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Revista DESAFIOS
Año 1481
Marzo-Abril /2008

Consejo Unitario de Trabajadores Cubanos (CUTC)

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Literatura Cubana en el Exilio

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El Amor en los Tiempos de Castro 

Por Florencio E. Eiranova-Cuza
Delegación Puerto Rico - S.T.C.

El Castrismo al desnudo
Un cubano que vivió la pesadilla, narra su odisea.

Hoy comenzamos la publicación del libro del amigo y compañero de nuestra Delegación en Puerto Rico, Florencio E. Eiranova-Cuza

Historia verídica sin exageración ni hipocresía, extraída de la vida real de un pueblo aplastado en plena decadencia socialista. 


INDICE POR CAPÍTULOS


     Prólogo
  1 Abundancia de Amor
  2 Escasez de Medios
  3 Bodas entre Profesionales
  4 Buscando un Techo
 
5 Ni Casa, ni Esperanzas
  6 Hotel de 5 Estrellas
  7 La Llegada de Héctor Augusto
  8 ¿Dónde Metemos al Niño?
  9 La Universidad de la Calle...
10 Proyecto de un Largo Viaje
11 Traidor, ¿A Quién y Por Qué?
12 La Seguridad, ¡qué incertidumbre!
13 Aprendiendo a Mentir
14 Más Deserciones
15 A Divorciarse del Traidor
16 La Manzana de la Discordia
17 Peligrosa Reconciliación 
18 Bodas de Mentira
19 ¡Qué Cara es la Libertad! 
20 Consumatum Est

PRÓLOGO

Desde muy pequeño me sentí espoleado por el deseo de escribir. El deseo a veces se convertía en ansiedad; pero tanto el uno como el otro, siempre se vieron aplastados por una pobreza rayana en la miseria. Buscarse la comida fue para mí y mi familia cuestión de vida o muerte desde que mi padre murió cuando yo apenas tenía cuatro años. Lo primero que escribí fueron versos. Todos malísimos. Mis primeras cartas, de amor desde luego, eran muy largas y llenas de redundancias; pero casi todas daban el resultado buscado. He leído bastante y recuerdo haber visto en algún lugar una frase que ha sido el motivo principal de este libro: Para escribir hace falta, en primer lugar, tener algo que decir. Yo tengo bastante que decir y a eso voy.

La novela o historia que ofrezco a continuación es un reflejo sin afeites de la realidad cubana de los años ochenta y principios de los noventa. Los años anteriores no fueron nada mejores; pero el deterioro y la quiebra total del sistema fue un proceso gradual que tiene su culminación en nuestros días. Algunos defensores del régimen Socialista Cubano pretenden hablar de una Época de oro de la Revolución. Eso es parte de la estafa de la que ha sido víctima todo un pueblo y millones de admiradores de la Revolución Cubana a través del mundo. La anarquía, los planes grandiosos, la ineptitud del sistema, las estupideces y arbitrariedades sin límites comenzaron en Cuba desde el mismo primero de Enero del año 1959. El pueblo, embriagado por el triunfo revolucionario sobre una dictadura sangrienta que había llevado al país a un callejón sin salida, no hacía otra cosa que celebrar su luna de miel con los "Libertadores de la Sierra". En medio de la embriaguez que proporciona una anhelada derrota del enemigo que había asesinado a tantos jóvenes idealistas, el pueblo no podía admitir críticas a la "inexperiencia" de los nuevos "servidores del pueblo". La cínica habilidad con que la dirigencia comenzó a defender "los errores" y "las deficiencias" producto de la "candidez e inexperiencia" de los combatientes revolucionarios, se convirtió en el modus operandis del aparato del Estado que cada vez se empantanaba más en su incapacidad de resolver los problemas esenciales de la sociedad. Si se tiene en cuenta el aumento de la población y el desmedido incremento de la burocracia, con un aparato militar que es el más grande de América Latina, con la reducción substancial de la producción, por la eliminación de la actividad privada, no es difícil comprender que la escasez, la penuria por los alimentos, vestidos y viviendas y las interminables colas, la bolsa negra, etc. nacieron en Cuba con la Revolución.

