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Revista DESAFIOS
Año 1482
Mayo-Junio /2008

Consejo Unitario de Trabajadores Cubanos (CUTC)

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Literatura Cubana en el Exilio

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El Amor en los Tiempos de Castro

Capítulo XX: Consumatum Est

Por Florencio E. Eiranova-Cuza
Delegación Puerto Rico - S.T.C

  El Castrismo al desnudo. Un cubano que vivió la pesadilla, narra su odisea

Al fin llegó la salida. Después de varios días de espera y de nerviosismo, pudieron pedir el dinero para los pasajes de manera de fijar la fecha de salida y comprar los boletines de avión. Héctor se insultó cuando le comunicaron que los pasajes de La Habana a Miami, costaban unos 900 pesos por persona. Con esa cantidad cualquiera viaja de Miami a Argentina, pero ese era el precio que había que pagar y Héctor lo pagó.

Cuando les llegó el dinero, se lo comunicaron a Jesús. Ambos fueron a hacer las reservaciones a una casa por El Vedado. Los dos se sentían como enfermos. Cuando les llegó su tumo hubieran preferido cedérselo a cualquiera. Era la primera vez, que no tenían prisa por que les llegara su turno. Se fijó la fecha y la hora. Saldrían dentro de una semana.

Héctor terminó su casita. Le quedó preciosa. La amuebló por completo. Se metió en una deuda kilométrica; pero consiguió un financiamiento a través del Credit Union del Colegio de Ingenieros al que ya pertenecía y se dispuso a recibir a su mujercita y su hijo como ellos se merecían. Para el día de la llegada, no iría a trabajar. El vuelo llegaba después de las once de la mañana cuando el avión salía a su hora. Muchas veces se atrasaba; pero había que estar allí desde temprano para que los familiares no se vayan a desesperar al buscar a uno y no verlo. Mucha gente se pierde en ese aeropuerto de Miami que es un mundo de grande con miles de pisos, pasillos y salidas.

Cuando recibió el telegrama; se puso de acuerdo con un amigo para que lo acompañara al aeropuerto. De esta manera no se perdería en el parqueo que es otro monstruo. El no había ido al aeropuerto desde que llegó y ni siquiera se acordaba si había sido por éste que había entrado, pues a él lo mandaron desde la Base Naval de Guantánamo para Cayo Hueso. Lo mejor era ir bien acompañado para no fallar. Además tenía preparada una fiestecita para su mujer y su amigo del alma. Jesús. Aquel no quería quedarse en Miami. Decía que él tenía familia en Nueva York y que se iba para allá. Eso lo iban a discutir cuando ellos llegaran. A un amigo de esa calidad, estaba Héctor dispuesto a darle un cuarto en su casa por el tiempo que él quisiera. Como si lo quisiera por toda la vida.

Jesús le había comunicado a Marcia que él no tenía intención de ir a la casa de Héctor ni aunque éste le insistiera y le rogara. Ya él había coordinado con unas relaciones que tenía en Nueva York y no quería pasar por el mal rato de despedirse de ellos una vez se vieran en el aeropuerto. Para la muchacha esto era una verdadera tragedia. Ella le había insistido en más de una ocasión que no rompiera así aquella amistad tan noble y sincera; pero el hombre estaba decidido y no fue posible convencerlo de lo contrario.

Un día antes de la fecha señalada para viajar, recibió Jesús una visita inesperada. Se trataba de Dermis, un Coronel del ejército, viejo amigo del deportista que venía a despedirse.

- Jesús, dijo Dermis a su viejo amigo, supe que te ibas y quise venir a decirte adiós.

- ¿Cómo te enteraste que yo me iba?, preguntó el deportista.

- Tú sabes que nosotros tenemos nuestros métodos de saber las cosas, dijo el militar.

- Pero tú sabes que esta visita te puede perjudicar, agregó Jesús.

- Ya yo no sé lo que me perjudica o lo que me beneficia, dijo el oficial; pero de todas formas no temas, que nadie lo va a saber. Yo estoy seguro que tú no vas a decir nada.

- Nuestra amistad está por encima de esas pequeñeces. Dermis, dijo el deportista.

- Por eso vine, mi amigo, agregó el militar. Quiero que sepas que te envidio. Quiero decirte que yo no tengo ni siquiera la posibilidad de hacer lo que tú estás haciendo. A mí no me dejarían salir. Yo sí me tendría que tirar a nadar. Esto no tiene futuro. Jesús. Esto se hunde y nadie lo puede salvar.

- Pero usted es un coronel, interrumpió la arquitecta que se sorprendió de su propia valentía. Usted debe vivir bien en este país.

- Eso es cierto compañera; pero yo tengo familia, hermanos, sobrinos, parientes y ellos no son todos coroneles. En medio de tanta miseria y persecución, ¿Qué puede hacer un coronel por remediarlo?.

- Marcia, dijo Jesús, esto es mucho más complejo que una cuota de pollo o una libra de arroz. Es preferible que no abramos el capítulo de las clases de mundología.

