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El
Amor en los Tiempos de Castro
Capítulo
XI: Traidor, ¿A quién y por qué?
Por
Florencio E. Eiranova-Cuza
Delegación Puerto Rico - S.T.C
El Castrismo
al desnudo.
Un cubano que vivió la pesadilla, narra su odise
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Héctor había partido aquella noche poco
después del oscurecer. La partida había sido desde una playa llamada
Yateritas en la costa Sur de la Provincia de Oriente. El entrenamiento que
había recibido de su entrañable amigo Jesús, era tan completo, que se
sentía absolutamente seguro de llegar a la Base. No solamente había
aprendido a nadar; sino que conocía el comportamiento que debía mantener
a lo largo de todo el recorrido. Debía nadar a lo largo de la costa, sin
alejarse mucho de ella. Sin desesperarse. La corriente que viene desde la
Punta de Maisí de la Provincia de Oriente hacia el Oeste, lo arrastraría
hacia el lado contrario; pero si se mantenía cerca de la costa, podía
vencer esta circunstancia. Apoyándose en una especie de flotador
fabricado con espuma de goma. Algo llamado polyester que viene en las
cajas que traen equipos electrónicos, para protegerlos contra los golpes.
Esa especie de tabla la pintan de negro para que no la puedan distinguir
los guardafronteras desde la costa, ni los tiburones desde el mar. Es muy
liviana y el nadador la utiliza para descansar durante el viaje. Con las
patas de rana, va avanzando lentamente y si tiene cuidado de vigilar su
cercanía de la costa; ya ellos tienen medida la distancia aproximada y el
tiempo en que deben llegar. Algunos llegan en unas 16 horas; otros se
pierden y toman hasta un par de días. Los menos expertos caen en manos de
las autoridades de guardafronteras o son devorados por los tiburones. Por
momentos el muchacho se sentía deprimido. Su familia; su bella esposa, su
hijito. Todo se le interponía en el camino. Unas veces pidiéndole que
regresara. Otras instándole a continuar y triunfar.
La preparación física de Héctor era
extraordinaria. Sus tres años en la microbrigada habían templado
aquellos músculos jóvenes y poderosos. Su afán de lograr su objetivo y
la tenacidad de su carácter, habían hecho una combinación difícil de
doblegar. Lo cierto es que cuando comenzaba a amanecer, ya el muchacho
divisó las luces de la entrada a Caimanera y como que le habían
enseñado el mapa y los giros que debía hacer, aterrizó en la Base Naval
de Caimanera como todo un experto.
La llegada y los trámites iniciales fueron
más o menos de rutina. Las Autoridades Norteamericanas se han
acostumbrado a recibir a miles de jóvenes cubanos que buscan escapar de
la pesadilla socialista, de tal manera que ya lo tienen todo listo para su
envío a Estados Unidos. Las autoridades cubanas, ajenas a los gestos
humanitarios, que no ha tenido ni aun con ninguno de sus defensores cuando
ha sido necesario eliminarlos, no puede comprender la actitud de las
autoridades norteamericanas. Para los gobernantes del "Faro de
América", las autoridades de la Base, deberían empujar hacia atrás
a todo el que llega, para que los tiburones den cuentas de ellos, lo cual
sería mejor que regresar. La tardanza consistió en cuestiones de
cuarentena y trámites internos que no tienen porqué contárselas a
quienes llegan allí.
Cuando llegó a la casa de la tía,
después de las peripecias de la localización de dirección y teléfono,
le contaron que la noche anterior había llamado un tal Jesús desde Cuba
preguntando por él. Al contarle que le habían dicho que el tal Héctor
no vivía allí; se quiso morir.
- Si mi amigo Jesús piensa que yo no he
llegado y decide no llamarme más, estoy perdido. Es capaz de haberle
llevado la carta a Marcia. Sabe Dios qué clase de enredo se debe haber
formado por allá.
Esa noche no durmió esperando que sonara
el teléfono; pero las veces que sonó, no eran para él. Al otro día no
quiso salir a conocer la ciudad ni a visitar a nadie. Para él, lo único
importante era la llamada de su amigo para conocer de sus seres queridos.
La tía no podía comprender la actitud de aquel cubanito que acababa de
llegar a la tierra de la abundancia y ni siquiera se interesaba por salir
a ver los carros pasar.