Lo que vas a leer, amigo o amiga, no es una historia con la rigidez científica que tal medio exige. Tampoco es un panfleto contra el comunismo. Esos géneros ya han sido ensayados en múltiples ocasiones por personas dedicadas a tales materias. De lo que se trata aquí es de reflejar cómo viven las gentes comunes y corrientes que tienen que enfrentarse diariamente con las trabas y dificultades de una sociedad, en medio de un proceso que ha pretendido transformarlos en algo distinto a lo que fueron toda su vida y que al comprobar la imposibilidad de domesticarlos por medio de fórmulas inventadas; ha tenido que ponerles un grillete a cada ciudadano en el tobillo y un bozal en la boca.

Mis personajes son gentes de carne y hueso; con los mismos sueños y las mismas aspiraciones que tiene cualquier ser humano en una sociedad medianamente pobre. Son los cientos de miles de jóvenes que llenan las aulas de todas las escuelas de cualquier país. Que se enamoran y quieren casarse. Que no esperan que nadie les regale nada y están dispuestos a estudiar, graduarse, trabajar y luchar por tener un techo donde edificar un hogar. Mis personajes se ríen y lloran, beben cerveza, cuando la encuentran y se alegran con las buenas noticias; pero hay una camisa de fuerza que a veces es invisible; hay unos barrotes de hierro difícil de distinguir y que sin embargo los aprisionan para impedir que realicen esos sueños tan elementales que he mencionado. Todo esto los va empujando y es capaz hasta de interponerse en sus sueños y aspiraciones. El desenlace que ellos aspiraban de su vida; es torcido por el medio que los aprisiona y los resultados finales, quizás no sean los más ideales; pero esa es la vida que les tocó vivir.

Algo importante a aclarar en esta obra, es que ninguno de mis personajes es una representación de nadie en particular, aunque pudiera semejarse a cualquiera de su edad, condición social, regional, o familiar. Hay en Cuba cientos de miles de ciudadanos, que enfrentan diariamente las mismas vicisitudes y dificultades que bien pudieran convertirlos en actores de esta obra. Lo que no pretendo negar, desde luego, es el hecho de haber vivido yo todas esas tragedias de la vida diaria de un cubano de la Época que describo, por lo que quien lea esta narración, se va a sentir un actor de la misma, si es que efectivamente tuvo la suerte de vivirla y haber podido escapar.

A los lectores que tuvieron la dicha de no vivir esta tragedia y a todos los sinceros simpatizantes que tuvo y quizás aún tiene la Revolución Cubana, les expongo estas realidades con el ánimo de que posean un poco más de información sobre una etapa muy discutida y muy polémica de un pueblo de La América Nuestra.

ACERCA DEL AUTOR

Florencio Eiranova nació en Santiago de Cuba el 19 de Octubre de 1932. Apenas tenía cuatro años cuando su padre murió tuberculoso. Lo llevaron para el campo. Su primer trabajo oficial fue llevar los "narigones" de los bueyes de un tío. No había escuela en aquel lugar y su madre le sirvió de maestra. A los ocho años se lo llevaron para el "realengo 18", zona rural por la ciudad de Guantánamo. Una estaca en el camino le destrozó un pie descalzo que le impidió caminar hasta seis meses más tarde.

Comenzó en el primer grado a los diez años. Su afán por aprender lo llevó a ingresar en la Escuela de Comercio antes de cumplir los quince años. Trabajaba por el día de mensajero y estudiaba por las noches. En 1952 tuvo lugar el Golpe de Estado de Fulgencio Batista. Se incorporó a la lucha junto a sus compañeros y llegó a ser presidente de la Asociación de Alumnos de la Escuela de Comercio desde 1954 a 1956. Fue detenido, enjuiciado, estuvo preso y fue golpeado. En Julio de 1956 partió hacia Estados Unidos. Ingresó en el Servicio Militar de Estados Unidos. La lucha en su país lo sorprendió estando en la Fuerza Aérea de Estados Unidos. Con limitaciones y prohibiciones apoyó la lucha de Fidel Castro en la Sierra Maestra.
Participó en reuniones y desfiles; contribuyó económicamente con la lucha y estimuló a familiares y amigos a que siguieran el empeño. Al triunfo de la Revolución Cubana terminó su servicio militar en las fuerzas aéreas y renunció al grado de sargento para regresar a la patria e incorporarse a la lucha. Participó en las milicias y en los trabajos voluntarios. Con el tiempo, su contradicción con el régimen se hizo insostenible y fue a dar a la cárcel. Estuvo cinco años preso. En Mayo de 1988 pudo salir hacia América de nuevo y se instaló en Puerto Rico. Ha publicado cartas en los diarios y artículos en revistas internacionales.