Cuando el oficial se despidió, se le vieron dos lagrimones rodar por sus mejillas mientras decía a su amigo:

- No me puedes escribir ni yo te voy a poder escribir a ti; pero puedes estar seguro que voy a saber de ti. Que Dios te acompañe, hermano. Tú sabes que te deseo que triunfes y estoy seguro de que vas a triunfar. Reza por mí y por esta tierra.

Llegó el día de la partida. Ninguno de los "esposos" había pegado los ojos. Ambos tenían un estado febril que no se podían explicar. Varias veces sintió Jesús a Marcia trajinando por la cocina como si calentara algo para tomar. Quiso levantarse para ir a verla; pero no se atrevía. Últimamente se le notaba mucho el temblor de sus manos y de sus labios cuando le hablaba. Ella por su parte había ido a la cocina con la intención de despertarlo para que saliera y le dijera algo.

No soportaba la idea de aquella soledad metida en aquel cuarto como un prisionero condenado a muerte que espera la hora de la ejecución. A las cinco de la mañana tenían que salir para el aeropuerto. Jesús había hablado con un amigo para que los viniera a recoger. El carrito se lo habían confiscado. Todo lo que tenía en su casa, lo tenía que entregar y ya le habían hecho el inventario. No podía sacar nada. La casa sería confiscada tan pronto la abandonara. Ya la había venido a ver un Teniente Coronel del Ministerio del Interior a quien se la habían entregado por su proximidad a la costa.

Se empezaron a preparar casi en silencio. No querían decirse nada. Estaban algo irritables, huraños inamistosos. Al niño lo habían traído hacía unos días para que se fuera acostumbrando a la idea de salir con Jesús y su mamá de viaje, no fuera a ser que a última hora se pusiera a llorar.

Cuando llegó el amigo que había quedado en recogerlos, ya los tres viajeros estaban listos hacía tiempo. Partieron para el aeropuerto. El niño se durmió. La madre estaba tensa. Jesús pensativo, taciturno, concentrado. Llegaron y se dirigieron a los escritorios donde les decían por donde tenían que tomar. Un personal hosco y con cara de pocos amigos iba dirigiendo a los futuros traidores y apátridas hada sus destinos. Nadie los fue a despedir. La infeliz madre de Marcia por ser Presidenta del Comité de Defensa de la Revolución en su cuadra, tuvo que expulsar deshonrosamente a su hija de la organización por traición a la patria. No pudo ir a despedirla, aunque eso no la salvaría de que posteriormente le retiraran a ella el cargo y le hicieran un registro a sabiendas de que no encontrarían nada; pero con eso se daba un escarmiento. El equipaje de los viajeros cabía en un maletín de estudiante. Todos los trámites fueron rápidos. Nada que revisar, nada que pesar, nada que declarar.

Subieron al avión sin decir palabra. Se sentaron uno junto al otro y pusieron al niño del lado de la madre hacia el pasillo del avión.

Cuando la nave despegó, Marcia sintió que le estaban arrancando algo de sus entrañas . Su vientre se desgarraba. Su alma se le escapaba. No quiso mirar por la ventanilla. El nudo en la garganta no la dejaba respirar. Sus ojos del color de la esmeralda, volvieron a anegarse en lágrimas. Comenzó a sollozar.

El hombre, más acostumbrado a estos trajines de salir del país, aunque siempre regresaba, no se sentía tan abrumado. Al contemplar a aquella mujer tan hermosa; tan honrada y tan querida llorando; el alma se le retorció. Le tomó la mano para consolarla. Se la apretó para comunicarle valor, serenidad, confianza, amor.

- ¿Eso también está en el contrato?, preguntó la estatua de marfil con ojos de tigresa en un tono que tenía de reproche, de reclamo, de acusación.

- Ya se está acercando a su fin. A partir de ahora, vas a poder hacer lo que quieras; contestó el atleta entre hiriente y lastimado. Diciendo esto, retiró la mano en gesto de desaprobación de la pregunta recibida.

- ¿Entonces ya no habrá necesidad de seguir engañando a las autoridades? Preguntó la estatua buscando la mano que trataba de escurrirse. El hombre no podía creer lo que le comunicaba aquel gesto. Se dejó tomar la mano y continuó:

- A las autoridades no habrá que engañarlas; pero a nosotros mismos, quizás tengamos que seguirnos engañando.

La aeromoza anunció la llegada del avión al aeropuerto Internacional de Miami.

La salida fue casi inmediata. La organización era evidente. A los ciudadanos norteamericanos los hicieron salir por una fila que seguía directamente hacia afuera; a los residentes que venían al país como inmigrantes, les tocaba otro trámite. Jesús salió primero y esperó a Marcia con el niño. La tomó de la mano. Esta se la aprisionó. Salieron a un salón amplio donde había millares de personas esperando a los viajeros. El bullicio era tremendo. Se notaba que eran cubanos. Buscaron entre la muchedumbre y no vieron a Héctor. Siguieron avanzando con el tropel de viajeros que acababa de llegar. Al fin lo vieron venir. Estaba cambiado. Se notaba más gordo. Vestía ropas llamativas. Se acercaron. Se abrazaron. Jesús sintió que le clavaban un puñal en medio del pecho. Su amigo vino hacia él y lo abrazó.