Jesús deambuló como un sonámbulo por el
pueblito descolorido, tratando de hacer que el tiempo pasara para poder
utilizar su turno en las llamadas. Le tocaba el turno de las diez; pero
había que estar desde las nueve y media por si acaso lo llamaban no
perder el chance. Cuando le tocó su turno estaba sudando de miedo. No
podía soportar la idea de que su amigo se hubiese ahogado o que lo
hubiesen capturado en la intentona.
Héctor no quiso comer esa noche. Estaba
demasiado ansioso y temía que la comida le fuese a hacer daño. Daba
vueltas por la sala como si estuviera contando las losas del piso. La tía
se molestó con él. No comprendía la actitud tan rara de aquel muchacho
que según le habían dicho era hasta Ingeniero. Cuando sonó el
teléfono, faltó poco para que lo arrancara de la mesa. El mismo
contestó como si estuviese seguro que Jesús lo llamaba desde el otro
lado.
- Hello....
- Le hablaron en Inglés... no entendió
- Dame acá muchacho/ dijo la tía.
- Hello....yes....yes...he is here. Toma
hijo mío.
- Oigo....Sin.. mi hermanoooo... Estoy
vivito.. ¿Cómo tu estás?.. ¿Cómo está Marcia?; ¿Cómo está el
niño?.....¿Cómo?...¿Perdido?...
¿Escondido?....¿Por qué?...No me hagas
eso.. Eres un bárbaro... Eres un diablo... ¿Cuándo la vas a ver?....
Bueno mi hermanísimo; dale mi carta y explícaselo todo.. No la vayas a
ver a casa de las viejas brujas esas... No quiero que ellas sepan nada....
Si... Al final que se enteren; pero no ahora mismo. No quiero que me la
atormenten. Tú te tienes que encargar de defenderla de esas víboras.
Esas viejas son unas arpías....Si.....Si... Yo te voy a escribir..
Mira...Toma mi dirección para que Marcia y tú me escriban......
Le dio la dirección. Le dio otras
instrucciones. Le dio millones de gracias por todo lo que había hecho por
él y por lo que le faltaba por hacer.
Cuando Héctor colgó el teléfono, sintió
que le habían cortado el tubo que le suministraba el aire, la
respiración, la vida. Corrió para el cuarto que le había habilitado su
tía y se tiró sobre la cama tendida. El vacío que sentía por dentro no
se llenaba con nada. La magnitud de su soledad no la había tratado de
medir hasta este momento en que había hablado con su amigo. Los ruidos de
los carros no le llegaban. Los colores no estimulaban su retina. La vida
no tenía ningún aliciente sin sus seres amados. Había dado un paso
demasiado grande para él. No se imaginaba el joven Ingeniero el temple
que se necesita para dar aquel paso. Tenía mucho que aprender de la vida.
Después de colgar el teléfono. Jesús se
sintió aliviado de un peso que no le dejaba caminar. Ahora podía volver
a su casa. Ahora podía enfrentarse a la mujer de su amigo y contarle la
verdad. Ahora podía entregarle su carta. Ya no había que seguir
fingiendo ni mintiendo. Todo había salido como se había planeado y sólo
faltaba enfrentar la realidad. Esa misma noche regresaría a su casa y por
la mañana localizaría a Marcia para darle las noticias. Su corazón
estaba tranquilo. Ya no le traicionaría más. Ya no tendría que pensar
en Marcia como algo asequible. Ahora ella pertenecía a su amigo y su
amigo estaba vivo. Una alegría noble y sincera le embargó. Por unos
momentos se sintió avergonzado de haber albergado, aunque fueran
hipotéticos, sentimientos de deseos hacia la esposa de su amigo. - Es
verdad que la mente humana es capaz de traicionarnos; pero por suerte la
providencia es bien grande y me ha quitado esa espina del camino.
Durmió plácidamente. Sus sueños ahora
eran prometedores. Veía a su amigo con su esposa y su niño. Todos
vestidos de ropas brillantes, sonrientes, saludando con sus manos
levantadas. Se sentía satisfecho. Su intervención en este asunto había
sido positiva y hasta ahora, las cosas marchaban bien.
Tan pronto se levantó, se dispuso a salir
hacia la ciudad para localizar a la esposa de su amigo. Se vistió y se
disponía a salir, cuando sonó el teléfono.
- Oigo...