EL AMOR EN LOS TIEMPOS DE CASTRO

CAPITULO 1
ABUNDANCIA DE AMOR

El agua estaba tan fría, que los labios de nuestros jóvenes amigos se veían amoratados y las puntas de sus narices estaban tan rojas que daban la impresión de haberse peleado a puros puñetazos. La nariz del joven, desde luego, estaba más roja por ser su piel blanca tostada y sus facciones más perfiladas que las de su compañera, a quien a pesar de lo adelantada que era, se le notaba una mayor influencia africana en su árbol genealógico. Esta temperatura no era la más usual en las Playas del Este, que era como se llamaba toda aquella parte del litoral habanero. Usualmente, las playas de Cuba, especialmente las de la Costa Norte, habían sido una gran atracción para los turistas durante todo el año, ya que sus arenas blancas y refinadas, unido a una temperatura que es más bien cálida todo el tiempo, hace de esta zona del país, la preferida por visitantes y anfitriones. La ausencia de turismo extranjero en la mayoría de aquella inmensa extensión de arena y mar, hacía que la vista se perdiera en la lejanía sin divisar apenas a algunos grupitos de visitantes. Las facilidades turísticas anteriores al triunfo de la Revolución y las que se construían en la actualidad, eran dedicadas para el exclusivo uso de los turistas con dólares; pero por ironía de la vida, aquellos visitantes brillaban por su ausencia. Los ciudadanos del país tenían acceso al mar; pero no a hoteles, restaurantes y cafeterías, donde tendrían que pagar con una moneda desconocida para ellos; pero muy ansiada por las autoridades, lo que se convertía en una verdadera prohibición, ya que resulta bien difícil pasarse un día en la playa, sin abastecimientos suficientes para alimentarse o sin la posibilidad de tomarse una gaseosa o un helado cuando el sol tropical comienza a azotar. Los jóvenes, sin embargo, careciendo de alternativas para emplear su tiempo libre, recurrían al agradable pasatiempo que constituyen las playas, aunque para ello tuvieran que prescindir de lo más esencial, o como en el caso que nos ocupa, buscaran una solución "con medios propios" al problema del abastecimiento material.

Héctor, que así se llama nuestro joven amigo, había insistido en ir a la playa aquella mañana, a pesar de que Marcia, su novia le había advertido con vehemencia, que había un frente frío y que el mar, no solamente iba a estar picado, sino que la temperatura iba a bajar bastante, a pesar de estar solamente en el mes de Septiembre. La persuasión y el amor, fueron más poderosos que las advertencias, y nuestros amigos eran de los pocos "turistas" que se congelaban en aquella inmensa playa casi deshabitada en la costa Norte de Cuba, una mañana del mes de Septiembre de1984.

El lugar era verdaderamente maravilloso. Le dicen Santa María del Mar. Es tan extensa, tanto hacia adentro del mar, como hacia los lados; sus arenas tan finas y de color blanco parecido al esmalte; sus olas, poderosas e incontenibles; pero que no ofrecen mucho peligro al bañista, por lo llano del fondo, que constituye un refugio ideal, especialmente para una pareja de enamorados que se está "comiendo una guásima", que en lenguaje estudiantil significa faltar a clases con cualquier excusa. La inmensa cantidad de ranchitos de guano de palma al estilo de los Caneyes, que construían los aborígenes en la época anterior al descubrimiento, hacen un contraste impresionante con la gran cantidad de hoteles y sitios de turismo, que el gobierno, en su afán por atraer ingresos al país, ha construido a todo lo largo de las costas habaneras. El paisaje era en realidad contradictorio. Por un lado, surgían hoteles de construcción moderna y arquitectura futurista, dotados de magníficos restaurantes y cafeterías; piscinas y zonas de recreo, todos exclusivos para turistas de área dólar, mientras que no muy lejos y a veces bien cerca por cierto, asomaban sus avergonzados rostros, unas casonas que en tiempos remotos pertenecieron a sus dueños, quienes las conservaban pintadas y presentables; pero que al ser nacionalizadas por el gobierno y entregadas al pueblo (personas a quienes no les había costado nada su construcción) sin recursos para mantenerlas ni motivación para hacerlo, se iban deteriorando con el embate del tiempo, los vientos, las lluvias y el mal trato. No faltaba en el paisaje, una que otra casucha construida con recursos propios, que significa en el lenguaje moderno de la Cuba de la época, con lo que pueda conseguir su dueño en basureros, vertederos o almacenes con poca vigilancia.

