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Revista DESAFIOS
Año 1482
Mayo-Junio /2008

Consejo Unitario de Trabajadores Cubanos (CUTC)

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Literatura Cubana en el Exilio

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El Amor en los Tiempos de Castro

Capítulo XVI: La manzana de la discordia

Por Florencio E. Eiranova-Cuza
Delegación Puerto Rico - S.T.C

  El Castrismo al desnudo. Un cubano que vivió la pesadilla, narra su odisea

Fueron a recoger al niño al Círculo Infantil. De tanto verlos juntos, ya las empleadas del lugar, pensaban que eran marido y mujer. Hasta el niño se había acostumbrado a Jesús y cuando éste no venía con su madre, aquel le preguntaba por el otro.

Cuando los dejó en la puerta de la casita que amenazaba con caerse al primer ventarrón. Jesús tomó a Marcia de la mano como acostumbraba. A recibirlos salió una joven de piel trigueña de la edad más o menos de Marcia. La visitante se sorprendió ante la llegada del galán que al parecer no estaba en los planes de ella. La muchacha hizo un ademán como para desprenderse del amigo; pero el atleta tenía mucha fuerza en su agarre y no salió bien el gesto.

- ¡Caramba!, exclamó Marcia tratando de salvar lo insalvable; mire usted quien anda por aquí. ¿Qué vientos te han traído muchacha? - Mira Jesús, continuó, ésta es Susana, mi cuñada, hermana de Héctor.

- Encantado compañera, dijo el atleta soltando la mano de su prisionera.

- Mucho gusto, compañero, repuso en tono jovial la recién llegada.

La situación no era nada cómoda para nadie. Tanto Marcia como Jesús presintieron que nada bueno podría salir de aquella sorpresa recibida por la cuñada de la arquitecta, sobre todo si no estaba informada de los acontecimientos. El hombre pensó, con buen juicio, que lo mejor era dejar a las mujeres solas y que arreglaran su enredo si es que lo podían hacer. Se marchó con una excusa cualquiera no sin antes dejar aclarada la jornada del próximo día:

- ¿Me llamas mañana o te recojo temprano?

- Yo te llamo, fue la respuesta de ella.

El hombre salió lentamente como si esperara algo de a última hora; pero al no notar nada nuevo, aceleró y se alejó rumbo a su casa. Por el camino se puso a recorrer y evaluar los acontecimientos del día y no tuvo más remedio que reírse de sí mismo. He aquí a un hombre a quien se le dan las mujeres con la facilidad de un chiste. Andando arriba y abajo con una mujer preciosa que le gusta como nadie en el mundo puede sospechar. La lleva, la trae, la divorcia; la lleva a comer; la toma de la mano y la puede llevar a la cama si así lo exigiera él y sin embargo; por ese concepto de la fidelidad, de la amistad, del decoro del no sé qué, va haciendo el papel de un chaperón, de un padre bueno, de un cura católico o un ministro protestante, sin atreverse a rozarla con su cuerpo, como para no lastimarla. " El cielo tiene que juzgar todo esto y reservarme un lugar decente por allá arriba, se dijo.

- Oye mi amor, dijo Marcia a Susana una vez el deportista se había marchado; me imagino la sorpresa que te has llevado al verme llegar con ese hombre de la mano.

- No mi vida, contestó la cuñada. A Rey muerto Rey puesto. En esta vida no se puede andar con tantos remilgos. Si mi hermano se fue y te dejó embarcada, yo no veo porqué tengas tú que estar guardándole luto por tantos años. Además, mi amor no creo que salgas mal en el cambio. Si a mí me dieran a escoger, me quedaba con el tal Jesús ese.

- Lo que pasa, dijo la arquitecta, es que tú no sabes que todo esto es obra de tu hermanito. Este señor es la persona que me va a sacar a mí y a Héctor Augusto y nos va a llevar para reunimos con el padre de mi hijo.

La arquitecta contó con lujos de detalles todo el plan y las actuaciones tanto de ella como del deportista para llevar a vías de hecho los sueños ansiados del hermano, de reunirse con su adorada familia. Si la cuñada quedó satisfecha o no, no se lo hizo saber a la joven de los ojos del color de la esmeralda.