- Si, soy yo Marcia.. Tengo muchas cosas
que contarte.. Quiero verte urgentemente....
- No, no es nada malo; por el contrario..
Mira.. No quiero verte en tu casa.. Tiene que ser en otro lugar....
- No-.No es misterio; es algo muy
importante, ya lo verás..
- Héctor...Si claro.. Es sobre Héctor..
- Siiii, El está bien. En el Parque
Central.
- Sii en cuarenta minutos. Por la estatua
de Martí...
- Está bien...
- Hasta luego...
Sacudió la cabeza como sorprendido por la
casualidad. Después pensó que no era casualidad. Habría que ver
cuántas veces habría llamado esa pobre muchacha para saber de su marido.
Cuando llegó al parque Central/ no tuvo
que buscar mucho. Marcia lo esperaba de pie. Estaba encantadora. Los días
de angustia por la ausencia del marido, habían acentuado su delgadez, lo
cual le hacía falta. Ella no necesitaba arreglarse demasiado. Era tanto
lo que tenía para exhibir, que no había que ponerle demasiados afeites.
La maternidad la había dejado hecha toda una mujer. Su juventud era
pujante, pero en su mirar se notaba una madurez dominante. Sus senos, se
notaban más pronunciados producto de la maternidad pasada y aunque no
desafiante, su andar era más seguro y firme. Las caderas de la muchacha
se habían ensanchado algo y ahora su cintura era un poquito más
pronunciada. Las nalgas le habían crecido algo y se habían vuelto algo
provocadoras. Si antes era una muchacha muy linda, ahora era una mujer
encantadora. Cuando lo vio, caminó hacia Jesús con ansiedad; pero con
determinación. Estaba dispuesta a encontrar la verdad y bien rápido.
- Hola Marcia; ¿Cómo está Héctor
Augusto?
- El niño está bien. Jesús; ¿Cómo tú
estás?
- Yo regular para el tiempo. ¿Nos sentamos
en un banco?
- Lo que tú tienes que decirme, me lo
puedes decir aquí mismo y sin ninguna ceremonia. Jesús.
- Yo lo sé Marcia. No te desesperes, que
no hay ningún misterio en lo que te voy a decir ni lo que vas a saber. Lo
que pasa es que tu marido me ha pedido que haga las cosas de esta manera y
no quisiera cambiar el rumbo de los acontecimientos. Yo quiero que tú
sepas que por encima de todo, soy su amigo y a ustedes los quiero como si
fueran mi familia.
- ¿Dónde está Héctor?.. ¿Está
preso?.. ¿Está enfermo?.. ¿Porqué no está aquí?.
- Siéntate y cálmate, que todo lo vas a
saber muy pronto.
Le entregó la carta que había estado a
punto de botar; además un paquete que contenía cosas para el niño. Ella
no podía despreciar lo que le traía a su hijo. El siempre que iba a
verlos le conseguía algunas chucherías al pequeño. No dijo media
palabra para dar tiempo a que la muchacha leyera con calma. El rostro de
Marcia cambiaba del asombro a la ira; de la sorpresa a la angustia; de la
desconfianza al terror. Cuando terminó de leer, sus ojos encantadoramente
verdes, estaban anegados en lágrimas. Aquello era una fuente llena de
esmeraldas y desbordada de agua.
- Vuélvela a leer, dijo Jesús. No hay
prisa.
- ¿Para qué; si me ha destrozado el
corazón?
- Yo hablé con Héctor anoche.
- ¿Dónde está?
- En Miami.
- ¿Y porqué tienes que ser tú quien
hable con él y noyó?
- Eso hubiese sido muy fácil de decir;
pero muy difícil de hacer. Todo cuanto se ha hecho, ha sido decisión de
Héctor; yo lo único que estoy haciendo es seguir las instrucciones de
él.
- ¿Y a quién tú vas a convencer con eso
de que tú sigues las instrucciones de Héctor? ¿Acaso no sé yo que tú
eres el autor intelectual de todos los pasos de él?