Héctor Sarmiento era un joven trigueño claro, de facciones finas y modales delicados. No podría decirse que era hermoso; pero su manera de conducirse y la decisión que imponía a todo su quehacer, lo hacían atractivo a las muchachas de su tiempo. Era evidente que el muchacho practicaba ejercicios y mantenía una actividad física muy continua, unido a una dieta rigurosa impuesta por la situación económica del país que no permitía muchos excesos a la inmensa mayoría de la población. Tendría unos 22 años. Su estatura, no muy alta, de aproximadamente unos 5 pies con 11 pulgadas y un peso de unas 160 libras, lo hacían parecer más alto, por lo musculoso de sus brazos y su estómago recogido. Su piel blanca con cruce de isleño, hacían que apareciera no como un blanco de pura cepa, sino como un trigueño adelantado. Su pelo castaño claro y bien lacio, por lo general le caía sobre la frente, aunque para evitarlo, el muchacho estaba por lo general bien peinado o mantenía bien recortado su cabello. Era estudiante del último año de la carrera de Ingeniería Civil en la Universidad de la Habana, donde se graduaría para mediados del próximo año.

La muchacha, Marcia Cifuentes, era algo fuera de lo normal. Quizás no fuera una reina de Belleza; pero su cuerpo era tan bien proporcionado; tan surtido en todos los lugares desde los pies a la cabeza y su rostro latino mostraba una picardía y sana inteligencia tan dominante, que todo aquel que la miraba, se sentía atraído por un no sé qué, que lo dejaba algo trastornado. Tenía la costumbre de mirar a las personas a los ojos. Según su decir, era para que nadie la tratara de engañar ni seducir; pero el resultado era que todo el que la miraba, quedaba seducido. Además de exhibir unas piernas hermosas, caderas bien proporcionadas sobre una cintura fina y muy movible, nalgas surtidas con cierta tendencia a la provocación y senos que desafiaban la ley de gravedad, poseía una cabeza erguida, sobre un cuello más bien alargado, de cabellera negra natural que le caía por encima de los hombros y un par de ojos extrañamente verdes que penetraban a su interlocutor como si lo estuviera interrogando frente a un tribunal de la inquisición. Era de estatura más bien mediana; de unos 5 pies con 7 pulgadas y aunque sólo pesaba 126 libras, parecía tener más de lo que en realidad poseía. La piel de Marcia, como dijimos anteriormente era más bronceada que la de Héctor y sus brazos casi siempre descubiertos mostraban una tersura dentro de una solidez verdaderamente envidiable. Ella también estudiaba en el último año de la carrera; pero su especialidad era la Arquitectura. Había conocido a Héctor en uno de los "trabajos voluntarios" que organiza el gobierno para "darle formación" a la juventud y a partir de aquel momento sus vidas se unieron con la intención de casarse al terminar los estudios y formar un hogar. Los jóvenes mantenían una relación impecable. No solamente compartían meriendas y estudios, escaseces y penurias; sino que se habían compenetrado de tal manera, que parecían un par de hermanitos siempre tomados de las manos; siempre corriendo detrás de una guagua; siempre sonrientes; siempre llenos de esperanzas y fervor revolucionario.

Ambos eran tan cuidadosos con sus pertenencias; tan delicados con sus ropas, vestidos y pequeñas propiedades, que siempre se les veía impecablemente vestidos; bien presentables para la ocasión; limpios, atildados, a la moda y hasta elegantes a pesar de la situación económica del país.

