|
| |
Carta del Papa por el
día del inmigrante
NOTICIAS
: Enviadas por Raúl Fernández Rivero
|
La integración intercultural
Queridos hermanos y hermanas:
1. Se aproxima la Jornada del Emigrante y del Refugiado. En el
Mensaje anual, que suelo enviaros con esta ocasión, quisiera
referirme, esta vez, al fenómeno migratorio desde el punto de
vista de la integración.
Muchos utilizan esta palabra para indicar la necesidad de que
los emigrantes se inserten de verdad en los países de acogida,
pero el contenido de este concepto y su práctica no se definen
fácilmente. A este respecto, me complace trazar su marco
recordando la reciente Instrucción «Erga migrantes caritas
Christi» (cf. nn. 2, 42, 43, 62, 80 y 89).
En ella la integración no se presenta como una asimilación, que
induce a suprimir o a olvidar la propia identidad cultural. El
contacto con el otro lleva, más bien, a descubrir su «secreto»,
a abrirse a él para aceptar sus aspectos válidos y contribuir
así a un conocimiento mayor de cada uno. Es un proceso largo,
encaminado a formar sociedades y culturas, haciendo que sean
cada vez más reflejo de los multiformes dones de Dios a los
hombres. En ese proceso, el emigrante se esfuerza por dar los
pasos necesarios para la integración social, como el aprendizaje
de la lengua nacional y la adecuación a las leyes y a las
exigencias del trabajo, a fin de evitar la creación de una
diferenciación exasperada.
No trataré los diversos aspectos de la integración. En esta
ocasión, sólo deseo profundizar con vosotros en algunas
implicaciones del aspecto intercultural.
2. De todos es conocido el conflicto de identidad que a menudo
se verifica en el encuentro entre personas de culturas diversas.
En ello no faltan elementos positivos. Al insertarse en un
ambiente nuevo, el inmigrante con frecuencia toma mayor
conciencia de quién es, especialmente cuando siente la falta de
personas y valores que son importantes para él.
En nuestras sociedades, marcadas por el fenómeno global de la
migración, es preciso buscar un justo equilibrio entre el
respeto de la propia identidad y el reconocimiento de la ajena.
En efecto, es necesario reconocer la legítima pluralidad de las
culturas presentes en un país, en compatibilidad con la tutela
del orden, del que dependen la paz social y la libertad de los
ciudadanos.
En efecto, se deben excluir tanto los modelos asimilacionistas,
que tienden a hacer que el otro sea una copia de sí, como los
modelos de marginación de los inmigrantes, con actitudes que
pueden llevar incluso a la práctica del apartheid. Es preciso
seguir el camino de la auténtica integración (cf. «Ecclesia in
Europa», 102), con una perspectiva abierta, que evite considerar
sólo las diferencias entre inmigrantes y autóctonos (cf.
«Mensaje para la Jornada mundial de la paz» de 2001, n. 12).
3. Así surge la necesidad del diálogo entre hombres de culturas
diversas en un marco de pluralismo que vaya más allá de la
simple tolerancia y llegue a la simpatía. Una simple
yuxtaposición de grupos de emigrantes y autóctonos tiende a la
recíproca cerrazón de las culturas, o a la instauración entre
ellas de simples relaciones de exterioridad o de tolerancia. En
cambio, se debería promover una fecundación recíproca de las
culturas. Eso supone el conocimiento y la apertura de las
culturas entre sí, en un marco de auténtico entendimiento y
benevolencia.
Además, los cristianos, por su parte, conscientes de la
trascendente acción del Espíritu, saben reconocer la presencia
en las diversas culturas de «valiosos elementos religiosos y
humanos» (cf. «Gaudium et spes», 92), que pueden ofrecer sólidas
perspectivas de entendimiento mutuo. Obviamente, es preciso
conjugar el principio del respeto de las diferencias culturales
con el de la tutela de los valores comunes irrenunciables,
porque están fundados en los derechos humanos universales. De
aquí brota el clima de «racionabilidad cívica» que permite una
convivencia amistosa y serena.
Los cristianos, si son coherentes consigo mismos, no pueden pues
renunciar a predicar el Evangelio de Cristo a todas las gentes
(cf. Mc 16, 15). Obviamente, lo deben hacer respetando la
conciencia de los demás y practicando siempre el método de la
caridad, como ya recomendaba san Pablo a los primeros cristianos
(cf. Ef. 4, 15).
4. La imagen del profeta Isaías que he recordado varias veces en
los encuentros con los jóvenes de todo el mundo (cf. Is 21,
11-12) podría utilizarse también aquí para invitar a todos los
creyentes a ser «centinelas de la mañana». Como centinelas, los
cristianos deben ante todo escuchar el grito de ayuda que lanzan
tantos inmigrantes y refugiados, y luego deben promover, con un
compromiso activo, perspectivas de esperanza, que anticipen el
alba de una sociedad más abierta y solidaria. A ellos, en primer
lugar, corresponde descubrir la presencia de Dios en la
historia, incluso cuando todo parece estar aún envuelto en las
tinieblas.
Con este deseo, que transformo en oración al Dios que quiere
reunir en torno a sí a todos los pueblos y a todas las lenguas
(cf. Is 66, 18), envío a cada uno con gran afecto mi bendición.
Vaticano, 24 de noviembre de 2004
IOANNES PAULUS PP. II
[Traducción distribuida por
la Sala de Prensa de la Santa Sede]
ZS04120902
Inicio de página
Retornar a la página principal
|