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Crónicas
de la triste realidad cubana
Iraida
Concepción Urrutia
La Habana, Cuba
Vencida por el tiempo y
las promesas, tras entregarlo todo, la generación nacida en los años 60
carga en sus espaldas el fracaso socialista.
La generación nacida en
los sesenta cumplió, o está por cumplir, 40 años. En Cuba, esas cuatro
décadas han definido circunstancias muy diferentes a las del resto del
mundo para la fuerza técnica calificada. Los cuarentones de hoy se
espantan al mirar atrás y recordar con qué promesas comenzaron su vida y
tienen terror de comparar lo que esperaron tener con lo que tienen.
Diríase que han sido cuatro décadas en que la opción individual de
cientos de miles ha sido una carrera desatinada hacia ninguna parte,
azuzados por himnos y consignas que cada vez suenan más cascados y
obsoletos.
Desde la infancia del
cuarentón de hoy, cuando vestía su almidonado uniforme de pionero y
aprendía a jurar que sería como el Che, todos le convencieron de que el
futuro sería indefectiblemente luminoso. Las estrecheses de los hogares
cubanos eran compensadas con la fe en ese futuro mejor.
No importaban los
apagones, las movilizaciones cañeras, los zapatos plásticos, el gofio
como sustento infantil, si el país sería una inmensa obra en
construcción donde a toda hora sonarían las concreteras y los martillos
y que se iría llenando de escuelas, hospitales y viviendas hechos en
serie, que anticipaban el supuesto bienestar del futuro.
No importó tampoco que
rusos, búlgaros y checos se metieran en todo y modificaran en un
periquete las más criollas tradiciones de trabajo, pues a cambio
inundarían el país de petróleo y tractores, camiones y ladas, frasquitos
de comota, películas de guerra, chícharos y maquinaria pesada con la que
se construiría la industria del futuro de la que tanto se nos hablaba.
Luego, y a pesar de la
"hostilidad del imperialismo, algunos los cuarentones de hoy que
tuvieron suerte, fueron llevados a aquellas famosas Vueltas a Cuba que
como premio a la explotación laboral de sus padres se le daba a los
obreros galardonados como vanguardias nacionales etc, donde podían
hospedarse en los hoteles del país no destinados a extranjeros; mientras
los más afortunados (los dirigentes políticos) daban la vuelta aún más
lejos, en las "giras por los países socialistas", donde el futuro
parecía brillar en todo su esplendor.
La inocencia de los
cuarentones de hoy se fue perdiendo en las becas donde se libraban
sórdidas batallas nocturnas y los profesores tenían odaliscas
particulares. Era el tiempo de otros sacrificios: inventar un pantalón
campana con tela de saco de harina, esconderse para escuchar la música
favorita en emisoras enemigas, sobrevivir con la asquerosa pitanza
servida en bandejas de aluminio, la lucha por conservar unos centímetros
más de pelo, la primera afeitada con la cuchilla Gillette que le
mandaron a alguien, pegada en una postal desde el país enemigo.
Detrás de las cuchillas
un buen día vino "la Comunidad". Hubo que sonreírles a señoras teñidas
de rubio, fragantes y sonrosadas, que se asombraban de lo grande que
estaban los muchachos y regalaban productos de la maldita sociedad de
consumo, donde, al parecer, nadie tenía que sacrificarse tanto para
asegurarse un futuro luminoso.
Pero lo mejor era no
pensar en cuestiones metafísicas: llegaba el momento de escoger con qué
carrera cada adolescente iba a construir el futuro, sonaba la hora de
estudiar en la universidad.
Los cuarentones de hoy se
vieron, de pronto, instalados en Novosibirsk, o en Vladivostok, en Bakú,
Tashkent o Tbilisi, estudiando especialidades con nombres insospechados
en el pequeño país caribeño: Física Nuclear, Electrónica Aplicada a la
Computación, SAD-PT y así por el estilo.
Predominaban las carreras
técnicas, pues todos querían ser ingenieros o científicos para hacer que
el futuro llegara más rápido. Mientras, los cuarentones de hoy que se
quedaron en Cuba, invadían también frenéticamente las escuelas de
ingeniería y sólo unos pocos, desafiando la oleada tecnicista, hacían
unos tímidos estudios sociales.
El que no iba a ser
médico o ingeniero, tenía el sagrado deber de meterse en el Destacamento
Pedagógico, con vocación o sin ella. ¿No era acaso lo que necesitaba la
patria? Las nuevas generaciones hervían de entusiasmo, pues con una
juventud casi profesional no habría país que compitiera con este.