Cuando Jesús llegó a su casa, tenía una carta que el cartero le había tirado por debajo de la puerta. Era de Héctor, el amigo entrañable; el hijo estudiando en el Norte; el que lo tenía embarcado en este negocio tan ridículo y tan incierto. Incierto sí; porque según las estadísticas; casi el 50 por ciento de los matrimonios jóvenes hoy en día, se divorcian antes de cumplir los 5 años. - Esto quiere decir, pensó, que a lo mejor yo le estoy reservando este regalo del cielo a mi amigo; por lealtad, por honradez y por lo que sea, y cuando lleguemos allá, se divorcian al poco tiempo y viene otro que no ha puesto nada en este asunto y se queda con ella. Por otro lado, estaba la palabra empeñada, la promesa, el honor. Al diablo con los pensamientos. Nadie me mandó a meterme en esto. Ahora a lo hecho, pecho.

Leyó la carta del amigo. Siempre lo mismo. Mucho trabajo; mucho progreso, mucha mejoría. Mucha exigencia. Que no recibía carta de ustedes, que no se acuerdan de uno que está solo por acá. Que si no te estás ocupando de mi pobre mujer y de mi hijo; que si no la visitas lo suficiente. - Si supieras amigo mío, que la estoy visitando más de la cuenta y que estas visitas me están haciendo tanto daño, que un día me voy a tener que perder, para no caer en tentación. ¿Qué estoy pensando Dios mío? Tanto que he criticado estas infamias y ahora me voy a ver enredado en una. ¡Jamás!-

Le contestó la carta al amigo. Le prometió cumplir todas las instrucciones. Le comunicó que ya no tenía mujer; sino una prometida que iría a su encuentro, para casarse con él después de divorciarse de mí. -Divorciarse de mí. ¡Válgame Dios, si todavía me falta casarme con Marcia!

La llamada de la muchacha lo sorprendió en la cama. Ese día él no tenía clases, por lo que se había acostado tarde la noche anterior. Hoy tenía que empezar a encaminar los papeles de la Oficina de Intereses para sacar su ciudadanía y al mismo tiempo comenzar los trámites para su futuro matrimonio. Todo esto le parecía una película donde él y Marcia eran unos actores que practicaban su papel todos los días. Al parecer ya se lo sabían de memoria.

- Oigo...

- ¿Jesús, eres tú?..

- Si mi amor...

- ¿Y ese mi amor, de donde viene?..

- ¿Cómo?... ¿Y cómo quieres que te trate?..

- A mi no me importa lo que tú pienses; pero no permito esa confianza

- ¿Vas a empezar con lo mismo?..

- Yo no sé; pero si tu te piensas aprovechar..

- ¿Aprové.. qué? ¿Aprovechado? Mire compañera: me parece que entre otras cosas usted es un poquito engreída y otro poquito malcriada. Yo no estoy interesado en usted para nada. A mí usted no me interesa en lo absoluto. A mí se me sobran las oportunidades en la vida. Yo no tengo porqué estarle robando cariñitos a nadie, mucho menos a una mujer que tiene su marido. Comprenda de una vez, que lo que estoy haciendo es un verdadero sacrificio por un amigo y pare de contar.

Colgó el teléfono con furia. - Esta Marcia se estaba pasando de lista y se iba a enterar quién es Jesús del Prado. Si todos los días iba a venir con un nuevo remilgo y una nueva restricción para probar hasta donde puede tenerme babeando mientras le resuelvo el problema a ella y a su marido, ella se va a enterar que a mí se me sobran las mujeres y que no me preocupa en lo absoluto su mano ni su cuerpo ni sus ojos. Sus ojos de tigre.

Salió rumbo al carro como una tromba marina. Había olvidado las llaves. Tuvo que regresarse. Cuando entró a la casa el teléfono estaba sonando. Corrió hacia él. Lo iba a levantar.

- ¿Qué diablos me está pasando?.. Se dijo a sí mismo. ¿Acaso soy un hombre o una cucaracha?

Volvió hacia el carro como si algo lo espantara de su propia casa. El teléfono seguía sonando y arrancó aterrado de su timbrar. No quería escucharlo; no podía estar cerca de él. El demonio se estaba adueñando de aquel hombre tan equilibrado y seguro de sí mismo.

