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Revista DESAFIOS
Año 1482
Mayo-Junio /2008

Consejo Unitario de Trabajadores Cubanos (CUTC)

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El Amor en los Tiempos de Castro

Capítulo XIII: Aprendiendo a mentir

Por Florencio E. Eiranova-Cuza
Delegación Puerto Rico - S.T.C

  El Castrismo al desnudo. Un cubano que vivió la pesadilla, narra su odisea

Cuando Marcia salió de aquella Odisea, su vida se había transformado sin ella misma saberlo. Todo el romance se le había esfumado. Su sensibilidad se había extinguido y no le quedaba nada de entusiasmo por la vida. Decidió no contarle a Jesús lo que le había pasado. En caso de que el hombre hubiese sido el promotor de la denuncia, seguramente lo hacía para poderla ayudar. El era más inteligente y habilidoso que ella. ¿Porqué desconfiar ahora que lo iba a necesitar tanto? No le diría a nadie lo del interrogatorio. Guardaría aquellos momentos horribles para ella sola. Si alguien lo sabía, esto le perjudicaría en su desenvolvimiento futuro. Si le preguntaban, diría que estuvo enferma o que salió al interior a pasarse tres días y a ver si sabía del paradero de su esposo. Si quería jugar su papel de doble estándar, iba a necesitar mucho cinismo y mucho teatro. El momento era bueno para comenzar a fingir. Cuando llegó a su casa, estrujada, sucia, con olores a sudores viejos y habiendo perdido más de siete libras, su madre no cabía del asombro y la curiosidad.

- ¿Qué te ha pasado mi hijita?...preguntó llena de angustia la madre que nunca había visto a su reina de belleza tan maltrecha y destruida.

- ¿Cómo que qué me ha pasado? preguntó con fingida sorpresa la nueva arquitecta. ¿Yo no te había dicho de la movilización?

- No mi hijita, contestó la madre respirando aliviada. ¿De qué movilización me estás hablando?

- Ay mami, repuso la entrenada artista, una movilización para diseñar y trazar sobre e1 terreno unos refugios para proteger á la población en caso de una invasión de los imperialistas.

- ¿Y dónde fue eso, mi niña? preguntó con poco disimulado orgullo la presidenta del Comité de Defensa de la Revolución.

-Bueno, mamí, continuó la nueva "comecandela", ya te dije el milagro, ahora no esperes que te diga el santo. Estas cosas son secretas y tu eres la primera que debieras comprenderlo.

La madre no podía haber recibido mejor noticia en los últimos años de su vida. El orgullo y la vanidad la embargaron, de tal manera; que de momento vio a su hija más bella, más esbelta y sobre todo, que estaba adquiriendo la madurez que todo revolucionario necesita para su futura aspiración a ingresar en las "gloriosas filas del Partido"

La vida en el país del Norte, exige de los individuos un nivel social a lo cual nuestro joven profesional no estaba acostumbrado; pero se tuvo que acostumbrar. El ingeniero tuvo que comprarse un carro, ropas, aprender a manejar; alquilar un apartamento para vivir independiente, pues la tía lo había ayudado a comenzar; pero no podía mantenerlo por toda la vida. Así las cosas, cada vez se hacía más necesaria la presencia de su joven esposa al lado de su compañero; pero las leyes de inmigración de los Estados Unidos, no son cosa que se hagan para que cada cual las adapte a su gusto. La condición de refugiado, no le permitía reclamar a su esposa y a su hijo. Había que esperar un tiempo prudencial para solicitar la residencia y ver si como residente le permitían traer a su familia. De no ser así, tendría que esperar a ser ciudadano norteamericano para lograr su sueño; pero eso era demasiado esperar.

Le escribió a su amigo Jesús contándole sus adelantos. Le mandó mensajes a su esposa con él, para obligarlo a que la fuera a ver. Le reprochó que hubiese abandonado a su familia en su ausencia y le pidió encarecidamente que no dejara de ver a Marcia y le contestara urgentemente contándole de su estado de ánimo etc. etc.

Jesús fue a visitar a Marcia una noche. La muchacha no se encontraba en su casa. Al deportista le sorprendió sobremanera que la joven no estuviera en casa a esa hora y le preguntó a la madre.

- Perdone, compañera; pero vine a ver a Marcia y me extraña que no se encuentre. ¿Usted sabe si le ha pasado algo?

- Marcia lleva dos noches haciendo la cola para unas ropitas de niño que van a llegar a la tienda y como que al pobrecito no le sirve nada de lo que se pone por haber crecido y engordado tan rápido, apenas si tiene nada que ponerse; la madre va a ver qué le consigue, fue la respuesta de la anciana sin mucha ceremonia.

