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El
Amor en los Tiempos de Castro
Capítulo
XII: Seguridad, ¡Qué incertidumbre!
Por
Florencio E. Eiranova-Cuza
Delegación Puerto Rico - S.T.C
El Castrismo
al desnudo.
Un cubano que vivió la pesadilla, narra su odisea
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Una tarde después de almuerzo, la
arquitecta recibió una visita en su trabajo. El individuo era un joven
muy bien presentado; alto, delgado, bien vestido con guayabera blanca de
hilo y pantalones de calidad. Sus zapatos brillaban y toda su personalidad
mostraba que estaba muy bien abastecido.
- ¿Usted es la señora Marcia Cifuentes,
compañera? preguntó el desconocido.
- Sí, compañero, ¿En qué puedo
servirle? preguntó intrigada la joven.
- Tiene que acompañarme, dijo el elegante
joven, mostrando un carné que entre otras cosas tenía unas siglas
atravesadas que decían G-2.
Marcia no lo podía creer. Se tuvo que
sujetar de la pared para no caer. Se estaba orinando en sus panties sin
poderlo evitar. Sus intestinos no eran capaces de sujetar su contenido y
sintió que algo húmedo le corría hacia abajo entre sus muslos. Ella
había oído hablar del G- 2 y sus historias. Sabía que al G- 2, no se le
escapaba nada ni nadie y que no escatimaban métodos ni procedimientos
para obtener la verdad de boca de los enemigos de la Revolución. Pero
ella era revolucionaria. ¿A qué tenía ella que temer? Los gusanos y
traidores; los vendepatria y contrarrevolucionarios eran quienes le
temían al G- 2. El G- 2 era una barrera protectora en la defensa de las
conquistas del pueblo trabajador. ¿Para qué la querían?. - Seguramente
esto tiene algo que ver con Héctor, se dijo. ¿Héctor?. ¡Dios
todopoderoso! Héctor está en los Estados Unidos. Ellos no tienen la
manera de saberlo y en caso de que lo supieran, ella no tenía nada que
ver con su partida...¿Partida?...¡Con su traición!.. Fue entonces
cuando comprendió que acababa de cruzar la cerca. Comenzó a darse cuenta
que el periodo de jugar a la revolución y creerse revolucionaria, se
estaba acabando y que a partir de ahora cualquier cosa horrible le podía
suceder. Miró aterrorizada al joven y por un momento su imagen le
pareció menos idílica, menos amigable. Aquel sujeto tan bien vestido y
con aires de superioridad, era un espía de la Seguridad del Estado. Quien
caía en manos de aquella gente, no se escapaba. El terror se apoderó de
todo su cuerpo y le pidió a su captor casi implorando.
- ¿Me permite un minuto, compañero? tengo
que ir al baño un momento.
En el baño se aseó lo que pudo. No había
papel sanitario, ni toalla, ni nada. Utilizó un pañuelo de su esposo que
llevaba para esos menesteres. Lo mojó varias veces y se limpió. Los
panties los enjuagó en el tanque del servicio que por suerte tenía agua.
Los exprimió con fuerza y se los puso mojados. Ya tendrían tiempo de
secarse. Trató de recomponerse y de pensar lo que pudiera significar
aquella visita de un miembro del tenebroso G- 2. Eso de acompañarlo era
algo raro. ¿A dónde?. ¿Para qué? ¿Tendría esto que ver con la salida
clandestina de su esposo?. ¿Cómo lo habrían sabido?. Había que
averiguarlo y ella lo iba a saber. ¿Qué actitud debía adoptar ante las
autoridades?. Ellos le dirían.
¿Acaso Jesús estaría detrás de todo
esto?. No podía creerlo. No concebía tanta canallada en este mundo. Sin
embargo, era posible que el deportista hubiese hecho la denuncia para
limpiarse de culpa. No había que olvidar que Jesús era un hombre de
influencias dentro de la revolución; por tanto nada tendría de extrañar
que tratara de mantenerse bien limpio para conservar sus privilegios.