No sabía hacia donde ir. Simplemente condujo por donde primero se le ocurrió. Se fue a Guanabo, una playa más adelante en la misma costa, donde conocía a varios atletas de su época y algunas compañeras de andanzas. Muchachas jóvenes y de libre pensar, que practicaban deportes y otras cosas más y tenían buena posición dentro del Gobierno. Con algunas de ellas estuvo todo el día. Por la noche invitó a una, joven, rubia, hermosa y de buena educación, para que lo acompañara por unos días y lo ayudara a acondicionar su casa que estaba tan sola y destartalada. La muchacha aceptó. Siempre aceptaban. Entre la gente que vive bien y que lleva una vida independiente, no se sacan muchas cuentas de si éste está casado o si es divorciado etc. etc. Casi ninguna de ellas necesitaba un matrimonio. Más bien lo evitaban. Lo importante era vivir el día de hoy y mañana ya veremos. Por otro lado, todas eran personas educadas y de desenvolvimiento político. Se movían en las esferas del Gobierno, o los deportes, la cultura o donde fuera; pero con una vida independiente y un concepto de la libertad muy difícil de entender.

Así las cosas, pasaron unos tres días sin saber de Marcia ya que le había pedido a su acompañante que no contestara el teléfono para evitar que lo mandaran a trabajar en unos eventos deportivos que se celebrarían no se sabe dónde y él no quería embarcarse en ellos.

Aquel Sábado por la mañana, Marcia no quiso llamar por teléfono. Ella lo iba a sorprender en su propia casa y no le iba a dejar excusa para no contestar sus llamadas. Se acicaló y perfumó, con unos cosméticos que le había regalado el propio Jesús y se dispuso a estrujarse en aquellas latas de sardina que partían para las Playas del Este. Salió bien temprano para que la muchedumbre no la fuera a atropellar y tomó un buen lugar en la cola. Cuando le tocó su turno, tuvo la suerte de encontrarse con un matrimonio que llevaba dos niños pequeños y le cedieron el asiento del marido a cambio de que ella le cargara uno de los bebés.

Al pasar el túnel, la guagua comenzó a calentarse. Los pasajeros, que eran más de cien no resistían aquel volcán que amenazaba con convertirse en un crematorio. El chofer alineó el ómnibus a la orilla de la carretera y con toda tranquilidad les dijo a sus ilustres pasajeros.

- Hay que transbordar; así que vayan pasando a recoger su papelito y párense en fila a esperar las próximas guaguas que pasen a ver cómo se pueden acomodar.

Para Marcia, como para el resto de los pasajeros, aquello era lluvia sobre lo mojado. Todas las guaguas que salían del punto de partida en la Habana Vieja, iban tan llenas que no les cabía un alfiler. Ahora tenían que apretarse y fundirse uno con otro si no querían quedarse allí todo el resto del día. Para los choferes, aquello era tan rutinario, que hasta se alegraban, ya que su sueldo, que no les alcanzaba para nada, debido a la bolsa negra, seguía corriendo mientras la guagua estuviera fuera de servicio. Muchos choferes mal intencionados (o inteligentes) sacaban su guagua de servicio por cualquier excusa y así seguían ganando su sueldo mientras el pueblo seguía sufriendo. De esta manera, podían dedicar un tiempito a buscar algunos abastecimientos para sus depauperadas despensas que cada vez tenían menos posibilidades de llenarse.

Después de ver pasar varias guaguas, en las cuales se pudieron apretujar unos diez o quince pasajeros extras, le tocó el turno a la desesperada arquitecta, que no veía la manera de volar hacia Jesús y acabar con aquella separación que la estaba devorando.

Cuando se desmontó de la guagua, se estiró la ropa y se dirigió a la casa del atleta, como quien va a una cita con un enamorado a quien no le quiere dar el sí; pero no desea que él se disguste. Aquella situación tan extraña, no la había experimentado la muchacha ni aún cuando se veía con su novio en la Universidad. Aquello había sido demasiado fácil, demasiado formal. Ella no comprendía lo que le estaba pasando y en realidad se sentía disgustada con sigo misma. En definitiva, si venía era porque quería reunirse con su esposo y la única manera de hacerlo, era a través dé este amigo. Por lo demás "que se olvide de los peces de colores". Era cierto que ella nunca tuvo que salir a buscar a Héctor; pero las circunstancias eran distintas. Ella conoció a su marido siendo ambos estudiantes y todo se había desarrollado tan normal y suave, que nunca hubo necesidad de estarse persiguiendo ni llamando tantas veces por teléfono. Ahora este Jesús se estaba haciendo de rogar por ella. ¿Qué se imaginaba este deportista? - ¡No te equivoques Jesús, que tú no sabes con quién te estás metiendo!.