La perspectiva del matrimonio, tenía ciertas dificultades que hasta el momento no parecían salvables; pero los jóvenes estaban decididos a enfrentar la vida y luchar por su felicidad con todos sus esfuerzos. Ellos serían unos profesionales dentro de nueve meses. El gobierno les garantizaba trabajo a ambos, aunque la remuneración ya estaba decidida, así como las posibilidades de promoción, progreso y mejoría. La juventud cubana enfrentaba una contradicción muy difícil de comprender y peor aún de resolver. Ellos recibían la posibilidad de estudiar una carrera y en realidad la mayoría la aprovechaba; pero al graduarse, tenían que incorporarse a una estructura socioeconómica, que lo tenía todo decidido por ellos; desde el sitio de trabajo, el salario, el sistema de promociones y ascensos, la actividad a realizar y hasta el lugar donde iban a radicar. Aquel automatismo y estrechez. Aquella limitación de la voluntad y la convicción de que nada dependía de los propios esfuerzos e iniciativas, sino de decisiones de instancias superiores, hacía que los jóvenes se sintieran viejos antes de comenzar a trabajar en el campo para el cual habían estudiado. Por otro lado, la posibilidad de conseguir una vivienda donde instalarse y crear una familia, era poco menos que prohibido. En los centros de trabajo existía un listado donde estaban registradas todas las personas que tenían necesidad de una vivienda. Aquel listado era organizado por prioridades y éstas se formaban teniendo en cuenta el número de hijos, situación de la vivienda actual del solicitante y los méritos laborales alcanzados por el sujeto. Esto de los méritos tenía mucho que ver con su "actitud frente al trabajo y la Revolución" lo que refleja incuestionablemente su comportamiento, obediencia a la línea del partido, la vigilancia y todo cuanto tiene que ver con la defensa del Socialismo y el Comunismo.
Tanto Héctor como Marcia conocían de esta situación, ya que habían nacido y se habían criado en este medio, pero aún con todas aquellas dificultades, que para ellos no parecían serlo, estaban dispuestos a enfrentar la vida; que para eso eran jóvenes revolucionarios y se querían por encima de todo. Nadie iba a detenerlos en sus propósitos. Cada ciudadano del país, no solamente conoce las reglas del juego, sino que se adapta a ellas a la hora de la práctica, so pena de perecer, lo que hace que el automatismo se convierta en el modo de ser de todo el mundo y su comportamiento sea el que se exige, aunque su modo de pensar íntimo nadie lo conozca. No es un secreto para nadie, que la juventud cubana tiene un índice de participación muy cerca del ciento por ciento en todas las actividades que organiza y propicia el gobierno a través de sus organizaciones juveniles y de masas. Lo que no recogen las estadísticas es la situación de aquellos que se atreven a faltar a alguna de esas actividades, aunque se encuentren enfermos, indispuestos o sencillamente decidan no ir. De ellos se encargan los "medios de persuasión" del Estado Socialista, que por cierto tiene en plena abundancia.

Cuando salieron del agua, los novios temblaban como conejillos. Las mandíbulas parecían salírseles de sus articulaciones y tuvieron que correr hacia el ranchito donde tenían su merienda; no porque tuvieran prisa, sino para calentarse si es que podían. Los pocos bañistas que los acompañaban, miraban a aquella pareja de jóvenes felices que desafiaban el frío y se reían a carcajadas, como si el mundo les perteneciera. Los escasos compañeros que habían venido con nuestros amigos, ya se habían retirado hacia una cafetería que se encuentra a unos 200 metros de distancia, con la intención de conseguir algo de comer. En aquellas cafeterías no era necesario poseer dólares (prohibidos en aquella época a los cubanos) para comprar, por lo que los abastecimientos eran escasos y de muy pobre calidad. Héctor y Marcia fueron más previsores. Las dificultades que ambos confrontaban cada vez que se metían en una cola para adquirir unas croquetas o un pedazo de pan con una pasta de bocaditos de sabor desconocido, los había convencido que lo mejor era traer algo de lo que sacaban del comedor de la Universidad, o preparar algo en casa de Marcia. De esta manera se ganaba el tiempo, pues las colas a veces llevaban una hora y hasta más, para al final, tropezarse con la noticia de que no había alcanzado para todos y los últimos se quedaron sin comer.

Cuando llegaron al pequeño Caney, que así le llamaban a los ranchitos de guano sin paredes, fabricados para protegerse del sol que hoy brillaba por su ausencia, ambos se acurrucaron pegados el uno al otro en su afán de darse mutuo calor, dando riendas sueltas al fuego volcánico que ardía en sus cuerpos, muy a pesar de la baja temperatura y el viento impertinente que inútilmente pretendía congelarlos. Mientras se apretujaban con una mano cada uno, con la otra buscaron afanosos en un bolso de tela donde traían su merienda. Consistía ésta en un pan de buen tamaño, abierto y con una tortilla de huevos a modo de emparedado, además de una botella con limonada preparada en casa. Ambos comenzaron a devorar su manjar con la felicidad de quienes no necesitan más para alcanzar la gloria. Mientras disfrutaban de su banquete; entre besos, caricias y sonrisas de enamorados, se escuchaba esta conversación:

- Yo te advertí bien claro que el día iba a estar de madre; que el frente frío iba a entrar y que era una locura venir a la playa; pero tú eres cabezudo y nadie te hace entender.