La situación de aquella familia, era como para admirarse. La miseria las azotaba por los cuatro puntos cardinales; pero como que la madre de la muchacha era la presidenta del Comité de Defensa de la Revolución, cargo honorario que no proporcionaba ni un fósforo a quien lo ostentara honradamente, todos en la casa se creían obligados a mantener el estoicismo y la frugalidad hasta los extremos planteados por la dirigencia del país en sus discursos y arengas. Allí nadie tenía ni pensión, ni carrera, ni oficio. Cada cual vivía de lo que podía conseguir, haciendo una costurita, un florero o lavando alguna ropita paga, lo cual las mantenía al borde de la indigencia los 365 días del año.

Todo esto, contrastaba con los ideales Revolucionarios y fidelidad al régimen, que por amor al arte profesaban sin que se supiera las causas iniciales de tal militancia. Parece ser, que en el proceso de organizar la sociedad para la vigilancia y salvaguarda de la Revolución, Pepa se había destacado en su cuadra y al recibir el alto honor de ser "elegida" presidenta del C.D.R., se creyó en posesión de un título nobiliario, lo que la eximía de hacer ninguna gestión en favor de los alimentos y vestidos del resto de la familia. Para ella la pobreza era algo así como parte de su apellido, por lo que no se molestaba por cualquier carencia ni por las arbitrariedades de las que era objeto en la bodega, carnicería o en cualquiera de las tiendas donde le correspondía comprar. Todo en el país tenía su justificación. Todo tenía una explicación "dialéctica" y aunque la dama desconociera en lo absoluto el significado de la palabra, se guardaba celosa de mostrar ni disgusto, ni recelo, ni frustración con los descalabros económicos, que cobraban una cuota generosa de su salud y la de los suyos.

A partir de la "maduración" que había tenido lugar en el carácter de su hija, después del "trabajo voluntario secreto" que con tanto celo había ejecutado la arquitecta, la madre de Marcia contemplaba la vida con mucha más energía y disposición. La pobre anciana le atribuía alguna responsabilidad de aquellos cambios en su hija, a la relación de amistad con aquel "dirigente" tan buen mozo que siempre la visitaba y que tan buenos consejos le proporcionaba. El hecho de que Jesús del Prado poseyera un carrito de la marca Lada, era una especie de salvoconducto a los más altos niveles de la Revolución y nadie en el país se cuestionaba la procedencia ni la manera de mantenerlo. Quien tuviera un Lada en Cuba, tenía que ser un "Pincho, o un Gancho" lo que le abría las puertas de los corazones de todos los adulones y serviles, que aunque nada recibieran por su servilismo, al menos disfrutaban de la sombra que mentalmente los cobijaba. Era como el caso del esclavo que sentía tremendo orgullo y satisfacción cuando el amo le compraba unas cadenas nuevas y más brillosas.

- Traje unas cositas para el niño, dijo Jesús en un gesto tierno y sin presunciones, cuando tres días más tarde pudo ver a la muchacha, que por cierto no había conseguido nada en sus colas kilométricas de las noches anteriores, si es que en realidad estaba en una cola.

- El niño no necesita de nada. Jesús, comenzó Marcia displicente.

- Cualquiera que te oye, piensa que es una limosna lo que le estoy trayendo. No te olvides Marcia, que soy el padrino del niño, ripostó Jesús algo molesto.

- No quise decir tanto, compadre, continuó la mujer; solamente quise decir que el niño tiene una madre que se ocupa de cubrirle sus necesidades.

- Yo creo que a ti van a tener que juzgarte por lo que haces y no por lo que dices, ripostó Jesús y continuó: tienes una daga preparada para cada vez que abres la boca.

- Perdóneme compañero, fue la salida de la joven madre.

- Te ves mejor, Marcia. dijo el profesor de natación como para cambiar el rumbo y buscar más armonía. La última vez que hablamos parecías un cadáver. Me dio miedo de veras. Ahora por lo menos has recuperado los colores.

- ¿Qué remedio no me queda? Con la carga que tengo hay que hacer como el dicho: A mal tiempo, buena cara. ¿Y qué te trae por aquí?.

- Bueno chica, yo en realidad no he renunciado a la amistad tuya ni la de tu marido. El me sigue escribiendo y me encarga de que no deje de pasar por aquí. Yo no quiero causarte molestias; pero en realidad me resulta agradable conversar con las personas que aprecio. ¿Hace mucho que no recibes carta de él?

- Nosotros seguimos escribiéndonos regularmente; pero tú sabes que el correo es una verdadera desgracia y a veces las cartas no llegan. Otras veces llegan abiertas y nunca se sabe qué es lo que pasa con ellas. Ahora mismo hace más de un mes que no sé de él.

- Pues yo recibí una carta de él ayer y vine para que la leas.

Le entregó la carta a la muchacha, quien la tomo con ansiedad y la leyó.

Mientras ella leía la carta, el amigo contemplaba como el rostro de la linda mujer iba adoptando un gesto de desencanto o quizás resignación. Mientras ella doblaba la hoja. Jesús no pudo menos que contemplar aquel cuerpo que cada vez se le hacía más provocador aunque él tratara de apartarlo de su mente.