- Bueno Ingeniero; mi misión ha terminado. He cumplido al pie de la letra el compromiso que hice con usted.

- Gracias mi amigo; mejor dicho, mi hermano. He conocido pocos hombres como tú.

- Tú te lo mereces, Héctor. Tienes una gran mujer. No la pierdas por nada de este mundo. Y diciendo esto dirigió una mirada lánguida, adolorida, desesperada a aquella estatua que tanto había deseado y que ahora entregaba a su legítimo dueño.

- Yo lo sé mi amigo, repuso con seguridad el Ingeniero. Pero vengan que tenemos mucho que hablar.

Caminaron hacia la salida del aeropuerto y llegaron a la acera. Un tropel de carros pasaba a velocidades peligrosas.

- Jesús, dijo el Ingeniero, soltando la mano de su esposa que traía agarrada desde que la abrazó dentro del aeropuerto; voy a pedirte un último favor: espérenme aquí y no se muevan, que voy a buscar el carro. Vine con un amigo que me está esperando en el parqueo para no perderme. Este aeropuerto es de madre. Vengo enseguida mi amor, le dijo a la encantadora mujer de los ojos de tigresa.

Se quedaron los tres en la ancha acera, mientras el Ingeniero se retiraba hacia unas rampas inmensas que conducían a los parquees del aeropuerto. El atleta no sabía qué hacer ni qué decir. La muchacha estaba tensa; ansiosa, inquieta.

- ¿Nerviosa? Preguntó el hombre, tratando de romper el silencio.

- ¿Y tú, cómo estás?

- ¿Porqué me lo preguntas?

- Porque, o yo soy una estúpida, o no te entiendo en lo absoluto.

- ¿Estúpida? Tú has logrado lo que querías.

- ¿Y tú, que has logrado?. ¿Engañar a los americanos? ¿Engañar a los cubanos? ¿Engañarme a mí? ¿Engañarte a ti? ¿Eso te hace feliz?

¡Marcia! ¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras?

- ¿Tú tienes dinero americano contigo? Preguntó la mujer imperativa.

- Sí; yo traje algunos dólares para mis gastos. Los tenía guardados desde hace tiempo. Nunca se sabe cuándo van a hacer falta.

- ¡Pues lo vas a necesitar más pronto de lo que te imaginas! !Taxii!. Taxiii!. gritó la mujer agitando la mano derecha a un carro pintado de amarillo que se acercaba.

- ¡Marcia!, exclamó el deportista asombrado; ¿Tú estás loca?

- ¿Loca por qué?, preguntó a su vez la atrevida viajera.

- ¿A dónde tú piensas ir? continuó en su asombro Jesús.

- A donde sea; al infierno, afirmó frenética la mujer.

- ¿Y tu esposo? preguntó atónito el profesor de natación.

- ¿Es que no entiendes Jesús? preguntó la mujer, quien continuó sin esperar respuesta. ¿Acaso tú también te has engañado?

El hombre seguía sin entender. Se dejó llevar de la mano de aquella tigresa que nunca había mostrado unos ojos más verdes y endemoniados. Lo introdujo en el taxi casi de un empujón. Cargó al niño como un bolso de escolar. Cerró la puerta y se abrazó al atleta para besarlo con la pasión y el fuego de un volcán. Lo mordió, lo estrujó, quería lastimarlo y lo que logró fue enfurecer a una fiera que había estado anestesiada durante muchos meses. El chofer del taxi, algo sorprendido por aquella escena tan apasionada y violenta sólo atinó a preguntar:

- Do you want me to take you to a motel? Cuando el taxi se disponía a partir, la puerta de un carro de último modelo se abría delante de ellos y de él se desmontaba el Ingeniero vestido con ropas llamativas. La muchacha escondió su rostro en el musculoso pecho del atleta quien viró la cara para no contemplar a un hombre que buscaba inútilmente a unos viajeros que acababa de dejar esperando en la acera.

FIN 

Capítulo I: Abundancia de Amor
Capítulo II: Escasez de Medios
Capítulo III: Bodas de profesionales
Capítulo IV: Buscando un techo
Capítulo V: Ni casa, ni esperanzas
Capitulo VI: Hotel de cinco estrellas
Capítulo VII: La llegada de Héctor Augusto
Capítulo VIII:¿Dónde metemos al niño?
Capítulo IX: La universidad de la calle...
Capítulo X: Proyecto de un largo viaje
Capitulo XI: Traidor, ¿A quien y por qué?
Capítulo XII:Seguridad, ¡Qué incertidumbre!
Capítulo XIII: Aprendiendo a mentir
Capítulo XIV: Más deserciones
Capítulo XV: A divorciarse del traidor
Capítulo XVI: La manzana de la discordia
Capítulo XVII: Peligrosa Reconciliación
Capítulo XVIII: Bodas de Mentira
Capítulo XIX: ¡Qué Cara es la Libertad!
Capítulo XX: Consumatum est

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