- Lo importante es que estamos aquí. ¿Tú hubieses preferido estar escuchando la charla sobre la formación del hombre nuevo?

- Yo no me quería tragar esa charla ni una sola vez más; pero ahora estuviera en mi casa calientica y sin tener que esperar la guagua que sabe Dios cuándo viene.

- Precisamente por eso fue que yo quise venir hoy. De haber hecho un día bonito y caliente, no hubiésemos podido montarnos en esa lata de sardinas. ¿Te imaginas la matazón y el tumulto para subirse en una guagua un día normal?. Hoy parecemos unos verdaderos turistas. Yo no me acordaba la última vez que me había sentado en una guagua. Además sí estás fría es porque quieres, tú sabes que yo te puedo calentar mejor que un horno de pan.

- Mira Héctor, déjate de tanta calentura y dime cómo vamos a resolver el problema de la vivienda. Ayer estuve conversando con mami y ella me dijo que si queríamos podíamos utilizar mi cuarto mientras consigamos algo mejor.

La mirada de Héctor se tomó más sombría que de costumbre. Su novia le había tocado un punto delicado para la vida futura de ambos y él no tenía una respuesta que garantizara la solución de aquel problema tan acuciante en todo el país. El venía del otro extremo de la Isla, a unos mil kilómetros de distancia. No podía ofrecerle albergue a su futura esposa aunque quisiera, ya que él mismo vivía en una casona pobre y destartalada con otros cinco hermanos, sus dos abuelos maternos, su madre, un padrastro y dos hijos del padrastro en otro matrimonio anterior.
De sus hermanos, dos hembras estaban casadas y una tenía un niño de meses. Había además una prima de su madre, que estaba enferma y quien se agravaba por momentos. Aquello más bien daba la impresión de un hospedaje de pueblo de campo, de donde salían tantas personas, que uno se preguntaba cómo les resultaba posible acomodarse cuando estaban todos juntos. La falta de materiales de construcción y la no existencia de un cabeza de familia que corriera con los cuidados y reparación de la vivienda, conspiraban contra la misma, la que se estremecía y se encogía año tras año dando la impresión de que en cualquier momento le caía encima a la familia entera; pero por uno de esos milagros de la ley del equilibrio, aquella casa y todas las de la cuadra, que estaban iguales o peor, se sujetaban una a la otra y una de la otra para no caer. Tal vez cuando se decidan a rendirse a la fuerza del tiempo, lo hagan todas a un mismo tiempo, arrastrando consigo al sistema culpable de su decadencia.

- Ya yo te he dicho mi amor, que la única solución aquí es meterse en la microbrigada y participar en la construcción de un edificio de apartamentos y esperar a ver si me dan uno. Mientras tanto, tenemos dos caminos: Uno es esperar sin casarnos hasta que aparezca donde vivir; el otro es casarnos y vivir en el cuartico que nos ofrece tu mamá hasta ver cuánto aguantamos.

- Mira Héctor; el problema no es con mi mamá. Tu sabes que ella por nosotros hace cualquier cosa; además ella no me está dando ningún cuarto; ese cuarto es el mío. La dificultad es con mis tías Lucila y Marcelina que no hay quien las aguante. Además, ahora mi hermana Mymna se está divorciando y seguramente viene a vivir a casa con su hijo. Yo no sé dónde nos vamos a meter. Yo te conozco a ti. Tú eres muy impositivo y no les vas a aguantar mucho cuento a ellas y yo no quisiera que después de un tiempo, vayas a salir peleado con toda mi familia.

- Bien mi cielo; yo pongo la cosa en tus manos. Si quieres nos casamos al graduarnos y cada cual va a vivir a su casa. Si quieres nos casamos y vivimos en tu casa con todas esas viejas hasta que Dios quiera. Si prefieres esperar, esperamos y nos casamos cuando me den el apartamento; pero yo quiero decirte algo que tú no has pensado; si estamos solteros, aunque yo trabaje en cien microbrigadas, nunca me van a dar un cuarto. Aquí para lograr algo, hay que estar en desgracia y aún estando en desgracia, no hay garantía de que te den nada.