- Esa es la situación, dijo la solitaria esposa. Esperar y esperar. No queda otro remedio. Yo no quiero perder la fe; pero a veces pienso que pasan los meses y pasarán los años y seguimos en las mismas.

- Marcia, ustedes son jóvenes todavía; pueden esperar unos añitos y alcanzar la felicidad. Tú apenas si tienes treinta años; Héctor tiene treinta y uno. La vida les ofrece a ustedes todo un porvenir.

- Tú hablas como si fueras un viejo dando consejos a los muchachos.

- Lo que pasa es que para los deportistas, la vida empieza demasiado temprano. Yo tengo 32 años y ya estoy retirado. Imagínate que yo comencé en el deporte a los 8 años. Hace veinticuatro años que estoy trabajando y entrenando. Ya me siento un viejo, de veras.

- Pues no lo pareces.

- Gracias por el piropo. ¿Tienes algo que mandarle a decir a Héctor?

- Bueno, dile que se acuerde de su hijo, ya que no se puede acordar de su mujer. A lo mejor anda con otra y yo no lo sé.

Se despidieron con un apretón de manos. Esta vez no hubo lágrimas y Jesús se sintió aliviado. Su cargo de conciencia se había disipado.

Héctor seguía progresando y necesitaba cada vez más a su esposa y a su hijo. Ya llevaba un año en el Norte y no veía la manera de acortar la distancia entre él y su familia. Por las cartas de su amigo, sabía que éste estaba teniendo algunas dificultades en su situación personal. Los recortes en el suministro de gasolina; las dificultades en los viajes a las delegaciones deportivas y sobre todo los cambios que tenían lugar en la política del Campo Socialista, le creaban al amigo una situación de estrechez a la cual aquel no estaba acostumbrado y al parecer comenzaba a molestarse. El joven Ingeniero, quien ya había despertado lo suficiente como para vislumbrar un agujero por donde colarse, comenzó a acariciar una idea al principio peregrina, pero que con el decursar de los días se le fue aclarando y fijando más en su mente. Si su hermano, su amigo entrañable, llegara a molestarse tanto con la situación en el país, pudiera darse el caso de que decidiera cruzar el charco. Si él ludiera influir en algo a esa decisión, no estaría descartada la posibilidad, de que su amigo, como ciudadano norteamericano, le pudiese sacar a su mujer y a su hijo en menos de lo que canta un gallo. Esto pudiera parecer algo novelesco; pero el hecho de haberse tirado a nadar hacia una base norteamericana y luego haber sido trasladado hacia Estados Unidos, también hubiese parecido de novela antes de intentarlo. Ahora todo parecía más real y los próximos pasos había que comenzarlos con la misma fantasía. ¿Qué se pierde con intentarlo?

Comenzó su tarea con un bombardeo de postales a su queridísimo amigo, en las cuales no sólo le mostraba las maravillas del país que lo había visto nacer; sino que también le exponía con lujo de detalles, todo el progreso que tenía lugar en la poderosa nación norteña. Le conminaba a que le contara cómo iban sus cosas y que confiara más en él, su amigo de siempre para cualquier cosa que se le ocurriese. Mencionaba el joven ingeniero su lealtad en las buenas y en las malas y le incitaba a que le pidiera con sinceridad cualquier cosa que necesitara, además de recordarle que él no olvidaba los grandes favores recibidos de su amigo y su disposición a reciprocarlos en el momento en que éste lo solicitara. Paralelamente, escribía a su esposa, pidiéndole que no se alejara de su amigo, para quien siempre tenía los mejores recuerdos y de quien siempre se podía esperar una gesto generoso y leal.

Las cartas iban y venían con insinuaciones a la deserción del deportista y la búsqueda del acercamiento del amigo con la esposa, quien ahora más que nunca necesitaba de las sabias orientaciones de un experimentado compañero. El Profesor de Natación seguía fiel a su amistad y no dejaba de llevar las cartas a su amiga y traer de regreso alguna que otra respuesta para el esposo ausente.

FIN DEL CAPITULO XIII

Capítulo I: Abundancia de Amor
Capítulo II: Escasez de Medios
Capítulo III: Bodas de profesionales
Capítulo IV: Buscando un techo
Capítulo V: Ni casa, ni esperanzas
Capitulo VI: Hotel de cinco estrellas
Capítulo VII: La llegada de Héctor Augusto
Capítulo VIII:¿Dónde metemos al niño?
Capítulo IX: La universidad de la calle...
Capítulo X: Proyecto de un largo viaje
Capitulo XI: Traidor, ¿A quien y por qué?
Capítulo XII:Seguridad, ¡Qué incertidumbre!

Capítulo XIV: Más deserciones
Capítulo XV: A divorciarse del traidor
Capítulo XVI: La manzana de la discordia
Capítulo XVII: Peligrosa Reconciliación
Capítulo XVIII: Bodas de Mentira
Capítulo XIX: ¡Qué Cara es la Libertad!
Capítulo XX: Consumatum est

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