Al llegar a la casa, dueña de sí, se dirigió a la puerta para oprimir el botón del timbre; pero alguien que estaba trajinando en un jardincito lateral de la misma, salió y vino a atenderla.

- Hola, dijo la voz de una joven rubia, hermosa y bien arregladita, que lucía un short muy cortico con una blusa casi transparente y cortica por encima del ombligo. Tanto el rostro de la recién llegada, como su cuerpo, irradiaban juventud y bienestar; confianza y seguridad. La impresión primera que se recibía al contemplar a aquella criatura encantadora, era que se trataba de una esgrimista, jugadora de tenis o estudiante de medicina de las películas norteamericanas.

Marcia recibió un corrientazo de alta tensión. Contempló boquiabierta a la linda jovencita, más joven que ella aparentemente, y quizás si más bonita, quien se acercaba sonriente y confiada a atenderla, como si llevara años viviendo en aquella casa. Por un momento trató de mirar en derredor suyo para comprobar si se había equivocado de casa. No necesitaba hacerlo; ella conocía demasiado bien donde estaba. Estaba clavada en el piso y apenas si podía articular palabras.

- ¿Puedo ayudarla en algo? preguntó la rubia con cara de estudiante con un gesto verdaderamente inofensivo.

- Me habían dicho que por aquí había una señora que cuida niños; pero parece que me he equivocado, atinó a balbucear la mujer reprimiendo un raudal de improperios que pugnaban por brotarle del cerebro; pero que no se atrevían a brotar de sus labios.

- Si quiere le llamo al dueño que vive aquí hace más tiempo que yo, continuó la encantadora niña.

- No, no se moleste; mejor me voy antes que la guagua regrese y tenga que esperar demasiado tiempo.

Arrancó como alma que lleva el diablo. Sus mejillas estaban encendidas; le ardían; le quemaban. Tanta humillación no había recibido ella ni el día del fracaso de su marido en el restaurante para extranjeros. ¿Quién sería aquella entrometida?.. ¿Puedo ayudarla en algo?. Debía estar estudiando a estas horas. Y él. ¿Donde estaría metido el santurrón; el amigo que no rompe un plato; el respetuoso que se sacrifica para ayudar a un hermano? ¿Es que todos los hombres son iguales? ¿Acaso no se podrá confiar en uno solo de ellos?

No cabía dentro de sí. Sus ojos de tigresa estaban tan encendidos, que si hubiera sido de noche, no habría necesitado linterna. Caminó sin rumbo fijo. Tenía que componerse antes de decidir sus próximos pasos. No podía regresar a la Habana sin verlo, sin insultarlo, sin herirlo. Algo tenía ella que hacer para hacerle saber que la había lastimado intencionalmente y que ella no se iba a dejar ultrajar como un trapo de cocina. Efectivamente ella no estaba interesada en él para nada; pero él tenía que saber que ella era una mujer decente y tenía que respetarla. ¿A que viene eso de meter a una intrusa en su casa cuando él sabía que ella vendría a visitarlo?. ¿Es que ahora se iba a poner con esas muchachadas para ver la reacción de ella? ¿Acaso se creía el engreído éste que ella estuviera interesada en él? ¡Qué equivocado estaba!

Miró hacia atrás. Contempló los edificios; volvió a mirar hada la casa para ver si él salía. No localizó nada. Se paró en la acera por si venía la guagua. Decidió que no se iría sin verlo, por lo que comenzó a darse paseítos por la acera. Estaba poseída; necesitaba desahogarse. Tendría que preparar un discurso para en caso de encontrarse con él. Así no podría enfrentarlo. El la derrotaría como siempre. El saldría ganando. Ella se tendría que rendir como en otras ocasiones. ¿Qué diablos me está pasando?

Cuando la guagua se aproximaba a la parada, todavía no se había decidido a regresar a la Habana. Esa presa no la iba a soltar ella tan fácilmente. Si él era perseverante y dominador; si él tenía una filosofía que todo lo resuelve, ella le iba a probar que con Marcia Cifuentes no se juega.

Cuando dieron las once y media de la mañana, ya el sol estaba tan alto que la bella muchacha se estaba derritiendo. Las gotas de sudor le corrían por sus mejillas confundiéndose con unos lagrimones que comenzaron a brotarle de pura derrota y humillación. Todo su maquillaje se vino al piso; todo su perfume se confundía con los vapores de la sudoración. Todo su orgullo era un trapo de cocina sucio.