La muchacha se mordió los labios para no decir nada. Los argumentos del novio eran tan contundentes, que no había por donde atacarlos. El peso de la realidad era una loza sobre su cabeza. El tenía toda la razón; pero lo peor, era que ponía en sus manos no la solución, sino la decisión de una encrucijada que siempre conducía a un callejón sin salida. Lo miró con la fijeza que ella acostumbraba y le dijo con voz temblorosa:

- Héctor, tú eres injusto conmigo. Tú sabes que yo no tengo solución a ese problema y ahora lo pones en mis manos para que cuando fracasemos, yo sea la culpable. Yo no me merezco eso de ti. Además, ese lenguaje no concuerda con tu condición de joven revolucionario. Eso de que aquí para conseguir algo hay que estar en desgracia, pudiera interpretarse como un planteamiento contrarrevolucionario. Yo no quisiera escuchar esas cosas de tus labios. Me da miedo pensar que un día por estar hablando en esos términos, vayas a tener problemas.

- No mi amor; yo sé que ni tú ni yo tenemos solución a nuestro problema. Yo lo que no quiero es tomar una decisión con los recursos de otras personas. Yo no puedo decidir que nos vamos a casar para ir a vivir a un cuarto en casa de tu madre. Eso lo decides tú. Yo no tengo cuarto; tú sí. En cuanto a lo que te dije de que hay que estar en desgracia para conseguir algo, vamos a analizarlo objetivamente1 como te gusta a ti y saquemos conclusiones. Si no nos casamos, nunca te imagines que nos van a dar un apartamento. ¿Te has puesto a pensar que en nuestro país una pareja de jóvenes solicite un apartamento al Gobierno Revolucionario para contraer matrimonio?. Eso es una utopía; un sueño imposible de lograr. Si nos casamos y no tenemos hijos; siempre habrá por delante de nosotros un montón de gente con mucho más necesidades y por lo tanto estarán por delante en el escalafón. Si tenemos un par de hijos, entonces habrá un montón de gente que tiene mucho más tiempo de trabajo y de servicio que nosotros, ya que somos recién graduados y cuando reunamos todas esas condiciones, hay que estar ligado a la comisión que otorga las casas etc. etc. etc.

-¿Entonces tú me quieres decir que nunca vamos a tener una casa donde vivir y formar una familia?-

- Yo sería incapaz de insinuar eso, mi cielo, pero no quiero que nos llenemos de ilusiones sin una base objetiva. ¿Te has puesto a contemplar los millones de gentes que viven diez y doce y catorce en una casa en nuestro país?

La angustia se apoderó de aquellos dos jóvenes que hacía unos minutos estaban llenos de entusiasmo por la vida. Todas sus ilusiones se vieron de momento en un pozo oscuro donde la iluminación no dependía de ellos, sino de circunstancias y decisiones de personas ajenas a ellos. Había que esperar; pero no sabían ni hasta cuándo, ni para qué. Era mejor olvidar el asunto y no tocarlo por el momento.

Cuando sus cuerpos se secaron de tanto aire, de tanto frío y de tanto manoseo, los jóvenes se pusieron sus ropas secas y caminaron lentamente hacia la parada de las guaguas. Esta vez iban silenciosos. No se atrevían a decirse nada. Temían lastimarse por una cosa que no tenía solución; pero lo peor era que no lo podían apartar de su mente. Si se querían, tenían que casarse. Si se casaban, tenían que vivir juntos. Para vivir juntos necesitaban una casa, un apartamento un cuarto. Ninguno de los dos lo tenía ni tampoco la manera de comprarlo (no lo vendían); ni de alquilarlo (no lo alquilaban). La única salida era mudarse al cuartico de su madre y enfrentar lo que viniera. La otra era esperar y ellos ya no podían hacerlo. El amor era como un fuego dentro de ellos mismos que no les permitía esperar. Por otro lado, eran dos futuros profesionales. No tendría sentido hacer una carrera universitaria, con los sacrificios y privaciones que ello significa, para luego seguir dependiendo de que alguien por encima de ellos decidiera cuándo casarse y dónde vivir.

Llegaron a la parada. Esperaron una hora y media. La guagua que vino estaba llena y no alcanzaron asientos. Ese día habían pocos turistas, pero también habían pocas guaguas. Tuvieron que viajar de pie; pero ellos estaban acostumbrados. El recorrido duraba poco más de una hora. Lo hicieron el uno prendido del otro para evitar los naturales rozamientos de quienes comparten la guagua con ellos. Esto era poco menos que imposible.

