perfectamente su situación. Ustedes quieren
comer en el hotel que usted construyó. Yo creo que eso está muy bien;
pero como que en el comedor que está reservado para los turistas, hay que
pagar con dólares y ustedes no tienen dólares; yo les voy a hacer una
concesión; pasen para donde comen los empleados detrás de la cocina en
un saloncito que hemos preparado allí y con mucho gusto comen de lo que
comen los empleados. Lo que no les puedo prometer es que van a comer lo
que se les sirve a los turistas. Ustedes comprenderán que esa comida es
para recaudar divisas; dólares.
Todos se miraron. Nadie se atrevía a
sugerir una decisión. Héctor respiró profundo. Miró hacia el mar.
Recorrió con su vista aquel espacioso corredor. Miró al cielo como
pidiendo consejo. Finalmente, tomó a su esposa de la mano y dando la
espalda a aquel sujeto envuelto en un traje que no le quedaba bien,
partieron hacia el carrito del amigo Jesús.
Jesús había contemplado todo el acontecer
sin decir una palabra. No podría decirse que se alegraba de lo sucedido;
pero en su rostro se dibujaba una expresión que parecía decir: Yo lo
sabía. Cuando llegaron al pequeño automóvil/ el dueño abrió las
puertas y esperó a que los pasajeros se acomodaran en su interior. Sin
preguntar nada a nadie, arrancó con rumbo a la Habana.
Marcia era la más afectada en aquella
situación. Su esposo le había recomendado que no comiera durante el
día, para que aprovechara el delicioso menú del flamante hotel. Si a eso
unimos el hecho de tener que alimentar a una criatura que ya pugnaba por
salir a este mundo, la pobre muchacha sentía que su cabeza le daba
vueltas alrededor del mundo, mientras su estómago le exigía a gritos un
mendrugo aunque fuera para alimentar, por lo menos a su hijo, si es que no
se podía alimentar ella. No diría ni media palabra. Se moriría de
hambre antes de crearle una nueva preocupación a su esposo.
Héctor estaba tan tenso que parecía un
cable de acero sosteniendo una locomotora colgada del otro extremo. Se
sentía culpable de todo. Su ingenuidad al invitar a su compañera sin ni
siquiera averiguar las condiciones para entrar a aquel lugar que ahora le
parecía horrible. Su autosuficiencia lo había llevado a aquel chasco.
¿Porqué pretender que lo atendieran a él, por el hecho de haber sido el
constructor del hotel?. ¿ Y ahora, qué le diría a su pobre esposa que
estaba hambrienta y no tenían donde ir?. Buscar un lugar para comer, un
Sábado por la noche en la Habana, era como buscar un billete premiado
antes de tirar la lotería. Su impotencia lo aplastaba. Se sentía
humillado, incapaz, destruido; pero en medio de todo aquel tormento; en el
proceso de enfrentarse a toda una serie de realidades que contrastaban con
las teorías aprendidas en las aulas y en los círculos de estudios
Marxistas, el joven Ingeniero notaba que estaba aprendiendo algo que nadie
le podría enseñar. Se estaba dando cuenta, que existen dos mundos muy
distintos. Uno, el que le describen los libros, el que le dicen sus
dirigentes, el que le dibujan sus adoctrinadores. El otro es chato, sin
colorido, árido, desprovisto de compasión ni mucho menos generosidad. Es
insensible, despótico, cruel. ¿Qué le importa a las instancias
superiores si su esposa tiene hambre ahora?. ¿Qué les puede afectar si
ellos se pudren en un cuartico con medía docena de ancianas amargadas por
la miseria y la frustración?. Cuando nazca su hijo; ¿Qué diferencia va
a significar eso para las instancias superiores?. Cuando vaya a la
escuela, le enseñarán lo mismo que le han enseñado a él; que el
Socialismo es la liberación de la humanidad; que el capitalismo es la
explotación del hombre por el hombre y que todas las deficiencias y
dificultades que padecen las familias, se la deben al cruel imperialismo
que no cesa en su afán de aplastar a la humanidad etc. etc. Estaba tan
concentrado en sus pensamientos, que no escuchó cuando su amigo Jesús le
trataba de hablar. Fue Marcia la que le sacudió la mano para que saliera
de sus meditaciones.
- Compañeros, dijo Jesús después de
lograr la atención de la pareja: En vista de las dificultades
confrontadas, quiero que me permitan invitarlos a comer en un lugar
decente aquí en la Urbe.
- ¿A comer aquí en la Habana un Sábado
por la noche?. Tu estás loco, fue la reacción del Ingeniero.
- Yo no me quiero meter en sus vidas ni en
la manera de ustedes conseguir las cosas, reaccionó el Profesor de
Natación; pero cada cual tiene sus métodos para lograr sus fines. Si me
permiten invitarlos, lo único que tendrán que hacer es pagar el costo de
la comida de los tres, que yo me encargo del resto.
Marcia, que estaba a punto de desmayarse, y
que sentía a su hijo pidiendo alimentos a todo pulmón desde el interior
de su vientre, no atinó a oponer los prejuicios y reparos que su madre le
había enseñado en las reuniones del Comité y que sus profesores de
Marxismo le inculcaban con tanta pasión.
Héctor, perdida la fuerza de voluntad,
triturado su orgullo, sepultado su ego por la fuerza despiadada de aquel
sistema inhumano que lo atenazaba, apenas si tuvo fuerzas para decir:
- Lo que tú digas. Jesús; tú eres el que
sabe.