- Marcia, dijo Jesús algo molesto; yo no
he venido aquí a recibir descargas; tampoco he venido a pedir disculpas
por mi actuación. Mi único propósito es comunicarte lo que mi amigo me
pidió que te dijera. Lo otro es ofrecerte mi ayuda de amigo en todo lo
que pudieras necesitar. Tienes que saber, que lo que Héctor ha hecho, lo
hizo por ti y por el niño, y que de aquí por delante te queda una vida
de lucha donde vas a necesitar mucha firmeza y mucha decisión. Con esa
actitud de desconfianza y recelo, no vas a conseguir nada. Tienes que
tener confianza en tu marido. Por primera vez se ha lanzado en una empresa
riesgosa y heroica. Todo por buscar el mejoramiento de su familia. Aquí
en Cuba ustedes nunca iban a salir de esa miseria en que vives ahora.
- Por lo menos vivíamos con dignidad.
- ¿A qué tú le llamas dignidad, Marcia?
¿A vivir en un cuartico miserable donde no puedes hacer el amor con tu
esposo por temor a que te escuchen tus tías cuando estás sollozando? ¿A
que no te permitan ir a comer al comedor que construyó tu marido, porque
está reservado a los turistas que pueden pagar con dólares? ¿A que
tengas que hablar con un amigo auxiliar de cocina de un hotel para que
ejerza sus influencias con el administrador para que tú y tu marido, dos
profesionales universitarios, vayan a pasar la luna de miel a aquel lugar,
porque ustedes no tenían ni siquiera donde pasar la primera noche de su
boda?. ¿Tú le llamas dignidad a tener que decirle a tu marido que se
calle y no diga lo que opina por miedo a que tu madre lo vaya a
denunciar?. Marcia, Marcia; tú no sabes lo que tienes. Si tu marido no
pudo aguantar más; es porque nadie puede aguantar. El es un héroe; él
aguantó demasiado.
- ¿Y qué va a ser de mí ahora? ¿Cómo
voy a criar yo a mi hijo sin la ayuda de su padre?.
- Yo estoy seguro de que él no los
abandonará. Espera a que él se ponga en contacto contigo y ya tú verás
como todo se arregla. Por mi parte, yo no quisiera involucrarme demasiado
en este asunto. Yo vivo mi vida a mi manera y no quisiera que me tomen por
un empujador. Cada cual, tiene que labrarse su propio destino y el que
siembra su maíz, que se coma su pinol.
- En eso tú tienes razón. Jesús. No
quisiera que tomaras todo lo que he dicho a mal. En definitiva yo veré
cómo me las arreglo y si él se ocupa de su hijo, bien; pero si no lo
hace, yo saldré adelante. Muchos hombres se van y prometen mucho; pero
cuando llegan allá, se olvidan de los que están aquí en esta desgracia.
- A mí me parece que Héctor no es de los
que abandona a los suyos.
- Esperemos a ver. Gracias Jesús por todo.
- Marcia; si Héctor me escribe, yo te lo
haré saber; yo espero que él te escriba y te ponga al tanto de sus
planes. No le hagas mucho caso a tu mamá y sigue a tu marido; él es el
padre de tu hijo y ya tu mamá vivió su vida. Ahora les toca a ustedes
vivir las suyas.
Se miraron. Cuando le tomó la mano para
despedirse, la pobre muchacha temblaba. El golpe había sido demasiado
fuerte. Jesús se sintió algo conmovido y habló:
- Marcia; no creo que debas ir a trabajar
en las condiciones en que te encuentras. Dime a donde tú quieres que yo
te lleve para que pases el día y te puedas despejar. Creo que la noticia
ha sido demasiado violenta e inesperada. Héctor me encargó que te
ayudara; por eso no quiero que te sientas indefensa en estos momentos.
¿Porqué no vamos por la playa y te recreas un poco? Estoy seguro de que
eso te hará bien.
- Me parece que no estás perdiendo tiempo.
Jesús, dijo la mujer mostrando sus armas desde bien temprano.
- Si te refieres a brindarte mi ayuda
generosa, dijo el atleta, tienes razón. Me imagino que es eso a lo que te
refieres. Lo hago porque tu marido, mi amigo, me lo pidió
- Él me lo dice en la carta. Jesús; pero
yo no quiero involucrarte a ti en esto; te agradezco de veras tu gesto.
Cuando se separaron, los ojos de la
muchacha se volvieron a anegar en lágrimas. El deportista la contempló
al partir y no pudo contener una mirada de admiración y respeto.