- Compañero, dijo Héctor al viajero que estaba prácticamente encima de su novia y le rozaba las nalgas con el brazo izquierdo, ¿sería posible que usted se moviera hacia allá para yo poder moverme hacia aquí?

- ¿Qué es lo que tu quieres, chico?, repuso molesto el interpelado. ¿Tú no ves que no hay pa'donde meterse?

- No se moleste compañero, continuó Héctor; yo sé que no hay mucho espacio; pero esta compañera es mi novia y me la estás rozando con el brazo.

- ¿Y porqué no te compras un Lada pa'que vengas a la playa en carro particular?, repuso agresivo el contendiente.

- Si yo pudiera tener un carro, continuó el estudiante, no necesitaría tu consejo; pero como que todos debemos compartir lo que tenemos, te pido que no sigas rozando a mi novia.

- Pues si tú quieres que me corra pa'otro lado, búscame un asiento y todo se resuelve, fue la conclusión del agresivo viajero.

- Ay mi hijo, intervino Marcia hablándole al oído al novio. ¿Cuando tú te vas a acostumbrar a andar apretado en las guaguas y no hacer caso de los rozamientos y apretones? Deja eso, Héctor.. parece mentira.

Apenas si se hablaron. Estaban enfadados, pero no el uno con el otro. No sabían con qué ni con quién; pero no querían imaginárselo. Ni siquiera el atrevido y mal educado sujeto que se tropezaron en la guagua, tenía la culpa de tantos problemas. Antes de despedirse se tomaron de las manos. Héctor fue el que habló:

- Somos unos estúpidos. Discutimos por cosas que no dependen de nosotros. Todo nuestro amor, se ve empañado por esas pequeñeces de la vida que no tienen nada que ver con nuestros sentimientos. Lo importante es que nos queremos y que pase lo que pase, nada nos va a separar. Cuando terminemos la carrera; nos vamos a casar pase lo que pase. Lo que venga luego, lo enfrentaremos y siempre permaneceremos unidos. Si tenemos problemas en las guaguas, nos iremos a pie; pero siempre juntos.

- Héctor, le contestó ella, si no fuera por la fe que tengo en ti, yo no sé qué sería de mí. A veces veo tantas dificultades en el país, tantas arbitrariedades y tanta ineficiencia, que no veo la manera de que todas esas cosas se puedan solucionar. Yo a tu lado me siento fuerte. Yo contigo iría al fin del mundo.

- No te olvides que la Revolución nos ha dado una carrera para que con nuestro conocimiento y nuestro esfuerzo, ayudemos a resolver todas esas dificultades.

- ¿Y tú crees que las resolveremos, mi amor?

- Tenemos que resolverlas, linda, si no, no sé a dónde iremos a parar.

Se despidieron aquella tarde llenos de fe y de confianza en el futuro de ambos. Sus sueños, sus ilusiones no les permitían ver la realidad del país. Si el país marchaba mal, ellos marcharían bien. Para ser felices no hacían falta tantas cosas; bastaba con quererse y ellos se querían. Cada cual tomó para su lado. El, para su albergue de estudiante becado en la Universidad; ella, para su humilde casita en un barrio de las afueras de la capital. Al otro día se encontrarían y todo seguiría como en el verdadero paraíso.

FIN DEL CAPITULO I

Capítulo II: Escasez de Medios
Capítulo III: Bodas de profesionales
Capítulo IV: Buscando un techo
Capítulo V: Ni casa, ni esperanzas
Capitulo VI: Hotel de cinco estrellas
Capítulo VII: La llegada de Héctor Augusto
Capítulo VIII:¿Dónde metemos al niño?
Capítulo IX: La universidad de la calle...
Capítulo X: Proyecto de un largo viaje
Capitulo XI: Traidor, ¿A quien y por qué?
Capítulo XII:Seguridad, ¡Qué incertidumbre!
Capítulo XIII: Aprendiendo a mentir
Capítulo XIV: Más deserciones
Capítulo XV: A divorciarse del traidor
Capítulo XVI: La manzana de la discordia
Capítulo XVII: Peligrosa Reconciliación
Capítulo XVIII: Bodas de Mentira
Capítulo XIX: ¡Qué Cara es la Libertad!
Capítulo XX: Consumatum est

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