¿Qué debía ella hacer?. Lo mejor era mantenerse al tanto y no decir
nada que no le hayan preguntado.
- ¿A dónde quiere usted que yo lo
acompañe, compañero? preguntó la arquitecta.
- No se preocupe, compañera, repuso el
joven, ya lo sabrá.
- ¿Y para qué tengo yo que acompañarlo?
insistió la muchacha.
- Compañera; dijo el joven, nosotros somos
los que hacemos las preguntas. Ya usted tendrá oportunidad de saber de
qué se trata.
Marcia siguió al joven en un temblor. Sus
pies no se atrevían a afincarse en el suelo. No se acordó de pedir
permiso para salir. No pensó en Héctor ni en su madre; solamente su
hijito le preocupaba; pero aun así no atinaba a coordinar sus
pensamientos. El miedo a lo desconocido se había apoderado de ella de tal
manera, que estaba inutilizada para pensar. Mientras caminaba hacia el
automóvil que los esperaba, no se atrevió ni a mirar a las gentes que le
pasaban por el lado. Era un objeto inanimado que se movía por el milagro
de alguna ley desconocida para ella. Nunca en su vida había sentido una
sensación de indefensión, de pequeñez, de desamparo como esta. En
aquellos momentos sólo atinó a implorar en silencio: Señor, cuida a mi
hijito; ayúdame a salir de esto. Tú sabes, señor, que yo no le he hecho
daño a nadie. Dame fuerzas señor para salir de esta pesadilla.
Subieron al auto y partieron con rumbo a la
barriada de La Víbora. Tomaron por una avenida muy ancha y llena de
edificios viejos y herrumbrosos llamada la Calzada de 10 de Octubre. La
calle era casi intransitable por la cantidad de gente cruzando y por los
baches que la aquejaban. Marcia no se molestó en mirar hacia donde la
conducían. Al final tomaron por una calle más estrecha y se dirigieron a
una casona muy grande rodeada con rejas de hierro y mucho terreno a su
alrededor. Cuando entraron por el portón, se veían muchos autos
parqueados en distintos lugares. Habían llegado a 'Villa Marista".
El lugar más tenebroso que le podían mencionar a un ciudadano en Cuba.
Villa Marista era el lugar donde se conducían los interrogatorios a los
posibles enemigos de la Seguridad del Estado.
La llevaron hacia adentro. La condujeron
por unos pasillos oscuros. La hicieron detener en un saloncito donde no
había nadie. La mandaron a sentar y le dijeron:
- Espere aquí.
No había reloj. El tiempo pasaba sin
poderlo contar. No se sabía si era de día o de noche. La luz era
artificial. De vez en cuando escuchaba algún que otro ruido producido por
gentes que supuestamente abrían o cerraban una puerta; pero nadie vino a
verla. Las horas pasaban sin que ella pudiera precisar si eran minutos,
horas, días o años. Mientras esperaba, trató de poner en orden sus
pensamientos; pero no le resultaba posible. Todo se le agolpaba. Todo se
le confundía. Ella estaba segura de no haber hecho nada malo; pero no
sabía lo que pudiera haber sucedido con su marido. Según Jesús, Héctor
estaba en Miami. Si esto era cierto, no podía revelarlo. No había manera
de justificar la procedencia de aquella noticia que en definitiva podía
ser o no ser cierta. Si era cierta, y ella lo decía, estaba cortando el
único hilo de comunicación entre ella, su hijo y su esposo. Jesús le
había prometido ayudarla. El le había demostrado que la quería ayudar.
Tenía que mantenerlo fuera de todo esto si quería salvarse ella y su
futuro. No mencionaría al atleta, aunque la torturaran. ¿Torturaran?,
¡imposible!. Todo eso eran habladurías de la contrarrevolución. Pronto
llegaría un oficial y le diría gentilmente que todo había sido un error
y que los perdonaran. Las habladurías de los enemigos de la Revolución,
se iban a desvanecer dentro de poco.
