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El pecado original
Pedro Corzo
Julio 2008
Los que cargan con el
pecado original de haber enfrentado la espada flamígera de la Utopía,
fueron sindicados de responder a intereses personales, influencias o
mandatos extranjeros.
El régimen y sus
partidarios no entendían del derecho a disentir, tampoco de la apatía
ciudadana que padecen tantos individuos o simplemente de que la persona
estaba actuando de acuerdo a sus convicciones. Todos eran echados a un
saco que tenía que ser eliminado y en el mejor de los casos, golpeado y
mancillado.
Cierto que había de
todo en aquella viña como también en el campo verde olivo de la naciente
dictadura, pero generalizar era más fácil. Importante restar valores
morales y desprestigiar a los que enfrentaban las promesas, hacerlo, era
útil para los perros y para sus amos.
Aquellos que dijeron No
a las propuestas, fueron de inmediato identificados como lacayos de
Estados Unidos, calificados de gusanos y en consecuencia padecieron todo
tipo de discriminación, tanto en los estudios como en los centros
laborales.
Dejaron de ser cubanos,
pasaron a ser traidores, vende patrias que sólo querían la destrucción
del país y su subordinación a una nación extranjera. No importaban los
antecedentes de individuo. No interesaban al Poder ni a sus partidarios
la conducta de vida del que disentía, simplemente el no o la neutralidad
ante el Proyecto, convertía al sujeto en un ser deleznable que merecía
el peor de los castigos.
Lo anterior es la
descripción de una realidad pero sin los miedos, temblores y sangre de
las víctimas o ser convocado por la dirección del centro laboral o de
estudio y encontrarse en medio de una turba que pide Paredón o que te
conduzcan a la cárcel.
Caminar por una calle y
de pronto ser rodeado por un grupo de individuos que la emprenden a
golpes contra ti, o simplemente subir a un autobús y un sicario alardoso
te ponga un revolver a la sien y te diga “gusano de mierda, si te mueves
te acabo” y que el resto de los pasajeros guarden silencio o lo que es
peor, inciten al esbirro para que haga lo que prometió.
Estar en una fiesta y
cuando sales de la misma encontrar que la casa está rodeada por una
turba que ruge odio y clama venganza por algo que ignoras. Ir a misa y
que te griten, te ofendan, por creer en otro Dios que no es el oficial.
Juicios sin testigos para la defensa. Con abogados que compiten con los
fiscales en encontrar culpabilidad.
Juicios populares, en
plazas públicas, donde solo llegar al estrado te hacia sentir como el
más miserable y desarmado de los gladiadores que sabía que se estaba
enfrentando al tigre con las manos atadas. Allí, tan sicario era el
tribunal como el público que presenciaba el proceso. Aquella turba rugía
cuando el espurio tribunal hacia pública la condena que había decidido
antes del proceso.
Abandonar el país por
las causas que fueran y ser obligado a realizar labores que no están
relacionadas con tu actividad. Dejar la casa por semanas, reducir tu
calidad de vida a la de esclavo y saber que una simple protesta puede
impedir se cumpla tu voluntad de abandonar el infierno que han creado
para tu tortura. Los bienes del obrero, profesional o millonario, sin
importar como fueron adquiridos, confiscados sin posibilidad de debate.
Los mítines de repudio
no fueron inventados en los ochenta, en esa década simplemente el
régimen actuó mas descarnadamente porque conocía de la impunidad de la
que disfrutaba. En aquellos vergonzosos actos participó un número
considerable de la población cubana, una responsabilidad colectiva que
debe avergonzar a quienes se prestaron para aquellas ignominias. La
diferencia entre la horrible noche nazi de los “Cristales Rotos”, con
los actos de repudio del Mariel, es que aquello duró unos pocos días y
en Cuba las manifestaciones se exten-dieron por meses y todavía se
repiten.
Campos de concentración
sin hornos, sin cremaciones como los de Dachau, pero con esbirros con
suficiente crueldad para hacerte sentir solitario y abandonado por el
mundo. Un régimen carcelario cruel, de inhumanidad sin nombre. El
paredón, la ejecución en silencio, la partida de tu amigo o la tuya, la
cual era sólo conocida por la victima y los allegados que no habían
incurrido en la apostasía.
De esta situación no se
salvaron ni los hijos de los desafectos, ellos padecieron de sus
compañeros de escuela y de vida, el mismo acoso y los mismos ataques que
sus padres.
En la Isla no hubo
adolescencia inocente. Muchos maestros se encargaban de hacer público el
entorno del pupilo y no pocos con-discípulos, imitando a los pequeños
del “Señor de las Moscas”, disfrutaban en aislar o acosar al muchacho de
familia “rara” con el que compartían la clase.
Estos horrores y muchos
omitidos por falta de espacio, forman parte de la Memoria reciente de
nuestra nación y no deberían ser usados para ninguna vendetta; para
devolver la crueldad de los victimarios que por participación u omisión
tienen responsabilidad con lo ocurrido en Cuba en estas cinco décadas
pero debe ser divulgado, dado a conocer o recordar a quienes demonizan y
cuestionan a los que se niegan a aceptar a los renegados.
No debe haber espacios
para la venganza, la sociedad cubana debe actuar responsable-mente y un
estado de derecho propiciar las reparaciones que se crean pertinentes,
pero el perdón y el olvido es algo personal, individual, nadie tiene
derecho a exigir que el torturado deje de pensar en sus cicatrices.
Por otra parte, es más
que aceptable que personas de buena fe, que no participaron en el
aquelarre castrista de los últimos cincuenta años demanden perdón y
olvido, exijan una reconciliación de las partes en conflicto, pero
cuando el reclamo viene de victimarios renegados o de quienes por
práctica inte-lectual o profesional y por conveniencia, callaron y
cerraron los ojos a la realidad que padecían sus con-ciudadanos, es un
pedido que ofende y obliga a preguntar: ¿estás avergonzado de tus
complicidades, de los privi-legios que disfrutabas, apenado de quienes
quedaban en la orilla cuando recibías las bendiciones del
totalitarismo?.
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