Jesús después de haber cruzado el túnel
de regreso a la ciudad se dirigió por el mismo malecón hacia la zona de
la ciudad conocida por "La Rampa". Era la parte de la capital
donde en esa época aún existía algún bullicio, ya que la población
aunque no tuviera dólares que gastar, al menos podía visitar, a base de
prebendas, soborno, y hasta chantaje los pocos lugares que se habían
conservado desde el régimen anterior. Miles de habaneros caminaban por la
rampa de noche por el simple placer de caminar. Otros iban a hacer una
interminable cola al Copelia para al cabo de dos horas, saborear uno de
sus escasos helados. Otros hacían sus colas en las pizzerías y algunos
se atrevían a asomarse a las puertas del "Habana Libre", el
"Capri" o el "Riviera" o el "Nacional"
arriesgándose a que los botaran como bolas por troneras o quizás si
tenían la suerte de encontrar a algún conocido que "le hiciera una
segunda" para poder "colarse" y pasar una noche viendo
caras extrañas y vestuarios desconocidos. Algunos osados se lanzaban y
hablaban algún Inglés y se salían con las suyas aliándose a algún
turista canadiense o alemán quien le invitaba a una copa por el simple
hecho de cogerle alguna lástima. La prostitución en forma del
"Jineteo" no se había proliferado y en honor a la verdad,
constituía un hecho aislado y conspicuo. Cuando el Profesor de Natación
parqueó su carrito y les indicó que bajaran, los esposos se encontraban
frente al edificio más alto de la Habana. El Foxa y se disponían a
ascender al restaurante "La Torre".
No se había equivocado el novicio
profesional. Tenía mucho que aprender en aquella sociedad de doble
estándar, donde una cosa es lo que se dice y otra muy distinta lo que se
hace. Cuando llegaron a la entrada del restaurante precioso que está en
la azotea del edificio más alto de la capital. Jesús se adelantó;
conversó unos segundos con el encargado de anotar a los clientes que
tenían reservaciones; extrajo algo de su bolsillo; lo puso en la mano
izquierda del galante encargado; éste lo guardó en el bolsillo de su
saco con gran naturalidad; se despidieron y caminaron hacia el bar. El
Ingeniero y su esposa seguían a su anfitrión, como los corderitos
amaestrados que siguen a su instructor. En el bar, pidieron de tomar. Las
pasiones se fueron calmando. Jesús no hizo por humillar a su amigo; por
el contrario trató de conversar sobre cosas ajenas a lo sucedido aquella
tarde. Al poco rato, se escuchó una voz autoritaria en medio de la
penumbra del bar:
- Jesús del Prado. ¿Cuántos son ustedes
compañeros?. Vengan por aquí.
El matrimonio no salía de su asombro.
Estaban conociendo un mundo nuevo en su propia patria. No es que ellos no
supieran de la existencia de aquel enclave. Lo que ellos ignoraban es la
manera en que algunas personas se desenvuelven; la soltura (o el descaro)
conque lo hacen y la naturalidad conque siguen viviendo su vida de
"Revolucionarios" y "Comecandelas" como si nada
estuviera ocurriendo a su alrededor. Allí vieron a personas conocidas del
Partido y de la dirigencia. Allí comprobaron como el dinero seguía
abriendo puertas mientras éstas permanecían cerradas para los ingenuos
militantes que no se atrevían a salirse de "las normas
establecidas".
Los jóvenes se asomaron a una de las
grandes ventanas del restaurante desde donde se podía contemplar la
inmensa ciudad. Ellos no eran lo suficientemente viejos para recordar a la
Habana de los años 50; pero su intuición les decía que ésta tuvo que
haber sido una ciudad preciosa. Ahora lo que se presentaba ante su vista
era la ruina de los edificios. La falta de pintura. La falta de cuidado;
el abandono total y por doquier, la suciedad, el derrumbe. Era como si
aquel régimen se preparara para abandonar la nave y ya no le importaba lo
que le sucediera; pero ellos sabían que no era eso. Ellos estaban seguros
que el gobierno no pretendía abandonar nada. ¿Es que acaso aquel
régimen que tanto se anunciaba como la solución de todos los problemas
sociales no era capaz ni siquiera de mantener las casas limpias y
presentables? Había que olvidarse de esas cosas.
La noche terminó apacible y sedada. La
comida fue abundante y variada. Los esposos agradecieron a Jesús por su
gestión y a partir de allí, la amistad entre el Ingeniero y el Profesor,
se hizo más sólida, más firme y más íntima.
FIN DEL CAPITULO VI
Capítulo
I: Abundancia de Amor
Capítulo II: Escasez de Medios
Capítulo III: Bodas de profesionales
Capítulo IV: Buscando un techo
Capítulo V: Ni casa, ni esperanzas
Capítulo VII: La llegada de Héctor Augusto
Capítulo VIII:¿Dónde metemos al niño?
Capítulo IX: La universidad de la calle...
Capítulo X: Proyecto de un largo viaje
Capitulo XI: Traidor, ¿A quien y por qué?
Capítulo XII:Seguridad, ¡Qué
incertidumbre!
Capítulo XIII: Aprendiendo a mentir
Capítulo XIV: Más deserciones
Capítulo XV: A divorciarse del traidor
Capítulo XVI: La manzana de la discordia
Capítulo XVII: Peligrosa Reconciliación
Capítulo XVIII: Bodas de Mentira
Capítulo XIX: ¡Qué Cara es la Libertad!
Capítulo XX: Consumatum est
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