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Tratamiento urgente
para un hospital en
La Habana
Frank Correa, periodista
independiente cubano. La Habana, Cuba
Tomado de Medicina Cubana, 03/04/2008
El Hospital Materno
Eusebio Hernández, de Marianao, en Ciudad de La Habana, es uno de los
más importantes de la capital, pero necesita tratamiento urgente.
Desde temprano se observa
un gran número de mujeres embarazadas en el Hospital esperando la
consulta correspondiente.
Lo primero que se observa
es la falta de baños y el malestar de las mujeres en estado de
gestación, que necesitan utilizarlo con frecuencia. Hay solamente dos y
las auxiliares de limpieza no los abren hasta las nueve. Las embarazadas
deberán esperar a que los limpien.
La algarabía no deja
escuchar los gritos de las enfermeras llamando por sus nombres a las
mujeres. De repente, sobre el murmullo colectivo, se eleva una voz:
-¿Quién fue el idiota que
te mandó para aquí? ¿No sabe que hace un mes no se están haciendo
exudados vaginales por falta de aplicadores?
Un médico canoso y con
gafas acaba de soltarle una reprimenda a una joven incauta que sostiene
en la mano la remisión.
En la consulta de
Hematología la doctora no ha llegado, pero la enfermera advierte a las
embarazadas que deben pasar por el laboratorio a recoger ellas mismas
los resultados de los análisis o no podrán ser atendidas. Entonces
muchas mujeres se abalanzan en tropel por el pasillo, pero un hombre con
bata blanca y cara de sueño las detiene en la puerta del laboratorio.
-La secretaria no ha
llegado todavía. Los análisis están allí –señala hacia una caja que
contiene un paquete de papeles-, pero ella es la única que puede
entregarlos.
Al fin hay un baño listo
y las embarazadas forman una cola que avanza poco a poco, mientras que
la auxiliar de limpieza muestra unos hules para colchones de recién
nacidos, evidentemente sustraídos del hospital y los oferta a cien pesos
cada uno.
Se establece una buena
comunicación con la auxiliar de limpieza, que cobra un peso por cada
embarazada que utilice el servicio, mientras les explica que el Hospital
es un caos, que no hay agua casi nunca, que los baños de la sala están
en crisis, con insectos y bichos y que se cuiden de no parir allí o en
último caso acudir sólo cuando los dolores sean imposibles de resistir.
En la medida que van
aliviando sus esfínteres, las gestantes regresan al laboratorio, pero la
secretaria no ha llegado. Las voces suben de tono, en una protesta
colectiva, mientras el laboratorista, con cara de sueño repite que nada
se puede hacer hasta que no llegue la secretaria. Por suerte tampoco ha
llegado la doctora hematóloga. Las embarazadas, la caja sobre la mesa,
donde está el paquete de papeles con los resultados de los análisis.
Insisten, pero no hay solución.
Un policía, marido de una
de las mujeres, penetra en el laboratorio, toma el paquete de análisis a
la fuerza y comienza a leer en voz alta los nombres. Las embarazadas, ya
con los resultados en la mano regresan corriendo a la consulta pero la
doctora aún no ha aparecido.
-¡Eso es abuso de poder!
–dice el laboratorista con la caja vacía en la mano y mirando con odio
al policía.
-¡Lo sé! -dice el
uniformado y exclama-: ¡potencia médica! Está bien.
¿Pero dónde están los
trabajadores de la salud?
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