El sueño comenzó a vencerla; pero no
podía dormir. En aquel banco de madera dura no había donde recostarse.
Sintió deseos de ir al baño; pero no encontró una puerta por donde
salir de aquel salón, cuya única entrada y salida, estaba cerrada.
¿Sería aquella la tortura sicológica de que hablan?. Las horas pasaban
y los ruidos disminuyeron. ¿Sería que se habían olvidado de ella?. Por
fin alguien entró en el saloncito. La ansiedad la embargó.
- Compañero; dijo en un susurro la
arquitecta; ¿Hay un baño donde pudiera hacer una necesidad?
- Venga por aquí, dijo el óseo sujeto.
La dejó en el baño y la esperó en la
puerta. La infeliz muchacha se vació en la taza que para su sorpresa
estaba limpia y tenía agua abundante. No pudo evitar el tremendo ruido
que hizo mientras hacía su necesidad. Ya no le importaba. Se sintió
aliviada. Su voluntad y su orgullo se estaban desplomando. Cuando se
limpió, recogió un poco del papel sanitario que había en un rollo y lo
guardó entre su cintura y la saya. Esto le serviría para una futura
ocasión.
Comenzó a sentir hambre; pero no tenía la
menor idea del tiempo. Los ruidos se apagaron y volvieron a reanimarse,
aunque no podía determinar si era de día o de noche. Nadie vino a verla.
No le dieron nada de comer. Le comenzó a dar mareo. Se sentía débil.
Era una batalla perdida. Ellos tenían el poder. Ella era una solitaria
criatura en medio de aquella soledad. No le habían sacado las uñas/
aunque hubiera preferido que lo hicieran con tal de salir de allí.
Quería gritar; pero no se atrevía. Nadie le había dicho que ella era
una enemiga. ¿Porqué comportarse como tal?. Eso sería una estupidez. En
las novelas de espionaje que había leído/ los enemigos del régimen
siempre confesaban y decían más de lo que se les preguntaba. Pero ella
no era una enemiga del régimen. Seguramente la traían allí para saber
de su esposo. Eso era lo más natural. Hacía más de dos semanas que
Héctor faltaba del trabajo; era lógico que las autoridades quisieran
saber qué había sido de él. Cuando la vinieran a interrogar se
comportaría como una revolucionaria. Esto la ayudaría. Sus compañeros
comprenderían que habían cometido un error y le pedirían disculpas. El
tiempo que le estaban haciendo perder/ seguramente era porque tenían
mucho trabajo. Se quedó dormida aun con lo duro que estaba el banco.
Soñó con su hijito. Se lo querían
arrebatar y ella luchaba por mantenerlo entre sus brazos. Héctor y Jesús
la defendían y los oficiales con guayaberas lo halaban para llevárselo.
Era una lucha entre el G- 2 y quienes la querían. Comenzó a gritar. Se
despertó. No había ruido. Nadie pasaba por aquel lugar. ¿Qué horas
serían?
Nunca supo si fueron tres días/ tres
semanas o lo que fuera; pero la vinieron a despertar de su estado de
rendición. Cuando le dijeron que podía ir al baño otra vez si lo
deseaba/ sintió que le volvía el alma al cuerpo. Hizo de nuevo sus
necesidades y se aseó algo. Se secó con el papel que había guardado
anteriormente. El rollo de papel sanitario/ ya se había terminado. Esto
le dio una medida del tiempo. Se recompuso y salió hacia el
interrogatorio.
- Su nombre, compañera.
- Marcia Cifuentes.
- Estado Civil.
- Casada.
- Nombre de su esposo.
- Héctor Sarmiento.
- Lugar de trabajo.
- Ministerio de la Construcción.
- ¿Su esposo trabaja con usted?