Pero cuando los
cuarentones de hoy terminaron sus estudios, se encontraron que no había
donde utilizarlos. La mayoría de las especialidades que habían estudiado
resultaban completamente inútiles, pues en Cuba aún no se podían aplicar
los novedosos conocimientos adquiridos.
Los que venían de tierras
distantes regresaron con sus visiones particulares del socialismo -que
extrañamente no se parecían mucho entre sí- pero compartían un status de
aristócratas técnicos muy chico. Además, regresaban cargados de símbolos
del futuro socialista que hacían sonreír a los que conocían el otro
"futuro" (el pasado): muebles, bibelots e incluso exóticas mujeres con
axilas sin depilar.
No obstante, la riqueza
soñada nunca pareció más real que cuando el cuarentón de hoy empezó a
trabajar en el desatinado sistema empresarial cubano. Muy pocos lograron
avanzar en su especialidad: la mayoría era necesaria, para dirigir con
nuevas estrategias aquellas entidades donde el socialismo ya había
materializado su ineficacia económica.
La "política de cuadros"
y el Partido acogieron con brazos abiertos la nueva hornada de
profesionales, pues la ineficacia, obviamente, se debía a la caterva de
jefes veteranos que, dormidos en los cojines de sus medallas militares,
no daban pie con bola en la economía política, ni en los planes
quinquenales. Siguiendo el ejemplo de la gran Rusia, había que emprender
la "rectificación de errores".
Lo que nadie podía
imaginarse era el vuelco total de la historia que empezó con la
Perestroika. Ni lo que siguió: la caída del Muro de Berlín arrastrando
al bloque del este. Y por extensión, tampoco nadie previó la onda
expansiva que haría tambalearse al país caribeño en ese abismo llamado
Período Especial.
Muchos cuarentones de
hoy, más o menos situados, emigraron en balsa en 1994, dejando sus ladas
y su carné del Partido; el resto se quedó vegetando y se convirtió en
aquella masa famélica que se lanzaba al campo a cambiar las ropas por
plátanos y los zapatos por cerdos, pues para entonces ya sus hijos
ocupaban el primer puesto indiscutible en el orden de prioridades de la
supervivencia.
Por primera vez, la Fe
del cuarentón se estremeció profundamente. Las promesas en las que
siempre creyó debían reconsiderarse. Del enternecedor optimismo que lo
alimentaba hasta entonces, cayó en el desconcierto, la incertidumbre y
el miedo.
Para colmo, la apertura
de tiendas en divisas (fuera de su alcance) lo condenaron a una
competencia desgarradora con sus contemporáneos por descubrir y explotar
algún medio de entrada de dólares, para lo cual sus estudios
especializados no le servían de nada. Así, cientos de arquitectos,
ingenieros y médicos fueron a servir cócteles y limpiar habitaciones en
hoteles para turistas, que encontraron por demás muy distintos, de
cuando dichosos, daban la Vuelta a Cuba con sus padres y donde ahora sus
propios hijos no podían entrar.
Esa época fue más oscura
por la muerte de las ilusiones que por la muerte de la economía. El
cubano se acostumbró a la degradación total, aún cuando la crisis se
suavizaba lentamente. Los valores éticos profesionales fueron puestos al
revés como un abrigo viejo. No es extraño, entonces, que la voluntad de
la nación, salvo honrosas excepciones, se aplanara a un nivel animal, de
manipulación absoluta por parte del gobierno.
Y he aquí al cuarentón de
hoy, que todavía lleva dentro al pionerito de pañoleta que creía en el
futuro luminoso, sin saber que decir a sus hijos adolescentes que odian
la idea de estudiar en la universidad, le piden jeans de 20 dólares y
sueñan, sin excepción, con ser camareros o emigrar a Estados Unidos. Su
vida es un círculo vicioso de trabajo inútil, colas interminables y
malabares con el salario.
No puede ni tirar una
canita al aire: los romances cada día son más caros. Se desliza hacia
los cincuenta sin que ninguno de sus sueños se haya hecho realidad. Se
le ponen los dientes largos cuando se entera del éxito de sus
contemporáneos que lograron instalarse "afuera".
A veces atormentado por
el insomnio, se pregunta por qué no tuvo valor para echarse al mar en
una balsa y adónde fue a parar el paquete de promesas en el que le
hicieron creer. Quisiera saber para qué sirvió tanto sacrificio, tanta
juventud malgastada. Le parece mentira que ya está en el futuro, en ese
futuro que imaginaba tan distinto.
Le cuesta aceptar que su
cuota de futuro se ha agotado.
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