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El timo, nuevo signo de
identidad
Aquella exageración escrita por Poe acerca de que "el hombre fue hecho para timar", parece aplicable al pie de la letra en esta isla. Sólo habría que añadir que en nuestro caso, timar y ser timado es ilación de circunstancias complementarias, un solo hecho, indisoluble, orgánico, carne y pellejo del mismo cuerpo. En las tiendas para venta en divisas (las de moneda nacional son desiertos con beduinos de mala cara, rudos domadores de camellos), la lista de productos con precios alterados y/o introducidos "por la izquierda" abarca proporciones de espanto. A los agromercados debemos acercarnos con la pupila insomne, no por el riesgo de que nos den gato por liebre, sino perro por carnero. Los vendedores ambulantes, ocupación otrora pintoresca y señal de respetable costumbre en las calles de La Habana, conforman ahora un hato de agresivos embaucadores dispuestos a vender tenca por cherna, agua jabonosa por champú, polvo de piedra en vez de talco, podrido por maduro, viejo por nuevo, lata por aluminio. En general, todos los servicios públicos son pésimos y lentos, pero sólo para quienes se atienen a las leyes no de la mala Ley sino de la decencia. En los talleres de reparación no reparan, rompen, para garantizar el trabajo mejor remunerado de los reparadores en su tiempo libre. En las farmacias no hay píldoras si vas por el mostrador, pero pueden aparecer si las compras a sobreprecio por la ventana del fondo. Las fábricas no fabrican, inflan. A los inspectores no les ocupa la inspección sino asegurarse la tajada del soborno. En las bodegas no hay pesas fiables. Ni hay puerta de almacén abierta para el trasiego legal, o cerrada para el fraude. En los campos campea el descampado, pero los informes oficiales cosechan cada día un número mayor de arrobas de viandas. En rigor, quizás nada nos identifica y nos iguala tanto hoy como el padecimiento de esta metástasis social. Vivimos a pesar, a expensas y —por más que arañe confesarlo— también gracias al timo. De inocentes víctimas de un timador con disfraz de profeta, hemos pasado a timadores, todos, cual más cual menos, sin que ello nos reporte el beneficio de no ser timados. Periodistas, economistas, intelectuales… En un programa de televisión que se dedica a refreír documentales del Discovery, o en otro que exhibe películas escogidas, purgadas, por la más ortodoxa censura, nos presentan como paso previo a un docto individuo cuya tarea es indicarnos, sin derecho a réplica, si debemos creer o no lo que nos muestra cada imagen, cada diálogo, cada mínimo detalle. Luego, al final, aconsejan con aparente seriedad que saquemos conclusiones propias, o cacarean la máxima socrática de que sólo si sabe, es posible identificar el bien. Los economistas crean un nuevo sistema para establecer el PIB a imagen y semejanza del dios jefe, luego de haber hecho carrera arrimando las estadísticas a su soberbia sartén. Los inventores inventan pasmosas variaciones de lo ya inventado. Los informadores desinforman. Los historiadores de plantilla esquivan, tapan, falsean el suceso o el dato, dando las partes por el todo. Los maestros se limitan a repetir el dogma que les dictan y los alumnos devuelven el dictado en las pruebas, porque ambos saben lo que les conviene y lo que no. Mientras, los escritores y artistas, en amplia mayoría, se pliegan en tres grupos: a) los que entretejen loas al oprobio, de dientes para afuera, que es el colmo; b) los que juegan al juego de Jano, premeditando el porvenir y sonriendo al presente con obras que aparentan decir lo que debieran, mas no lo dicen; c); los que tiran la piedra a la hora de firmar sentencias o de aprobar callando, pero esconden la mano detrás de una presunta bien ganada respetabilidad. En ninguno de los casos antes relacionados el timador lo es menos que aquel que vende perro por carnero. Y eso por no llover sobre mojado con la política, donde la manipulación ha sido desde siempre forma y el timo es contenido. Como botón de muestra bastaría la pretendida vocación pacifista de estos días, luego de haber exportado la violencia hacia casi todo el continente, y aún mucho más allá, en medida sólo comparable con la de sus íntimos enemigos, los vaqueros de Washington. En fin, es la talla que
entalla el siglo XXI dentro de nuestras fronteras geográficas. Antiguamente
los abuelos enseñaban a luchar en la vida con una receta infalible. "La
pobreza se enfrenta con vergüenza", solían sentenciar. Hoy, con la primera
llegándonos al cuello y sin la segunda para dar la cara, además de abuelos
sabios, estamos necesitando mucho pero mucho corazón, como en aquel bolero,
no sólo para saber enfrentar lo que en verdad querremos en el futuro
próximo, sino para enfrentarlo sin timadores, o al menos sin que el timo sea
un sello nacional. | ||||||||
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