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EL PROBLEMA RACIAL EN CUBA
CUBANO es
más que negro, mulato o blanco
Por Oscar Espinosa Chepe
Economista y periodista independiente cubano.
La Habana – Cuba
En
el proceso de involución general existente en la sociedad cubana desde
hace años, no han faltado perniciosos efectos sobre la situación racial.
La forja de la nacionalidad, acaecida fundamentalmente en el siglo XIX
al calor de la lucha conjunta por la libertad de blancos y negros, hizo
que los problemas raciales fueran menos críticos que en otras latitudes,
a pesar de que la esclavitud del negro duró institucionalmente hasta
1886.
Con la instauración de la
república, a inicios del siglo XX, se reforzaron los pasos hacia la
integración racial. No obstante, se mantuvieron diferencias a favor del
blanco en cuanto a riqueza y poder, basadas en que la población negra y
mulata procedía de los estratos más humildes, en última instancia
descendientes de antiguos esclavos, así como en prejuicios alimentados
por tanto tiempo de explotación esclavista.
De todas formas hasta 1959
muchos intelectuales, profesionales y artistas negros fueron ejemplo de
progreso, aunque realmente las vías para alcanzarlo eran generalmente
más arduas que las enfrentadas por los blancos para lograr iguales
posiciones. Los mejores clubs y sociedades recreativas eran únicamente
para blancos y, en sectores importantes, como la banca y el comercio, no
resultaba fácil encontrar a personas de piel más oscura, a pesar de
leyes anti-racistas dictadas con posterioridad al proceso de cambios
sociales iniciados en 1933.
Fueron los sindicalistas no
castristas los que lograron incluir en los bancos, el comercio.
Con el triunfo de la
revolución, en 1959, la retórica de los nuevos dirigentes políticos a
favor de la igualdad racial promovió esperanzas de obtener una sociedad
más justa. Las playas, las sociedades y las escuelas acogieron a todos,
con amplias perspectivas para el acceso a la educación y el trabajo.
Esto fueron factores que granjearon apoyo a las fuerzas que asumieron el
poder por parte de la inmensa mayoría de los cubanos.
En su primera etapa, el
nuevo Gobierno tuvo avances en la lucha contra los prejuicios raciales.
Los buenos propósitos no siempre pudieron cumplirse. Si las escuelas y
muchos centros de estudios se nutrieron ampliamente de mulatos y negros,
así como tuvieron mayor espacio para la actividad deportiva y acceso a
la recreación, los progresos no fueron iguales en el disfrute de
viviendas decorosas o en la elevación del nivel de vida, lo que también
afectó a toda la población, a pesar de la enorme ayuda económica
recibida del bloque soviético hasta 1989.
De todas formas, negros y
mulatos estuvieron entre los sectores que mayor apoyo rindieron al
régimen, en función de la propaganda oficial dirigida a presentarse como
defensor de los estratos más humildes de la sociedad cubana. Por eso,
hasta esa fecha, el por ciento de cubanos con piel más oscura que se
asentó en Estados Unidos fue significativamente minoritario; hoy,
estimada en alrededor del 15 % del total.
Cuando ocurrió la pérdida de
las subvenciones de la Unión Soviética y Europa del Este, y en Cuba se
produjo la crisis económica más aguda de su historia, los negros y
mulatos fueron los más golpeados, por ser los menos preparados
económicamente para enfrentar la crisis a causa de las desigualdades no
superadas y por constituir el sector poblacional con menos familiares en
el extranjero y, en consecuencia, con menores ingresos provenientes de
las remesas. En el país esa ayuda es vital, pues resulta imposible vivir
con un salario promedio mensual equivalente a alrededor de 17 dólares,
según fuentes oficiales. Con una crisis tan prolongada en modo alguno
debe sorprender que en las atestadas cárceles de la isla la abrumadora
mayoría de los internados sean negros y mulatos, lo que tuve el
privilegio de apreciar durante mi cautiverio en la Prisión Provincial de
Guantánamo, el Reclusorio de Boniato en Santiago de Cuba y el Combinado
del Este en La Habana.
Tampoco debe sorprender que
en las casas de vecindad, cuartearías y solares, donde malvive hacinada
un alto porcentaje de la ciudadanía, los mulatos y negros sean
sustantivamente mayoritarios. Resulta comprensible que estas condiciones
sean poco propicias para el desarrollo de la virtud y el
desenvolvimiento intelectual de los seres humanos, a pesar de discursos
y alegatos favorables a la integración racial.
Según el último censo
(2002), el 65,0 % de los cubanos son blancos, el 10,1 % negros y el 24,9
% mestizos. Estos porcentajes pudieran no ser exactos, teniendo en
cuenta lo que se aprecia en las calles en cuanto a una proporción mayor
de los dos últimos grupos raciales. Tampoco se corresponden con quienes
ocupan cargos de dirección política y administrativa, en su inmensa
mayoría blancos, lo cual es tan evidente que el general Raúl Castro lo
ha señalado en varias ocasiones. Paradójicamente, la sociedad en Estados
Unidos, tan criticada en Cuba y que en 1959 tenía una situación racial
más compleja que la cubana, en los últimos 50 años ha progresado en
términos relativos mucho más, con una actuación relevante de negros en
todos los campos, como Collin Powell, Condoleezza Rice, y Barack Obama,
por méritos propios y no como sucede en Cuba en ocasiones "escogidos"
únicamente por razones propagandísticas.
El problema racial existe y
aumenta con la crisis. Está concatenado con la compleja y difícil
situación presente en la sociedad cubana desde hace años, sin visos de
solución. Como muchos otros graves problemas, sólo podrá ser resuelto en
una sociedad que goce de entera libertad y respeto a los derechos
humanos; cuando sean eliminadas las ataduras impuestas por un sistema
centralizador, dogmático y disfuncional impuesto al pueblo cubano.
El comienzo de la solución
del problema racial es una tarea de todos los cubanos, en el marco de
una indispensable reconciliación nacional por encima de diferencias
ideológicas, y de otro tipo, sobre la base de que, como dijera
José Martí: "Cubano es
más que blanco,
más que mulato, más que
negro".
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