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LAS DOS CUBAS
Por: María Elena González Peluca
Crónica de un viaje a La Habana
Días atrás en la noche cálida del Caribe,
compartimos una excelente cerveza cruda, dispensada en un sofisticado
vaso de vidrio. Como en cualquiera de esas plazas europeas de calles
empedradas, rodeadas de antiguos edificios, donde los turistas pasean
comen, beben y conversan; esto fue un incómodo privilegio en la
restaurada Plaza Vieja de La Habana colonial.
Parte de La Habana prerrevolucionaria revive
con garbo y elegancia para los turistas. La sólida arquitectura del
Hotel Nacional se erige señorial a sus casi 80 años, con su maravillosa
vista al mar, jardines perfectos, terrazas con grandes sillones de
mimbre donde los turistas consumen costosas bebidas.
Visitamos la Marina Hemingway, un exclusivo
complejo, con canales y espectaculares residencias para los acaudalados
que llegan en sus lujosos yates, como en Miami Beach. El acceso
rigurosamente controlado.
En esos sitios se consume lo mejor. Allí no
hay cubanos, excepto los trabajadores y los invitados. En la Cuba del
turista y de otros privilegiados, todo funciona bien y muy bien. Hay
abundancia, riqueza y acceso a Internet ísimo-.
Pero en las calles está la mayoría de a pie.
Los que andan a la caza del “rebusque”, los y las jineteras (os) que
acosan al turista, sin pararle a la edad o apariencia.
Durante días anduvimos por donde la
prudencia permitía y la curiosidad nos llamaba. Hablamos en encuentros
casuales con gente sencilla.
La libreta de racionamiento registra lo que
el Estado da: 6 libras de arroz y de azúcar, 6 huevos, ¼ de litro de
aceite, un trozo de carne o pescado, un jabón de aseo cada dos meses y
uno para la ropa cada tres. Ni granos, ni frutas, ni legumbres, ni leche,
sólo para menores de 7 años.
En una escuela al lado del Capitolio, los
niños de 7º a 9º grado, entre 12 y 14 años de edad, reciben “una comida
fuerte” para que resistan las ocho horas: pan con queso o mortadela, o
una hamburguesa, o arroz, o un huevo con pan. No se permite aras de la
igualdad- que lleven comida desde su casa. Vemos un cartel: “Bienvenido
Presidente Chávez”. Preguntamos, “Ah, ¿estuvo por aquí?”. “Nooo”,
responde sin malicia el cuidador, a él lo llevan a otras escuelas
mejores.
Unos dicen que la salud está bien atendida,
otros la cuestionan. Algunas se consiguen en “la libre” (el mercado);
las toallas y sábanas dan grima de tanto usarlas. Hay consultorios
cerrados, faltan médicos porque están en Venezuela o Bolivia. “Nos
faltan muchas cosas” dice de forma cautelosa una médico dermatóloga con
más de 20 años de servicios, que gana 26 cuc. Cierto, les falta buena
alimentación, el primer mandamiento de la salud. Las mejores clínicas
son para los extranjeros o sus gobiernos, que pagan en convertibles.
Allí no van los cubanos.
Todos pueden ir a la universidad; así, hay
mesoneros agrónomos, mucamas graduadas en Biología, etc. La mayoría
rechaza la oportunidad ¿Para qué estudiar?. Un economista que da clases
por televisión en “Universidad para todos” critica la propiedad privada
y la privatización del conocimiento en el sistema capitalista y remata:
“Esto explica que en el capitalismo la ciencia no avance”, una mentira
que sólo un prisionero mental acepta. Granma y Juventud Rebelde
despachan en “cuatro páginas” la información y el acceso a Internet y al
correo electrónico son privilegios. Nadie se entera de nada que el
Estado quiera silenciar”.
“Aquí el Estado es dueño de todo y se
encarga de todo”, responden a la pregunta: “¿Y esto es suyo?”. Confiesan
su malestar y no se tragan que todo es culpa del embargo, aunque
desconozcan las cifras oficiales del comercio con Estados Unidos que
subió más de 100 veces entre el 2001 y el 2006. El seglar franciscano
dice que esto es una enorme falacia. Hay una Cuba revolucionaria que
derrotó al mercado pero vive de la otra Cuba, la de los turistas, donde
funciona el mercado controlado, pero mercado al fin.
Para los nativos todo está excluido, incluso
el placer de saborear el auténtico helado “Copelia”, que los turistas
pagan en cuc. Para los cubanos hay un helado artificial más barato,
porque hay que “priorizar los recursos del país para el turismo”. No
tienen otra opción, son los mismos que desfilan con banderitas en las
convocatorias. “Intenta no ir y verás”, nos dicen.
El drama de los cubanos es muy triste, Pero
indigna el sonambulismo del turismo de la izquierda mundial incapaz de
ver. O que ve y se calla con profunda deshonestidad intelectual y
cobardía moral.
Visita Cuba y elogia los logros de la
revolución en educación, salud y dignidad del pueblo. ¿La misma dignidad
que obligó a una madre a ofrecer los servicios de su hijo jinetero- de
alrededor de 13 años, a una profesora visitante. “Mi bambino por un
peso”.
Afortunadamente, asoma la osadía entre los
cubanos y se dan el lujo de lanzar advertencias: “No dejen que les pase
esto en Venezuela” nos dice un calesero.
UN CANDIDATO A PRESIDENTE MORIBUNDO,
PARA ENTERRAR LA REVOLUCIÓN QUE ÉL MATÓ
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