Que vengan
a Cuba
Shelyn Rojas, Periodista
Independiente

He seguido bien de cerca la polémica respecto al
libro que se titula “Vamos a Cuba”, escrito por la estadounidense
Alta Schreier. Según notas de prensa, que burlando la censura, a mí
han llegado, el texto dice que “los niños en Cuba estudian, comen y
se visten como los niños de aquí”.
Señora Alta Schreier, yo vivo en Cuba y nací con
este gobierno. Nunca he viajado a otros países. Sobre ellos, mi
opinión no es muy confiable. Pero le puedo afirmar que el mío lo
conozco bien y no se parece al que usted describe.
Le aclaro que un país donde existe un gobierno que
dura ya más de 47 años no se puede comparar en nada con otros donde
se vive en democracia.
Yo pasé por las escuelas y nunca tuve la oportunidad
de vestir de otra manera que no fuera uniformada.
He escuchado por bocas de adolescentes, que
muchachitas, con sus sayas fuera de la medida que está establecida,
han sufrido el bochorno en los matutinos, bajo el sol y frente a
toda una escuela, de ver cortados los dobladillos con cuchillas para
bajárselos.
En las escuelas se prohíben los símbolos religiosos
y le dicen a los alumnos que la religión es “el opio de los
pueblos”. En su lugar, los enseñan a adorar al Máximo Líder.
Estudian contenidos politizados que predican el odio al enemigo.
Escogen por ellos qué libros deben leer, qué música pueden escuchar
y qué corte de cabello es el adecuado.
En los comedores de las escuelas primarias, el
almuerzo, pobremente condimentado y mal elaborado, parece ser para
cerdos. Los niños ven afectado su desarrollo con esta alimentación
deficiente.
La enseñanza de secundaria pasa por uno de los
experimentos llamados “batalla de ideas”. Entre los experimentos
está una “merienda” a la hora de almuerzo: un pan con algo,
cualquier cosa…¡lo que venga! y un yogurt de soya de sabores
indefinidos.
Esto es para niños en pleno desarrollo. No le puedo
dar un reporte oficial de la cantidad de niños con problemas de
presión arterial y desmayos a causa de estas meriendas diarias. No
es fácil encontrar datos. Aquí todo es censurado.
Usted, señora, no sólo ofende a los cubanos del
exilio, hermanos que han arriesgado su vida en el mar por buscar una
mejor educación para sus hijos; ofende también a los cientos de
presos por el sólo delito de aspirar a que se respeten los derechos
humanos y a los cubanos que cada día vivimos la vida, sin
esperanzas, como una pesadilla.
En un país libre como EE.UU. no se deben prohibir
libros. No necesitan bibliotecas independientes para poder escoger
qué libro leer. En caso de inaugurar una en Miami, sería sólo para
exhibir su librito. Y quizá, alguno que otro.
No soy partidaria de las prohibiciones. Ni siquiera
la de su despistado librito. Sólo que es saludable que las personas
puedan comparar otros puntos de vista. Algo que, obviamente, no
sucede en Cuba, aunque usted, señora Schreier, se empeñe en decir
que “es un país como cualquier otro”.
Personalmente, yo la exhortaría a que trajera sus
hijos, si los tiene, o algunos pequeños de su familia, a Cuba. Que
los matricule aquí. Viva aquí con ellos y aliméntelos con una
libreta de abastecimiento y el almuerzo escolar. Estoy segura que
dentro de un año escribiría otro libro distinto.
Entretanto, es mejor que dejen el librito en las
bibliotecas. Las prohibiciones les acomodan mejor a los censores
totalitaristas.
Usted, señora Schreier, nos ofende, pero somos
pacientes. No deseamos alterar su sueño. Para nosotros, los cubanos
que amamos y luchamos por una Cuba libre y mejor, el tiempo es
eternidad.
Su libro, en un futuro, puede ser justo y reflejar
la verdad. Usted sólo tendrá que cambiar la fecha de edición.