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Este jueves, numerosos
disidentes viajaban por la única carretera nacional cuyo kilometraje,
gracias a los comunistas, no se cuenta desde el diamante del Capitolio.
O para ser más preciso: del lugar donde se supone que esté esa joya, ya
que después que los castristas levantaron el enchape de oro de la
cúpula, yo no me atrevo a asegurar que el brillante siga en su sitio.
En esa Autopista Nacional, que el pueblo prefiere llamar Ocho Vías,
avanzábamos en el mismo sentido, coincidiendo a veces en un parador,
como en una nueva versión de La Noche de Varennes. Íbamos de La Habana a
Santa Clara, a visitar el hospital donde se cumplía el día 135 de la
epopéyica huelga de hambre y sed del licenciado Guillermo (Coco)
Fariñas.
La víspera se había conocido la disposición del régimen a liberar a las
veintenas de opositores pacíficos encarcelados en marzo de 2003 que
permanecen entre rejas. Tan pronto se supo la noticia, los dirigentes de
la Agenda para la Transición Cubana —la coalición ideada por el mismo
Fariñas— coincidimos en la necesidad de convencerlo para que cesara su
protesta.
De inmediato comenzaron las llamadas a hermanos de luchas, instándolos a
viajar para tratar de convencer al Coco —cuyo recio carácter es bien
conocido por todos— de que lo correcto, en las nuevas circunstancias,
era que él terminara su huelga.
En los jardines del Hospital Provincial de Villa Clara coincidimos
docenas de opositores. El nutrido grupo de los habaneros y visitantes de
otras provincias se unió a numerosos santaclareños. Nuestra presencia en
el lugar concitó la mayor atención de los visitantes y trabajadores del
centro asistencial; la policía política también estaba presente.
Pese a la sistemática desinformación que trata de sembrar la prensa
oficialista —la misma que convirtió al Coco de “mercenario” en
“paciente”—, por la ciudad de Marta Abréu (que los comunistas quieren
convertir a la brava en la del Che) corría ya un insistente rumor: “El
de los derechos humanos que está muriéndose en el hospital hizo que el
gobierno soltara a un montón de presos”.
En esta ocasión cabía citar el refrán: Vox populi, vox Dei. Ciertamente
el comentario que imperaba este 8 de julio entre el pueblo santaclareño
era la voz de Dios; es decir: la de la verdad.
Poco antes de las dos nos llegó la noticia de que Fariñas, ante el
masivo pedido de los opositores, había accedido a tomar su primer sorbo
de agua en 135 días. De inmediato se oyeron los gritos lanzados por la
dirigente espirituana Ana Margarita Perdigón y coreados por todos los
disidentes: “¡Vivan los derechos humanos! ¡Libertad para los presos
políticos! ¡Viva el Coco!”
Creo que es justo que Fariñas sienta la satisfacción de haber
sobrecumplido su deber. Pero esa jornada memorable no debe hacernos
olvidar que su preciosa vida pende de un hilo: Su estado sigue siendo
crítico, y debemos seguir rezando para que empiece a mejorar
paulatinamente.
En el ínterin, debemos estar alertas: Por una parte, debe trabajarse
para que el régimen cubano cierre su “fábrica de presos políticos”. No
mucho se habrá logrado si salen los actuales cautivos de conciencia y al
poco tiempo ingresan otros.
Por la otra parte, si —no lo quiera Dios— se produjera cualquier giro
desfavorable en la situación del Coco, no debe olvidarse que el único
culpable de un desenlace indeseable sería el mismo régimen, que
empecinadamente esperó hasta el último momento para aflojar la mano.
La Habana, 12 de julio de 2010.
René Gómez Manzano
Abogado y periodista independiente
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