- No. El trabaja en una construcción en la
Playa Santa María.
- ¿Hace tiempo que usted no lo ve?
- Hace más de 15 días.
- ¿Sabe donde está?
- Me dijo que iba a Oriente a unas obras.
- ¿El no la llama?
- No. Yo no tengo teléfono.
- ¿No le ha escrito?
- No.
- ¿Por qué?
- Nunca lo hace.
- ¿Siempre se tarda tantos días?
- Nunca se había tardado tanto; pero...
Iba a decir que le había mandado a decir que tenía mucho trabajo; pero
esto lo enredaría todo. Recordó que Jesús le había mentido la primera
vez que hablaron después de la partida de Héctor y le había hablado de
exceso de trabajo. Después había sabido la verdad y ya la mentira
anterior no tenía razón de ser. Se callaría y dejaría que fueran ellos
quienes preguntaran.
- Pero qué. señora...
- Bueno compañero....
- No me diga compañero, señora; dígame
oficial.
- Le iba a decir que yo estoy tan
acostumbrada a esas ausencias, que no me preocupo. A lo mejor cuando
regrese a casa hoy, me lo encuentro allá.
- ¿Qué piensa hacer?
- Yo, nada.
- ¿Usted cree que se haya ido del país?
- No.
- ¿Por qué?
- Porque nosotros somos revolucionarios.
Cuando dijo esto, sintió que por sus venas comenzaba a circular sangre de
nuevo. Acababa de pronunciar la palabra mágica. Jesús lo había repetido
muchas veces. Aplaudir...Viva la Revolución...
Viva Fidel.. Si se lo pidieran en estos
momentos lo diría tan fuerte, que haría retumbar todo el edificio.
Después.. hacer lo que te dé la gana y tratar de vivir.
- ¿Usted está segura?
- Sí, compañero. Perdón,.. Oficial.
- Y si su esposo se hubiese marchado del
país y la hubiese abandonado a usted y a su hijo, ¿Usted lo repudiaría?
- Si, compañero oficial.
El interrogatorio continuó por más de dos
horas; pero la muchacha no sabía nada y no le sacaron nada. Lo cierto era
que la infeliz mujer no tenía la menor idea de lo que había sucedido con
su marido. A estas horas, la carta que Jesús le había entregado unos
días antes, no significaba mucho para ella. La ausencia del ingeniero de
su obra levantó la sospecha de que se pudo haber marchado del país; pero
también pudo haberse ahogado en la playa, ya que según declararon
algunos obreros de la obra, veían al ingeniero caminar solo por la playa
y lanzarse en ocasiones al agua, sobre todo después de almuerzo. Algunos
dijeron haberlo visto conversando con un profesor de natación que vivía
en la playa; pero ese hombre era miembro del equipo olímpico de Cuba y
nadie sospecharía que le fuera a dar malos consejos a aquel individuo. A
lo mejor se había ido con otra y no le quería decir nada a
la mujer.
FIN DEL CAPITULO XII
Capítulo I: Abundancia
de Amor
Capítulo II: Escasez de Medios
Capítulo III: Bodas de profesionales
Capítulo IV: Buscando un techo
Capítulo V: Ni casa, ni esperanzas
Capitulo VI: Hotel de cinco estrellas
Capítulo VII: La llegada de Héctor Augusto
Capítulo VIII:¿Dónde metemos al niño?
Capítulo IX: La universidad de la calle...
Capítulo X: Proyecto de un largo viaje
Capitulo XI: Traidor, ¿A quien y por qué?
Capítulo XIII: Aprendiendo a mentir
Capítulo XIV: Más deserciones
Capítulo XV: A divorciarse del traidor
Capítulo XVI: La manzana de la discordia
Capítulo XVII: Peligrosa Reconciliación
Capítulo XVIII: Bodas de Mentira
Capítulo XIX: ¡Qué Cara es la Libertad!
Capítulo XX: Consumatum est
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