Héctor encontró trabajo. Comenzó a
trabajar en una pequeña compañía de construcción que hacía proyectos
y desarrollo de urbanizaciones. A las pocas semanas se había ganado la
confianza y aprecio de los dueños. El muchacho era un gran trabajador y
muy meticuloso y responsable en sus cosas. Comenzó a estudiar por las
noches para aprender Inglés y ver cómo podía revalidar su título. Ya
le había escrito varias cartas a su esposa, pero ésta no había
contestado. El joven desconocía la tragedia del correo en su patria, las
cartas que no se perdían, llegaban a los tres meses a manos de su
destinatario después de pasar la censura del régimen.
La ausencia del Ingeniero, tanto en su
trabajo como en su casa, levantó una tormenta de comentarios y sospechas
muy superiores a lo que la pobre esposa hubiese imaginado. La mandaron a
llamar de la oficina del Ministerio de la Construcción, donde la infeliz
trató de inventar toda una sarta de mentiras que ni ella misma podía
creer aunque lo hubiese ensayado y practicado mil veces. Que si el marido
había ido urgentemente a ver a su madre en la Provincia de Oriente; que
si se había enfermado por allá y no había podido regresar; que si le
había pedido le avisara a sus compañeros y sus jefes para que no se
preocuparan etc. etc. Lo cierto es que la verdaderamente preocupada era
ella, lo único que sin esperanza de que alguien la sacara de su
preocupación.
De alguna manera, las sospechas llegaron a
la oficina donde Marcia trabajaba, convirtiéndose aquel lugar de trabajo
en un nido de intrigas y chismes que acosaban a la joven madre a cada
momento y en cada esquina.
- ¡Muchacha!, dijo una tarde Chela a
Marcia en medio de una reunión de producción, buscando que todo el mundo
lo oyera: ¿Qué has hecho con tu marido?; ¿Se lo ha tragado la tierra?
- Héctor anda por Oriente, contestó en un
temblor la desencajada arquitecta; está haciendo unos trabajos de
proyectos de hoteles y parece que les van a tomar algún tiempo.
- ¿Le irán a dar casa por allá, agregó
la maliciosa "compañera".
- Creo que no, repuso Marcia; pero la cosa
parece que va a ser para largo.
- Mira a ver que no se vaya a quedar por
Oriente con una Oriental, continuó hiriente la entrevistadora.
- ¿Qué le vamos a hacer? concluyó la
arquitecta; si se queda por allá es porque le ofrecen mejor compañía
que aquí.
En su casa y en el barrio la cosa fue
distinta. Pepa, como presidenta del Comité de Defensa, recibió la
notificación de parte de la policía en la cual se le instruía de
celebrar una reunión y anunciar la ausencia injustificada del ingeniero,
lo cual significaba que todo el mundo debía averiguar y comunicar a las
autoridades si conocían el paradero del joven. La pobre madre no sabía
como manejar el asunto. Su hija del alma se estaba muriendo de pena. Nadie
sabía nada ni se atrevía a preguntarle; pero todos sabían que una gran
tormenta estaba pasando por el alma de aquella martirizada joven.
Para Marcia, la noticia, o media noticia,
que hasta ese momento tenía de su marido, sólo servía para martirizarla
y dejarla en un limbo. No le había dicho nada a su madre porque sabía lo
que eso significaba para aquella; pero necesitaba el apoyo maternal para
enfrentar aquel vendaval que la azotaba. Cuando comenzaron a tratar en la
reunión el tema del marido ausente, la muchacha no pudo resistir la
embestida y se marchó a su cuarto a llorar.
FIN DEL CAPITULO XI
Capítulo
I: Abundancia de Amor
Capítulo II: Escasez de Medios
Capítulo III: Bodas de profesionales
Capítulo IV: Buscando un techo
Capítulo V: Ni casa, ni esperanzas
Capitulo VI: Hotel de cinco estrellas
Capítulo VII: La llegada de Héctor Augusto
Capítulo VIII:¿Dónde metemos al niño?
Capítulo IX: La universidad de la calle...
Capítulo X: Proyecto de un largo viaje
Capítulo XII:Seguridad, ¡Qué
incertidumbre!
Capítulo XIII: Aprendiendo a mentir
Capítulo XIV: Más deserciones
Capítulo XV: A divorciarse del traidor
Capítulo XVI: La manzana de la discordia
Capítulo XVII: Peligrosa Reconciliación
Capítulo XVIII: Bodas de Mentira
Capítulo XIX: ¡Qué Cara es la Libertad!
Capítulo XX: Consumatum est
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