Decidió regresar. La guagua venía. No podía dejarla pasar. A las doce empezaría la gente a regresar de la playa y no iba a ser posible subirse en una a esa hora. Se mordió los labios. Se subió en la guagua. La vieron llorando. Alguien le ofreció el asiento. Lo rechazó No quería que le tomaran lástima; en fin de cuenta todo se lo había buscado ella misma. Jesús había ganado esta otra partida. ¿Cuándo acabará de comprender que soy una anormal?

Por varios días lo esperó; pero él no venía. Al principio quería que viniera para insultarlo. A los cuatro días deseaba verlo para parlamentar. Al final de la semana ansiaba verlo para pedirle perdón. Estaba ansiosa de verlo, de hablarle, de rendirse, de pedirle perdón por su estupidez; pero era inútil. Una mañana de la próxima semana, era un Lunes, se decidió a humillarse una vez más. Se arrastraría a sus pies y no le reprocharía ni una mínima palabra de las que él dijera. Haría lo que él quisiera; se tiraría en un pozo si se lo pidiera; comería yerba, barrería el piso, lo que él dijera; lo que él pidiera... Lo que él deseara.

Salió de madrugada para tomar una de las primeras guaguas. Llegó a la parada, la guagua llegó a tiempo. Subió decidida. Hizo la combinación con la ruta de la playa. Esta vez todo iba a salir bien. El recorrido fue rápido. Llegó antes de las siete de la mañana a la casa de la playa. Cuando se tiró a tierra, salió corriendo hacia la casa. No quería perder un segundo. No le importaba que la rubia le saliera. Ella iba a luchar por su existencia y ninguna rubita escolar la iba a sacar de competencia. Si se la encontraba allí, le exigiría que lo llamara y discutiría con él toda su agenda. Llegó a la casa. Oprimió el timbre. Nadie respondía. Volvió a oprimirlo; el timbre se escuchaba sonando en el interior de la casa. Nada. Salió hacia afuera y buscó afanosa el carrito. No estaba. Estúpida.. Era lo primero que debiste mirar.. ¿Porqué no llamaste por teléfono primero?. ¿Porqué eres cada vez más anormal?

Héctor estaba tan entusiasmado con la construcción de su casa, que apenas si le quedaba tiempo para más nada. Al principio estuvo desesperado por varios meses; pero después se convenció que con el correo de su patria no se puede. Unas cartas se pierden, otras no llegan y las que llegan van abiertas y censuradas. Si mandaba medicinas para el niño, le robaban la mayoría. Si mandaba un paquete, le cobraban diez veces el precio del contenido y corría el riesgo de que no llegara. Su pueblo estaba condenado a sufrir una situación sin solución. Al menos por el momento. Había que desistir y dejar que las cosas marcharan a la buena de Dios. El estaba bien informado de los trámites de su esposa y su amigo en Cuba y tenía tanta confianza en ambos, que casi les había dejado todo el peso del trabajo, que en definitiva tenían que ser ellos quienes lo realizaran. Había logrado convencer a su amigo de que recibiera llamadas por teléfono desde Estados Unidos, a lo cual al principio Jesús se había negado porque le perjudicaba; pero como que ahora aquel estaba en los trámites para abandonar el país, o por lo menos eso creía él, que ya le daba lo mismo. Al entrar a su casa, encontró una carta en el pequeño buzón; al leer el remitente, sintió una alegría distinta a la que sentía cuando recibía otras cartas. Rasgó el sobre y comenzó a leer:

Querido hermano, rezaba la carta. Mucho me alegraría que al recibo de estas líneas te encuentres bien. Por acá la miseria se ha enseñoreado de tal manera, que ya no sabemos si somos unos parias o unos miserables; pero la diferencia debe ser poca, porque a veces nos sentimos una cosa y otras veces creemos que somos lo otro. Acabo de regresar de la Habana donde fui a tomar unos seminarios sobre unos programas de computación que no sé para qué lo piensan utilizar, a no ser que sea para contar los muertos de hambre por las calles o las gentes desnutridas que hacen colas sin saber lo que van a vender o si en definitiva van a vender algo.

Visité a tu esposa; pero como que yo no digo mentiras ni callo verdades, puedo decirte que la encontré muy entusiasmada con los preparativos para el viaje; lo único que me pareció que para engañar a las autoridades, no hace falta estar pegados el uno al otro todo el tiempo y andar agarrados de las manos como la vi con el "sacrificado amigo" que la piensa sacar de Cuba. No quiero meterte en la cabeza ideas extrañas; pero yo soy mujer y sé cuando las manos se agarran para aparentar y cuando se agarran para no soltar. Creo que tu plan ha sido un regalo para el profesor de natación. No sé cómo se te ocurre entregar a tu mujer con papeles y todo a un solterón y "vivebién" con una tremenda casa solitaria en la playa. Si estoy levantando una calumnia, que Dios me perdone; pero creo que el precio que quieres pagar por tener a tu mujer y tu hijo contigo, es muy alto.

Esa noche, el Ingeniero había solicitado una llamada para que se la pusieran a la hora que pudieran, es decir, a cualquier hora y le había avisado * a su amigo con más de un mes de antelación, para que le avisara a su mujer, de manera tal de poder hablar con ambos. El muchacho esperaba ansioso que le comunicaran con Cuba desde su apartamento. La carta de su hermana le había metido fuego en las venas y una tormenta en todo su cerebro. No sabía si maldecir a su mujer por lo que le habían dicho, o maldecirse él por haberla metido en esto. Si le mencionaba la carta a Marcia en la conversación de esta noche, era para que todo se rompiera y renunciar definitivamente a la reunión familiar. Si por el contrario se la callaba, seguiría la comedia para ver qué decía ésta y cuando estuvieran juntos aclarar las cosas. A los padecimientos del ingeniero, en medio de su soledad y acoso; en medio de sus horas extras trabajadas, su fidelidad a su esposa y su constante pensar en su mujer y su hijo, se unía ahora un celo torturante que no sabía si tomarla con Jesús, con Marcia o con Susana.

Lo de las manos cogidas; él lo sabía. Jesús se lo había mandado a decir en una carta; pero el deportista le mencionaba unos gestos inofensivos para aparentar que él y Marcia sostenían unas relaciones como para justificar un futuro matrimonio etc. etc. Ahora su hermana mencionaba miradas y apretones. ¿Sería verdad? ¡Cuanta infamia!. Tenía que apartar esas ideas de su mente o de lo contrario se podía volver loco. Aquello tenía que ser una imaginación de su hermana. Jesús y Marcia no le podían hacer esto a él. Aunque fuera verdad, él no tenía la manera de comprobarlo ahora. Si se ponía con celos a noventa millas de distancia y con un océano por medio, lo que podría lograr sería desbaratarlo todo.

Jesús, se había comprometido con su amigo a traer a su esposa a su casa cuando él los llamara para que ésta hablara con él, ya que la pobre criatura no tiene teléfono y además en la casa donde lo tienen son unos comunistas comecandela que no le iban a permitir hablar con un traidor a la patria, gusano, vende patria etc. El deportista había recibido la carta hacía tres o cuatro días; pero estaba tan disgustado con la muchacha por las ridiculeces de ésta en el cumplimiento del papel que ambos debían representar para cumplir la misión encomendada por su amigo, que le había llegado el día de la llamada y no le había ido a decir nada. Esta noche sería la esperada llamada y el noble Jesús se dispuso a ir a casa de la muchacha a recogerla; pero sin muchas explicaciones y sin muchos requisitos. Ya él se estaba cansando de tanto pudor y tanto recato. Llegaría y le diría de lo que se trataba. Si aceptaba bien; si no, le daba lo mismo.

FIN DEL CAPITULO XVI

Capítulo I: Abundancia de Amor
Capítulo II: Escasez de Medios
Capítulo III: Bodas de profesionales
Capítulo IV: Buscando un techo
Capítulo V: Ni casa, ni esperanzas
Capitulo VI: Hotel de cinco estrellas
Capítulo VII: La llegada de Héctor Augusto
Capítulo VIII:¿Dónde metemos al niño?
Capítulo IX: La universidad de la calle...
Capítulo X: Proyecto de un largo viaje
Capitulo XI: Traidor, ¿A quien y por qué?
Capítulo XII:Seguridad, ¡Qué incertidumbre!
Capítulo XIII: Aprendiendo a mentir
Capítulo XIV: Más deserciones
Capítulo XV: A divorciarse del traidor

Capítulo XVII: Peligrosa Reconciliación
Capítulo XVIII: Bodas de Mentira
Capítulo XIX: ¡Qué Cara es la Libertad!
Capítulo XX: Consumatum est

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